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Crítica:ROCK | Deer Tick

Larga vida a las camisas de leñador

John McCauley es un pipiolo de la tierna añada del 86, pero ha encontrado tiempo para dejarse crecer unas deslabazadas greñas rubias y, sobre todo, escuchar todos los vinilos de los setenta que sus viejos arrinconaron en el trastero. Con referencias no muy distintas a las que Wilco atesoraban en la repisa durante las sesiones que Sky blue sky o Dr. Dog consultaban mientras daban lustre a Fate, McCauley se sacó de la manga un tercer disco, The black dirt sessions, de ineludible presencia en las listas con lo mejor del country alternativo del 2010.

Si Jeff Tweedy dejó para la posteridad Impossible Germany y Scott McMiken aportó The ark, el líder de Deer Tick merecería el ascenso al generalato aunque solo fuera por Hand in my hand, punto culminante anoche en la Moby Dick por su incendiario solo de guitarra y por la pose, encaramado a la batería y sacudiendo los platillos a puñetazo limpio. La sala hervía; de hacinamiento, pero también de pasión.

McCauley tamiza medio siglo de rock con raíces a través de una voz tan estropajosa que entran ganas de recetarle un tubo de Hibitane. Something to brag about sonó a Johnny B. Goode, pero en otros momentos podríamos estar escuchando a la Creedence, Uncle Tupelo y hasta Pearl Jam. Ian O'Neil, su espléndido guitarrista y escudero, canta Bury deep como cuando Levon Helm se ponía ardoroso en The Band. Y sí, como sospechaban, John gasta brazo tatuado y camisa a cuadros. Larga vida a tan gloriosos leñadores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2011