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COLUMNA

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Estoy en Londres, es casi medianoche. Entro en una sala inmensa, a oscuras, ruidosa, abarrotada. Suena a discoteca pero es una galería de arte, y el público se aprieta en sofás desperdigados. Mira la película El reloj, de Christian Marclay, que acaba de estrenarse y dura veinticuatro horas exactas. Por una sola vez la galería White Cube abre toda la noche para proyectarla entera.

Está hecha de películas. Marclay ha cortado y pegado fragmentos de miles en un collage que suena y se mueve. Sus historias se entrecruzan, se continúan, se zanjan. En todo el siglo, por todo el mundo, de Godard a las Tortugas Ninja, de Bollywood a Hollywood, de Bette Davis a Brad Pitt.

El reloj cuenta mil historias cuyo protagonista es la propia historia. Arma una especie de Aleph del cine y al narrar repiensa la naturaleza misma del tiempo y la narración. Se sitúa en un lugar de paso, sobre la brecha imaginaria que une (más que separa) el trabajo de muchos artistas y escritores contemporáneos.

Viendo la película, pienso en cómo escribir sobre ella. Pienso en quién ha escrito o escribirá como ella. Borges o Gombrowicz o Roussel o Aira, los que podrían firmar su guión o inspirar el viejo comentario: "Está bien, pero me gustó más el libro".

Cada vez se oye menos la frase a la puerta de los cines. Puede que sea porque los términos de la comparación se han invertido. O equilibrado, sencillamente. Porque también la escritura, como la música o el cine, como la performance, como las instalaciones de Nauman o los penetrables de Oiticica, viene descubriéndose a sí misma desde hace más de un siglo (ahorro la digresión proustiana) como un arte de la duración: era cuestión de tiempo que aflorase el tiempo mismo como gen manipulable de su naturaleza.

Lo que ensayó Bioy en La invención de Morel y apuró Perec en su Tentativa de agotar un lugar parisino, lo que hace Nicholson Baker cuando describe durante muchas páginas el encendido de una cerilla o dedica toda una novela a un viaje en escalera mecánica, tiene que ver con lo que propone el videoartista Sergio Prego cuando muestra una explosión controlada en su estudio desde todos los ángulos posibles. Se adelantaron todos, por cierto, al bullet time que nos engatusó en Matrix y se ha convertido ya en lugar común de cualquier peli de acción. Cuando en la novela Remainder Tom McCarthy presenta a un personaje obsesionado con el replay físico y literal de un acontecimiento mil veces reconstruido, está trabajando en el mismo terreno que artistas como Pierre Huyghe o Dora García, que crean obras que recrean situaciones cuidadosamente orquestadas.

Todo esto se me va ocurriendo cuando al llegar a la White Cube busco sitio, me siento y me siento enseguida incómodo: algo enhebra todas las escenas y las hila. Poco a poco entiendo: en todas hay un reloj. De cuco, de pulsera, de sol, de cuerda, digital, sobre andenes de estación o mesillas de noche, conectados a bombas. Luego me doy cuenta de algo más: la hora que marcan avanza minuto a minuto, plano a plano, película a película. Y es siempre la misma de mi reloj: lo veo a las 00:00 exactas, cuando durante un minuto eterno decenas de relojes filmados tintinean, pitan, timbran, tocan, ululan y causan en el público una especie de excitación consternada.

Durante el siguiente par de horas no despego los ojos de la pantalla. Eso es normal en un cine. Pero a la vez pienso en el tiempo y lo siento (y lo veo) pasar: y eso es mucho más raro. Marclay nos niega el placer más adictivo del cine justo cuando parece darlo a manos llenas. Su película no mata el rato, al contrario: resucita el tiempo muerto. Su paso no sólo se nos recuerda, no sólo es el tema de la película. Es la película misma.

Quizá la literatura pueda aprender de todo esto y fecundarse en el terreno compartido con otras disciplinas. Quizá estén por escribirse muchos libros como El reloj: en (y sobre) tiempo real.

The clock (2010), de Christian Marclay (California, 1955). www.whitecube.com. Javier Montes (Madrid, 1976) ha publicado recientemente la novela Segunda parte (Pre-Textos. Valencia, 2010. 192 páginas. 16 euros).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2011