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Crítica:

Crónicas trepidantes y voces cálidas

Para un historiador clásico ningún relato era tan valioso como el fundado en la llamada autopsía, es decir, lo visto con los propios ojos. En estas casi tres mil páginas hay 153 narraciones autópticas, y de la primera (la peste de Atenas del 430 antes de Cristo) a la última (la guerra de Irak, 2003 después de Cristo) van casi veinticinco siglos. He aquí una panorámica de múltiples escenarios, trepidantes crónicas y voces cálidas. El entramado de la Historia es mucho más complejo que una abigarrada suma de relatos y reportajes personales; pero estos dan un sabor singular de autenticidad a ciertos momentos de raro fulgor. A veces a momentos estelares, por usar el título grato a Stefan Zweig, a veces a situaciones o épocas de largos ecos. Los testigos son muy varios, los hechos relatados no lo son menos. A veces grandes protagonistas toman la palabra, otras lo hacen unos diestros cronistas o unos oportunos testigos anónimos. Son siempre testimonios de primera mano, cuentan detalles vistos en una vivencia directa, textos frescos, inmediatos, sin ninguna neblina retórica que enturbie o empañe lo presenciado y vivido.

Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos

Selección y estudio de los textos por Martín de Riquer y Borja de Riquer

2 volúmenes. Acantilado. Barcelona, 2010

2.880 páginas. 85 euros

En la larga serie tan atinadamente seleccionada -y bien introducida- hay un texto, único según los antólogos, cuyo autor no fue testigo del hecho narrado. El de la muerte de Sócrates, en 399 antes de Cristo, que nos cuenta Platón en su Fedón. Él mismo contó que no estuvo allí en la celda donde el terco maestro bebió la cicuta: "Estaba enfermo". Sin duda le contaron la escena otros que la vivieron y él no la olvidó nunca. Aquel final trágico marcó su vida. Tampoco nosotros podemos olvidar su relato.

Con todo, creo que hay un texto más -de otra muerte impresionante, y no menos memorable- cuyo autor también la relata de oídas. Es el relato de la Pasión y muerte de Jesucristo, atribuido a san Juan Evangelista. Otro inolvidable momento estelar al que ningún lector regateará su resonancia de siglos ni su fuerza dramática. Pero quien lo escribió no fue el amado discípulo que escoltó a Cristo en su agónico trance, sino el ferviente adepto que compuso su evangelio a finales del siglo I, retomando una austera tradición oral. Y con estilo sobrio y coloquial, fijó las inmortales palabras y las trágicas e impresionantes imágenes de la pasión en un texto inmortal.

En esta colección de reporteros figuran viajeros famosos -como Jenofonte, Marco Polo y Chateaubriand-, y grandes actores políticos -Julio César, Jaime I, De Gaulle, Gorbachov, por ejemplo-, y cronistas de mirada audaz -Bernal Díaz, T. H. Lawrence, H. G. Wells, y muchos otros-, y testigos anónimos y periodistas aguzados. Los sucesos que cuentan son apasionantes y diversos: la peste de Atenas, la conquista de Jerusalén por los cruzados, el motín del 2 de mayo de 1808 en Madrid, el proceso de Núremberg o el caso Watergate, etcétera. Y muy diversos los enfoques. Pero ninguno de los relatos carece de un ameno y vivo interés. La caza de brujas evocada en los diarios de Charlie Chaplin, o la liberación de París en la pluma del general De Gaulle ofrecen, cada una a su modo, la emoción intensa de los instantes vividos e irrepetibles. Son muy curiosos los cambios de estilo. De unos y otros autores, e incluso pueden darse en un mismo texto. (Leed el citado de De Gaulle: al principio informa como un noticiero actual y preciso, pero, al recordar su entrada triunfal por los Campos Elíseos, evoca las grandes glorias de Francia, con tonos épicos, y al lector le llega esa profunda emoción).

Entre las ventajas obvias de estos dos tomos está la de que puede uno abrirlos al azar y escoger su propio itinerario, siempre fascinante con tan estupendos narradores, y, sin duda, gracias al gusto histórico y literario de sus magníficos y expertos antólogos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2011