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COLUMNA

Querido turista

El verano que concluye y el alcalde Jordi Hereu, que vuelve de promocionar el turismo de Barcelona en la Expo de Shanghai, nos llevan a recapitular sobre un fenómeno siempre complejo, ya que es distinto si se mira desde la óptica del negocio turístico, desde la visión de la ciudadanía en los barrios que sufren más su presión o desde la diversidad de tipos de turistas. Hay diferencias entre las intenciones del discurso oficial, como el Plan Estratégico de Turismo de Barcelona 2015, que obedece mucho más a los intereses del sector turístico que a las necesidades de la ciudadanía, y lo que se observa en la realidad.

La clave radica en cómo gestionar, dentro de la economía capitalista y desde el control público, un sistema, el turístico, que se impone sobre el sistema de la vida cotidiana. Para ello hay criterios ya ineludibles, como la definición de la "capacidad de carga", pero no solo el límite de ciertos monumentos o partes de la ciudad, sino también de hoteles, apartamentos y tiendas turísticas, que tanta presión ejercen sobre los mejores enclaves de la ciudad.

El impuesto turístico permitiría inversiones para reforzar las redes sociales y mantener el patrimonio urbano y paisajístico

Es cierto que el turismo genera riqueza, pero ¿cómo se reparte?, ¿qué parte va para la industria turística catalana y qué parte para las multinacionales?, ¿cuántos puestos de trabajo crea y en qué medida no son de trabajo precario? Si genera riqueza, que se vea cómo repercute en la ciudad, que la ciudadanía reciba y perciba estas ventajas, cuando lo más visible son las molestias, el desgaste, el colapso y la suciedad. Se dice que el turismo cultural y de calidad ha de aumentar en detrimento del de low cost y que los itinerarios se han de expandir por toda Cataluña, pero, de momento, ni disminuye el turismo barato ni dejan de estar más colapsados los lugares que todos los visitantes desean. Es evidente que hay bastantes partes de Barcelona que ya se han abandonado servilmente al turismo, como La Rambla, el Barrio Gòtic y su amplio círculo de influencia, los alrededores de la Sagrada Familia y del campo del Barça. Y es cierto que se ve más lo negativo que lo positivo: el uso abusivo y vandálico que la afluencia masiva hace impunemente del parque Güell o el basurero en que cada tarde de verano se convierten las playas de la Barceloneta.

Por ello es clave mejorar la calidad y la concienciación del turismo. Lo cual pasa por el impuesto turístico, que ya existe en muchas ciudades francesas y que levanta tantas quejas de los insolidarios hoteleros locales, dispuestos a ahorrar en lavar toallas pero no a contribuir en la propia ciudad. La existencia y las inversiones de esta tasa permitirían reforzar las redes sociales y mantener el patrimonio urbano y paisajístico, que es la singularidad que atrae a los turistas, y avisaría de que la ciudad y el territorio se han de cuidar con sensibilidad ecológica. Si al turista, de mirada distraída, poco le interesa el barrio en el que pasa unos días, ni va a reciclar ni a ahorrar agua, la tasa le recuerda la fragilidad de los ecosistemas. Que el que alquila un apartamento por días o va a ciertos hoteles sea consciente de que el espacio que disfruta ha sido robado a un tejido residencial auténtico, que fue derribado, y a unos vecinos cuyas casas fueron desalojadas. Que se enteren de que la ciudad no es un parque temático, de diversión las 24 horas, sino un lugar donde viven personas que estudian, trabajan o sobreviven como pueden.

Y que los barceloneses puedan tener conciencia de que no les han degradado a ciudadanos de segunda. A pesar del esfuerzo y de los impuestos que pagan, comprueban que los autocares desembarcan a los turistas al lado de la catedral, las calles peatonales son invadidas por todo tipo de vehículos para turistas y el bus turístico pasa con más frecuencia en verano que los autobuses urbanos. El transporte público y los museos deberían costar menos a los habitantes de la ciudad, especialmente a los estudiantes y a los que los utilizan a menudo. Que no todo vaya siendo arrasado y nivelado por lo bajo, según la mirada descuidada y consumista del turista, sino que se refuerce la sociedad, la masa crítica y creativa de la propia ciudad, que es lo que la ha hecho como es y lo que atrae al visitante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2010