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COLUMNA

Y va la despedida...

Seré una de las pocas personas a la que le gustan las despedidas. Lo reconozco, si. A pesar de no saber muy bien cómo hacerlo, o qué cara poner, ni qué decir, creo que despedirse es importante. Me gusta sentir el abrazo fuerte y afectuoso antes de marchar, y me gusta guardar la fotografía del instante anterior a desaparecer. Esa sensación de penita que uno se lleva y a la que se recurre cuando entra la añoranza. En esos momentos está hasta permitido pasar la barrera de la contención y dar rienda suelta al chaparrón ocular aunque haya gente alrededor. Y ¿por qué no? Es bueno despedirse con sentimiento, aunque las despedidas buenas-buenas son las que tienen el retorno garantizado, esos ilusionados adioses donde se conjuga el verbo volver.

Aunque lo peligroso de las despedidas afectuosas y sentidas, es que arropado por tanto afecto, se empiece de golpe a lamentar la marcha, y decida que no merece la pena abandonar todo lo maravilloso que se tiene. Aviso: es un efecto emocional condensado, y, por lo tanto, engañoso. Vamos, que nunca se debe echar marcha atrás en una despedida.

Hace años me contaron que en Brasil, un hombre subió a un edificio con la intención de suicidarse. La gente se arremolinó para ver qué pasaba, y allí estaba el desesperado que si "me tiro, no me tiro", y mientras todo el mundo seguía en un "ay", llegaron los bomberos, los policías, y también un canal de radio para retransmitir aquel drama. Pasaron horas, hasta que al final, aquel pobre hombre decidió abrazarse al bombero y no tirarse. Y todos los mirones ante semejante fraude, indignados, lo intentaron linchar. Normal. Bueno muy normal no es, pero son cosas que "pueden" pasar si se juega con los sentimientos de la gente.

Y de los sentimientos y las emociones de las despedidas han tratado profusamente tanto el cine, la literatura, el teatro, la poesía, la música... Por ejemplo, ya es algo inherente a las despedidas, la mítica frase de Casablanca que dice "... siempre nos quedará París". ¡Qué gran verdad! Y a pesar de que "este ha sido el comienzo de una gran amistad", ha llegado el momento de despedirme de esta columna. Siento mucha pena condensada, pero voy cargada de buenos recuerdos. Dejo esta columna, y otros cuantos proyectos, para dedicarme con ilusión al reto de dirigir el Instituto Etxepare. Es un honor y una gran responsabilidad, que precisa de toda mi energía, mi empeño y mi tiempo.

Solo me queda decir eskerrik asko a todos, los que han seguido mi columna, a los que han hecho el hueco para publicarla, a los que la recibían, y la maquetaban, a los que la corregían, y a los que me mandaban mensajes después de leerlas. Ay, me estoy poniendo tontorrona, y como no hay nada peor que alargar el adiós, sólo me queda decir que... prometo volver. ¡Qué boba, siempre termino llorando...!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2010