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Reportaje:

Alma de circo

Una exposición recorre la vida de la amazona Paulina Schumann, hija del mítico payaso Charlie Rivel

"Hablo siete idiomas y tengo acento en todos. Eso viene cuando uno nace y crece en un circo rodeado de niños ingleses, franceses, alemanes o italianos". Paulina Andreu Rivel Schumann, acróbata, equilibrista, bailarina, domadora de caballos e hija de Charlie Rivel, uno de los payasos más famosos de la historia, que cautivó con su llanto a todo el mundo, ha pasado la mayor parte de su casi centenaria vida (cumplirá 90 años este mes) sobre una pista de circo. Ella es el hilo conductor de la exposición Un siglo de circo, en la que, a través de carteles, fotografías, programas, algunos de los lujosos vestidos de lentejuelas que usó en sus números y grabaciones de sus actuaciones, con las que triunfó en París, Berlín, Viena y Londres, recorre la historia de dos familias fundamentales de la historia del circo europeo: la de los Rivel y la de los Schumann, unidas por Paulina tras casarse en 1946 con un caballista hijo del dueño de este circo danés.

"Es un mito viviente de las épocas doradas del gran circo del siglo XX, que debutó a los seis años imitando a Josephine Baker en París y como amazona no ha sido superada en la pista", destacó Jordi Jané, uno de los comisarios -junto con el historiador del circo Raffaele de Ritis- de la exposición, que podrá verse hasta el 8 de mayo en el Arts Santa Mònica de Barcelona y desde septiembre en el Circo Price de Madrid. "Pese a su fama, nunca actuó en España, excepto en las Navidades de 1998 en un número de alta amazona en el circo Raluy instalado en Barcelona, su ciudad natal", explica el comisario.

Elegante y glamourosa pese al paso del tiempo, y con gran sentido del humor y memoria, la amazona recuerda la férrea educación que recibieron ella y sus tres hermanos. "Mi padre nos obligó a hacer de todo en el circo, somos de la vieja escuela, no como ahora, que solo saben hacer un número y nada más; el circo es mi casa y mi alma", asegura enérgica. También explica cómo, tras contraer matrimonio, empezó a trabajar con caballos: "Fue algo horrible porque no tenía ni idea y todos los caballos me parecían iguales", y cómo surgió el número en el que, montada cabeza abajo en debout sobre el equino, cruzaba la pista saltando sobre sus dos patas traseras. "El caballo se encabritó y se elevó sin que yo se le diera la orden; suerte que era acróbata y no me tiró", recuerda, mientras realiza todos los gestos como si siguiera montada sobre su caballo. "Desde entonces lo incorporé a mi actuación y me dio fama internacional".

Paulina todavía se emociona cuando recuerda la muerte de su padre y los años en los que actuó con él, entre 1972 y 1983, antes de morir. "Cuando trabajas en un circo no tienes dolores, ni preocupaciones, ni ganas de llorar, lo olvidas todo". Precisamente la exposición concluye con la recreación de un camerino en el que se proyecta un vídeo donde Paulina actúa con su padre, junto con la característica peluca naranja de él, su nariz, su caja de maquillaje y su enorme camiseta roja, que le identificaba allí donde actuaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2011