El triunfo de las letras en español | Los días sin descanso en Manhattan

Al Nobel le sienta bien el 'jet lag'

Mario Vargas Llosa vive en Nueva York "la maravilla de sentirse querido"

Desde hace un tiempo Mario Vargas Llosa se levanta temprano. Ocurrió hace un mes, cuando llegó a Nueva York desde Madrid y encontró que el desgaste del jet lag era una suerte. Para leer, para escribir. Gracias a eso la noticia de que su Nobel no era una broma le halló despierto, y trabajando en lo que más quiere, en la lectura de los libros ajenos.

Cuando le llamaron los suecos, su equipaje era el de lector, oficio con el que convive desde que tenía seis años y leía versos furtivamente. Ese equipaje consiste, en estos principios del otoño neoyorquino, en una combinación estrambótica de vestimentas: el pijama, una bata, un edredón, y silencio.

Ante el ventanal de esta casa alquilada, mientras Patricia Llosa, su mujer, despacha a velocidades supersónicas las decenas de correos (ayer tenía acumulados 700, pero es que ahora el escritor es Nobel) que le llegan cada día como del diablo (para que deje de leer o de escribir y dé conferencias, coloquios, presente autores o haga prólogos), el autor de La tía Julia y el escribidor lee libros con la avidez de un estudiante centraminado. Con él, el bolígrafo Montblanc granate por el que mataría, y un cuadernito como los que usaba Francis Scott Fitzgerald para anotar sus ocurrencias.

Lee libros con la avidez de un estudiante 'centraminado'
La vida del escritor es metódica, y a ella quiere regresar ahora
Quiso ver ópera, pero había citado a 14 personas a comer pizza
En Lima, el público del Perú-Costa Rica se puso en pie y gritó: "¡Mario, Mario!"

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Así estaba vestido y eso pasaba cuando se inició la segunda o tercera cuenta atrás más decisiva de su vida. Fueron esos 14 minutos de los que habla en el artículo que hoy publica en EL PAÍS y que ayer mismo escribía en la biblioteca pública de Nueva York. De modo que eso es conocido: Vargas estaba anotando sus impresiones de El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, para sus clases en Princeton, y etcétera, etcétera, hasta que pasaron esos 14 minutos de los que él escribe hoy mismo una suculenta memoria.

Gracias al jet lag de Vargas Llosa ahora se conoce mejor qué pasa con las deliberaciones secretas (y tanto) del jurado del Nobel, sobre las que tantas especulaciones ha habido en la historia. Hace 23 años ahora, Vargas cenaba (también en Nueva York) con el poeta ruso Joseph Brodsky, y especulaban sobre el nombre del autor que al día siguiente sería llamado (14 minutos antes de la una en Estocolmo) por el secretario general de la Academia. Ese año fue Brodsky. José Saramago se enteró en la ventanilla de una línea aérea, también cerca de esa hora, cuando se disponía a abordar un avión en Francfort, con destino a Madrid. Y así sucesivamente. El Nobel es también un secreto para sus ganadores, que se dejen de cuentos los que especulan sobre la naturaleza de sus prolegómenos.

Anoche le cabía una duda a Vargas Llosa. Lleva aquí tan solo un mes, disfrutando del jet lag que le permite leer enfundado en 1.000 abrigos que le dan el aire del habitante de un iglú; su vida es metódica, y a ella quiere regresar; pocos saben exactamente dónde vive y por dónde merodea, y casi nadie (su agente, Carmen Balcells, y pocos más) dispone de su teléfono fijo, un artilugio que, como el móvil, jamás agarra aunque suene desesperadamente. Así que, ¿cómo supo su teléfono el secretario general de la Academia Sueca? Él tiene sus sospechas, y también las tiene Patricia. Entonces, alguien más que él supo que esa llamada no era una broma.

Lo cierto es que ese teléfono y esa dirección han corrido como la pólvora. "Y 20 minutos después de que se produjera la llamada y su confirmación", contaba ayer divertido el autor de La guerra del fin del mundo, "en esta casa había 20 personas de las que yo desconocía a 18". Ha sido un abigarramiento divertido, y él lo vive así, como si en la casa hubiera entrado otro nieto revoltoso que hace más ruido que los que ya tiene en distintas partes del mundo.

Para dar un ejemplo de la incertidumbre gozosa de recibir tantos parabienes en persona (esta casa es un desfile ahora permanente de llamadas y de toques intempestivos o acordados en la puerta), citemos el que se produjo poco antes de que nosotros llegáramos también a romper la tranquilidad ya imposible de este hogar neoyorquino del Nobel con jet lag. Sonó el teléfono interior, que agarró Charo, una amiga de los Vargas que les ha aliviado estos días del afán de responder los cuatro celulares de los que se han dotado. Era, dijo la voz, "Isabel Allende". ¿Isabel Allende, la escritora? Podía ser cualquiera, vete a ver, diciendo que es una Isabel Allende. Charo volvió con la nueva: sí, la misma escritora de nombre Isabel Allende está abajo, en el lobby luminoso de este edificio imponente. Mario se cambió de ropa, se quitó la bata y el edredón, y bajó a charlar con su colega, "que me traía enorme ramo de rosas rojas".

Ayer le retrataba aquí Antonio Caño regresando a la normalidad en medio de la jungla de Manhattan. Por la noche, Vargas Llosa quiso ver ópera, pero había citado a 14 personas (su hijo Álvaro, la mujer de este, Susana, su nieto Leandro, que ya está de su altura, a su amigo David Gallagher, que vino de Chile "a festejar"..., y que fue uno de los primeros críticos que se fijaron en él en los lejanos años del boom) a comer pizza (él se comió una extraña lasaña) en un italiano cerca de Columbus... Y tuvo que dejar a la mitad el Rigoletto que interpretaban en el Lincoln Center para poder cumplir con otra pasión suya, estar con gente, "chismiando", como él dice.

Entre esos chismes su hijo Álvaro traía varios bien representativos de lo que pasa ahora alrededor de este Nobel que se levanta tan temprano. Resulta que en Arequipa, donde nació Mario el 28 de marzo de 1936, el alcalde se anda paseando por la ciudad luciendo en su pecho la partida de nacimiento de Marito, que luego se llamaría Varguitas hasta llegar a la denominación con la que lo han marcado los suecos: el Nobel peruano al que nosotros llamamos, también, el Nobel peruano..., y español. Y en Arequipa están tan locos con ese honor que recibe el ciudadano que más fama les da que quieren hacer que su casa natal sea patrimonio nacional. Y en Perú su nombre es tan notorio estos días que, después de ser zaherido y perseguido en tiempos de Fujimori, el delincuente que le disputó la presidencia de la República y que ahora limpia sus manos ensangrentadas en una cárcel de Lima, está tan emparentado con la gloria que el estadio donde se jugaba este jueves el Perú-Costa Rica se puso en pie a gritar: "¡Mario, Mario, Mario!", como si él mismo fuera una estrella del fútbol.

Cuando acabó la lasaña y dio por terminado el vino, y daban las doce de la noche, que es el momento en que él cierra la jornada y se va a dormir, le preguntamos:

-Y de todo este trajín, ¿qué es lo mejor?

-Los amigos, sin duda, el cariño de los amigos. La maravilla de sentirse querido.

Luego se perdió en la noche de Manhattan, hacia el pijama, los edredones y los libros. Al amanecer iba a empezar a ver la biografía de su amigo Jorge Semprún que ahora publica Tusquets y luego iba a correr por Central Park. Como si no pasara nada. Es su ilusión: inmediatamente después, la casa se iba a llenar de gente que por razones misteriosas supo, como supieron los suecos, dónde vive, cuál es su teléfono, qué tipo de pijama usa para leer a Alejo Carpentier anotando en su libreta como un estudiante centraminado. Es decir, como aquel Varguitas de antaño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 10 de octubre de 2010.

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