Reportaje:

De bandido a héroe de cómic

Un periodista y un dibujante ilustran la vida del forajido Mamed Casanova

Los escritores y cronistas de la época, maravillados por el halo romántico que acompañaba a los fugitivos, no se cansaban de repetir que Mamed Casanova, Toribio, el más famoso bandolero gallego de principios del siglo XX, tenía tanta fuerza que ni los grilletes de las numerosas cárceles en las que estuvo preso podían con él, o que una urraca le avisaba de la presencia de la Guardia Civil durante los tres años que vivió huído en el monte. Retratado en infinidad de crónicas, artículos y novelas - el escritor Higinio Puentes noveló su vida en 2000 -acaba de llegar a las librerías O fillo da furia (Demo Editorial, 2010), un cómic creado a cuatro manos por el periodista Manolo López Poy y el diseñador gráfico Miguel Fernández. A modo de novela negra, el género preferido de Fernández, la obra retrata las peripecias de Mamed Casanova y su evasión desesperada de la justicia, que lo acusaba de robar, violar y matar en las tierras de Ortigueira.

Empezó a delinquir robándole el traje a un indiano difunto de Grañas de Sor
Fue su madre quien lo salvó de la muerte pidiéndole clemencia al rey Alfonso XIII

O fillo da furia presenta a un Toribio agotado, melancólico y envejecido que a finales de los años veinte regresa a su aldea de Grañas de Sor (Mañón, A Coruña) tras pasar 25 años en la cárcel de Figueres (Girona). Convencido de que la Grañas que conoció pertenece a "un mundo que ya no existe", el bandolero inicia una retrospectiva por su propia vida, fugaz y apasionada, de cuyos últimos tiempos apenas se tienen datos. Se le atribuyen diferentes finales, entre ellos el que lo señala como un mendigo que recorría la comarca de Ortigueira pidiendo limosna o el que lo ubica, más asentado, trabajando en las obras del ferrocarril. "Lo más difícil de todo fue sacar algo en claro entre tantas versiones", admite Poy, que descubrió la figura de Casanova cuando era redactor del desaparecido Diario de Galicia, en los años ochenta. El personaje lo cautivó. "La leyenda es muy importante, hay más leyenda que historia", admite el escritor, encargado de la parte literaria de O fillo da furia. A la popularidad de Toribio ayudó mucho la prensa, que daba cuenta diaria, y fantasiosa, de sus desavenencias con la autoridad: la Guardia Civil, los caciques y a veces los curas, con los que mantenía una relación de idas y venidas.

Pero más allá del mito -hoy le dedican, en su Mañón natal, una ruta turística por la vivienda en la que nació y las casas rectorales que asaltó-, en la vida de Mamed Casanova (Mañón, 1882) no solo abundan los detalles pintorescos. Su existencia tuvo también mucho de prosaico. Nacido de madre campesina, soltera y pobre, era aprendiz de herrero cuando, todavía adolescente, se encaprichó con el traje de un indiano al que había ido a velar. Casanova no tuvo reparos en abrir la sepultura para robarle al muerto las vestiduras, que paseó sin remilgos por los bailes de Ortigueira. El episodio gustó tanto a los escritores de la época que el mismo Valle-Inclán se inspiró en él para escribir Las galas del difunto, una parodia de Don Juan Tenorio, otro célebre desenterrador de cadáveres.

"Fue un personaje ambiguo, con partes muy oscuras", prosigue Miguel Fernández. De adolescente, Casanova había escapado de un correccional y todavía era menor de edad cuando lo acusaron del asesinato de la criada del cura de Grañas, suceso que siempre negó pero que acabó motivando una huída de tres años. Se le acusó también de abusar de una chica en Ortigueira. Según la prensa de entonces, Toribio aseguró en su declaración "que no encontraba forma más romántica de hacer el amor". Pese a sus fechorías, gozaba de la protección y la simpatía de sus vecinos. "Hoy sería un delincuente común, pero entonces su actitud canalizaba la rabia de la gente hacia el poder", explica Fernández. La vida de Casanova no puede explicarse sin el hambre que azotaba Galicia, el fin de la época colonial y la vanidad con la que algunos de sus vecinos regresaban de la emigración. En cierta medida, fue su madre quien lo salvó del garrote vil, pidiéndole a Alfonso XIII, de visita en Santiago para hacer una ofrenda al Apóstol, que le perdonara la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 09 de septiembre de 2010.