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Entrevista:ORIOL REGÁS | El hombre de Bocaccio y de la noche | ÉPOCAS DE LA MEMORIA/ 2

Complicarnos la vida daba cierto placer

En la casa de Oriol Regàs (1936) hay a esta hora del mediodía un ambiente tan apacible que se diría que el tiempo está interrumpido aquí, como si el tiempo no tuviera memoria. Su mujer, la periodista Isabel Villalonga, da paso en la puerta a los que vienen a perturbar esta quietud, haciendo preguntas que Regàs, que fue el rey de la noche en Barcelona y en Madrid, el creador de Bocaccio y por tanto el responsable de que bajo el franquismo, y entre copas, gente de lo que se llamó la gauche divine, personajes desde Joan de Sagarra a Juan Marsé, pasando por Beatriz de Moura, Joan Manuel Serrat y Gabriel García Márquez, convirtiera la noche en la película de una conspiración constante. Contra el régimen y, como dicen Carme Riera y Jaime Gil de Biedma, a favor de la felicidad.

En aquellos locales empezaron las chicas a bailar sin sostén y empezó una risa que la posguerra había congelado

Y este es Oriol Regàs; durante años trabajó de día, dice, para que la noche fuera mejor; estaba hasta altas horas de la madrugada en aquel local mítico (primero en Barcelona, después en Madrid); se oscurecieron los ochenta y él decidió que había que seguir la noche (fundó otros locales, igualmente exitosos), pero ya no buscó el glamour intelectual, cultural o político que tuvo aquel atrevimiento que convirtió los dos Bocaccios en una pesadilla del régimen.

Él no persiguió ese efecto, dice. "Fueron unos años maravillosos. La gente tenía ganas de hacer cosas, y yo me presté a hacerles la vida feliz; no se buscaba el dinero, se buscaba el éxito. Fueron años en que daba una especie de placer el complicarte la vida".

Así que aquellos sitios no fueron suficientes para Oriol Regàs; produjo conciertos, películas, puso en marcha restaurantes, trajo a Mary Quant a mostrar su minifalda, llevó bocadillos a los encerrados de Montserrat (bocadillos de lujo que no se pudieron entregar, porque la policía estaba atenta; así que se los quedaron unas monjitas de caridad)...

En aquellos locales empezaron las chicas a bailar sin sostén, y empezó una risa que la posguerra había congelado. Hasta la madrugada. Por esos sitios donde ya la carcajada hacía temblar el bigote de los vigilantes de la secreta ("que siempre estaban por ahí") se paseaba este hombre menudo y sonriente, tocado con un bombín del que se desprendió cuando cerraron los Bocaccio. "Fue un lío, pero un lío tan feliz... La noche en que inauguramos Bocaccio en Barcelona me dijo Ana [su mujer entonces]: '¿Tú sabes en el lío en que te has metido?'. Yo era un tímido, y me metía en ese lío. Luego vino el dinero, yo lo quería para sobrevivir".

Panxa es la perra; duerme a sus pies; es un golden retriever cuya paciencia da sosiego a este ámbito en el que nos sentamos con Oriol Regàs, hermano de Rosa Regàs, la escritora y editora. Antes de verle aquí estuve escuchándole en Blanquerna, librería catalana de Madrid, donde Destino presentó el libro en el que se reúnen sus memorias de estos años divinos (Los años divinos se titula; y el subtítulo es Memorias del señor Bocaccio, el hombre que sintonizó con las ansias de transgresión y libertad de toda una generación). Pues, sí, lees el libro y transpira elegancia y deseo de transgresión de este hombre al que todo el mundo le adjudica la esencia de "una buena persona". Es tan bueno, dijo ahí Gonzalo Suárez, el director de cine tan ligado al comienzo de la Barcelona más nocturna y emprendedora, es decir, a Oriol Regàs, "yo no sé si daría la vida por él, pero sí llegaría hasta el límite". Regàs le produjo Morbo, la película en la que se conocieron (para siempre) Ana Belén y Víctor Manuel; donde se estrenó, en las cosas del cine, Juan Cueto. Víctor Manuel y Ana Belén estuvieron en ese lanzamiento del libro, y recalcaron lo que dijo Gonzalo: "Es generoso. No ha querido olvidar a nadie. Era euforizante. Cariñosísimo y tierno. De Oriol me gusta todo, hasta cuando fracasa". Rosa, su hermana, se emocionó hablando de él, y Oriol escuchaba achicando los ojos, como si quisiera hacerlas inolvidables, ahora que tan frágil es la memoria de su memoria. Dijo Rosa: "La suya es una combinación perfecta de genialidad y tesón. No sabe lo que es la dificultad. Es el rey Midas: lo convierte todo en realidad. No tuvo un no para nadie. Nunca fue rico. Todo lo invirtió. En él no hay mala fe. El Bocaccio fue una intuición que mostraba su concepto de la libertad necesaria en aquella España siniestra. Allí estaban él, Xavier Miserachs, Teresa Gimpera... Unos años divinos".

Luego habló Oriol y desgranó nombres propios, de aquel Bocaccio de Madrid: Paco Rabal, José Luis Balbín, Maruja Asquerino... Ahora, en esta casa de Barcelona, apoyado su sosiego en la paciencia de Panxa y en la delicadeza con la que Isabel le ayuda a reconstruir algún recuerdo suelto, este hombre que parece frágil, como una voluta de las noches del pasado, se emociona un poco oyendo, y en algún momento se levanta y nos lleva al rincón donde aún guarda papeles de su memoria. Alguien dijo de los fracasos, y tuvo alguno. Qué es el fracaso, le pregunté. "Un mal momento". Se ha tomado ya la clara; lleva siempre consigo un bolígrafo, y ahí tiene anotados los nombres de otros visitantes. Este que viene ahora es Pitito, el nombre popular de un diplomático que vivió toda la era de Bocaccio. Se llama Eduardo Gamir y ya ha comprado decenas de ejemplares de Los años divinos. Pitito representa parte de la memoria viva de aquellos años; en la agenda, Oriol tiene el nombre escrito en grandes mayúsculas, y aquí está ya Pitito, poniéndole al día de antiguas aventuras ante las que Regàs sonríe. No cuesta esfuerzo ver detrás de esa sonrisa melancólica los ojos nocturnos de aquel hombre con bombín.

Hay picardía en estos ojos; picardía elegante, de este lado de Barcelona. Inventaron la noche, como decían Gil de Biedma, Marsé o Caballero Bonald, contra la oscuridad de aquel tiempo. Se vengaban de la oscuridad de la dictadura. "Y eso es lo que pasaba en Bocaccio. En la parte de abajo la gente bailaba, pero en la parte de arriba se producía un sinfín de conversaciones, de conspiraciones que, cómo no, trataban de derribar a Franco".

Hasta que Franco fue derribado por la enfermedad y, como dirá Alfonso Guerra en esta misma serie de conversaciones, por los que le martirizaron en un quirófano. Regàs había puesto a enfriar champán por si ese final del dictador se producía. Y la noche en que Franco dejó este mundo, con la discreción anglosajona que le daba el bombín, el Bocaccio de Oriol brindó para darle entrada a una España en la que ya no sería preciso hablar en cuchicheos.

Oriol habla con melancolía del destino de los Bocaccio, que desaparecieron casi al tiempo que se inauguraba una época más libre de España. Acaso, dice, porque Bocaccio (y lo que conllevaba) había nacido para animar el oscuro paréntesis. Él está feliz de haber contribuido a aliviar el luto de una España atosigada por el recuerdo de la guerra. Y sobre todo está feliz de algo que rescata de las nieblas de la memoria: "Una dedicatoria que me puso Dalí en un cuadro: 'Oriol, el único catalán que funciona". Se empeñó en convertir cualquier complicación en un placer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010