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Crítica:

La galerista estudiosa

Como es sabido, del mismo modo que hay galerías de arte que se asemejan a tiendas de objetos decorativos de lujo (o de medio pelo), hay otras que consiguen funcionar como auténticos centros de cultura. La de Margherita Stein (que adoptó el nombre de su marido, Christian) en Turín, y más tarde en Milán y en Nueva York, asociada a la Gladstone, pertenecía a esta segunda clase. Es eso lo que hace posible que una muestra de una selección de los fondos de su colección pueda ser oportunamente subtitulada, como en este caso, 'Una historia del arte italiano'. Una historia, sobre todo, del arte povera y sus aledaños.

La galería Christian Stein fue desde siempre fiel reflejo de los gustos e intereses de su propietaria. Ésta, que "a los doce años había visitado todos los museos de Italia", desarrolló un peculiar "sentido estético" no exento de una profunda conciencia moral para con el arte. En virtud del primero, convirtió su espacio en una suerte de "laboratorio" (como dice Francisco Jarauta, comisario de la exposición junto con el fallecido Jean-Louis Maubant), un lugar en donde desde comienzos de los sesenta se dio acogida a los trabajos de gentes como Alighiero Boetti, Fontana, Pistoletto, Pascali, Manzoni, Kounellis, Zorio, Fabro, Anselmo, Paolini, Penone, Mario y Marisa Merz o Melotti, entre otros. Por otro lado, y en virtud de su sentido de la responsabilidad, la galería se caracterizó siempre por una inusual fidelidad a "sus" artistas, en aplicación de un riguroso principio de compromiso, de seguimiento, de "verificación y profundización" de su obra a lo largo del tiempo.

Colección Christian Stein. Una historia del arte italiano

IVAM . Guillem de Castro, 118. Valencia

Hasta el 23 de enero

www.ivam.es

De hecho, es esto lo que permite al espectador calibrar la evolución de cada uno de los artistas incluidos en la muestra. O bien, al revés, constatar su perseverancia (o estancamiento, según se mire) en algún tipo de forma o motivo. Es interesante apreciar la permanente delicadeza que manifestaba Fausto Melotti desde su Meditazione domestica de 1959 hasta sus Parole de 1980. O la fuerza que conservan los concetti spaziali de Fontana, la capacidad de Piero Manzoni para someter a variaciones sus Achrome, la diversidad abiertamente antiestilística de la obra de Jannis Kounellis o Giulio Paolini, la fijación de Gilberto Zorio en el tema de la Stella, o la sorprendente facilidad con que Mario Merz ha podido pasar de sus conocidos iglús a una pintura de apariencia casi transvanguardista (Animale terribile, 1981).

En general, la colección denota una coherencia extraordinaria. Su autora, más bien intuitiva, encontró en Germano Celant algo de teoría (conscientemente lejos, por cierto, de las de Bonito Oliva), y en el arte minimalista o conceptual de los setenta, en alianza con la galería Gladstone de Nueva York (LeWitt, Nauman, Weiner, Gilbert & George...), un importante punto de apoyo. "Las obras de mis artistas son mi biblioteca, y he pasado mi vida estudiándolas", afirmaba Margherita Stein, quien murió en 2003. En sus últimos años, lo hacía incluso por las noches.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2011