CINE

El factor Gyllenhaal

La mirada de Jake Gyllenhaal está perdida en el horizonte. Abajo, en la playa, dos de las mujeres que más quiere: su hermana, la también actriz Maggie Gyllenhaal, y su sobrina, la pequeña Ramona. Las contempla desde el ático del hotel Casa del Mar, en Santa Mónica (EE UU), encerrado y sin poder bajar para unirse a ellas en este soleado día de primavera. Uno de sus asistentes personales está sentado a la puerta de la habitación protegiéndole de las visitas no deseadas, pero también haciendo de carcelero por si la tentación aprieta. La única huida que le queda a este actor de 29 años es contemplar el mar desde la ventana con esos ojos grandes y azules llenos de humanidad, mientras sus manos se apoyan en la viga del techo como si lo sujetaran, dando a su espalda la curvatura propia de los que llevan el peso del mundo en sus hombros. Como dicen en Spiderman, "con grandes poderes vienen grandes responsabilidades", y Jake Gyllenhaal está a punto de ser proclamado el nuevo príncipe de Hollywood.

"Lo único coherente de mi carrera es su incoherencia: me guío por el corazón del chaval que soy"

Linaje no le falta, hijo del director de cine Stephen Gyllenhaal y de la guionista Naomi Foner. Ahijado de Jamie Lee Curtis y Paul Newman, quien le enseñó a conducir. Criado delante de las cámaras, a los 25 tuvo su primera candidatura al Oscar por su trabajo en Brokeback Mountain. Y ahora llega el momento de su coronación con el estreno de El príncipe de Persia, una historia de aventuras, acción, magia y romance inspirada en el popular videojuego del mismo título. Una superproducción de Jerry Bruckheimer, el hombre que convirtió en estrellas a Johnny Depp o Nicolas Cage.

"Este tipo de películas me gustó desde niño, cuando soñaba en convertirme en alguno de mis héroes mientras veía Indiana Jones o las de Errol Flynn. ¡Quién no ha querido ser como ellos! Divertidos, guerreros, románticos, duros, culos de mal asiento", se explaya alguien de gustos tan eclécticos como su carrera. "Además, siempre he querido hacer películas que la gente vea y recuerde, entretenidas pero que enganchen". La explicación está entre el guiño y la sonrisa. Guiño porque, más que por su candidatura al Oscar, más que por esa imagen de culto para el cine independiente tras su paso por Donnie Darko, más incluso que por sus romances con algunas princesas de Hollywood, Gyllenhaal es recordado como el hombre que pudo ser Spiderman cuando Tobey Maguire pidió más dinero por protagonizar la millonaria franquicia. "¿Así es como se cuenta la historia? ¿Que fui el comodín? Yo me veo más como un rey, pero siempre pienso que soy mejor de lo que soy", se ríe de sí mismo.

Lo de la sonrisa es normal en Gyllenhaal. Reacio a conceder entrevistas, pero a la vez amable, se piensa mucho cada respuesta porque no le gusta mentir o soltar balones de aire. Y está claro que prefiere la playa y la compañía de su hermana y su sobrina a ser entrevistado, pero eso no borra su sonrisa. Al revés, la aviva: es su única forma de seguir adelante. "Desde que dije que sí a El príncipe de Persia supe que esto solo funcionaría si me lo tomaba con humor. Y aquí estamos", remata con orgullo.

En taquilla hablarán los espectadores, pero Bruckheimer no duda que Gyllenhaal es el hombre del verano, un héroe que salta a la vista sin necesidad de gafas 3D. Para El príncipe de Persia ganó 10 kilos (todo músculo) que son la envidia de Hollywood. Ya de por sí atleta, amante del baloncesto y del ciclismo, se embarcó en un entrenamiento que incluyó esgrima, hípica y parkour, una disciplina en la que uno utiliza su propio impulso para andar por las paredes. "Nunca había estado tan cansado, pero eso también demuestra lo mucho que me divertí", recuerda de una filmación que tuvo lugar principalmente en Marruecos. "Las jornadas se alargaban hasta las cinco de la mañana y fueron 120 días de rodaje. Pero podría haber rodado otros 120". Si tiene éxito, tendrá que cumplir esos otros cuatro meses para rodar la segunda entrega de una saga que ya se compara a la de Piratas del Caribe.

El humor perdura cuando Jake recuerda los cortes que tuvo que hacer en la coraza de cuero de su personaje cuando sus pectorales se pusieron tan hermosos que no se podía ni mover dentro. Algunas de sus acrobacias, incluso ayudado por cables, las recuerda como temerarias. Pero, como dice, había que intentarlo. "Es cuando más disfruto, con esa ilusión colectiva, esa energía. Esos momentos en los que no existe el peligro. Es lo que me gusta de mi trabajo, que no es rutinario. Al revés, es terapéutico. Un momento catártico que ocurre entre el '¡acción!' y el '¡corten!'. Luego te vas a casa conociendo algo más que eres capaz de hacer".

Gyllenhaal comenzó muy temprano como actor y a los 11 años ya era el hijo de Billy Crystal en Cowboys de ciudad. Él mismo admite como una de las razones de su comienzo algo de envidia de esa hermana mayor que tanto adora. "No hablamos de cine, ni leo sus guiones ni ella lee los míos. No tenemos ese tipo de conversaciones. Preferimos trabajar en ser una familia", dice sin ahondar en el reciente divorcio de sus padres tras más de 30 años de matrimonio. Prefiere volver la mirada a su sobrina Ramona. "Ella sí que ha cambiado nuestra dinámica. Ahora nos esforzamos por sacar lo mejor de nosotros mismos. Sonará cursi, pero es maravilloso ser tío", dice quien se declara un romántico.

Eso sí, por el momento Gyllenhaal no piensa seguir los pasos de su hermana, casada con el también actor Peter Sarsgaard. Tampoco quiere hablar del tema. Mientras que su filmografía es extensa e irregular, desde October Sky hasta Jarhead, pasando por The good girl, El día de mañana o Zodiac, su vida amorosa ha estado rodeada de más rumores que confirmaciones. Una larga relación salpicada por interrupciones junto a Kirsten Dunst. Y un romance con Reese Witherspoon desde que rodaron juntos Expediente Anwar (2007) hasta que llegó la cacareada presencia de la joven actriz australiana de Transformers 2 Isabel Lucas. Los labios de Gyllenhaal están sellados y ahora no hay sonrisa que valga. "Al parecer, estoy saliendo con mucha gente", zanja alguien del que también circularon rumores de homosexualidad. Fue durante el rodaje de Brokeback Mountain, filme considerado un clásico y que para Jake fue mágico. En especial, la amistad que forjó con su compañero de reparto, Heath Ledger: Gyllenhaal es padrino de Matilda, la hija del australiano con la actriz Michelle Williams. Sobre la muerte de Ledger por una sobredosis, vuelve a callar. "Lo que he aprendido en estos años es lo extraño que resulta madurar delante de todos. Yo he nacido en esta industria. He crecido en ella, lo que también me da una perspectiva diferente. Para mí, hacer películas es algo más que un trabajo. Es una colaboración. Pero no todos lo entienden de la misma forma".

Palabras con las que construir esa coraza que le permita combinar ese alma honesta, espiritual y preocupada por los suyos y por el mundo en el que vive con su propio brillo de estrella. Y continuar su viaje. "Así es como lo siento, como un viaje que es el sueño de muchos y que yo disfruto. Aunque no tenga todas las respuestas. A mi edad es lo normal, que uno continúe su búsqueda". Una búsqueda que por el momento ha llegado a su fin. No se debe al fulgor de su estrella como príncipe de Persia o a los proyectos que tiene pendientes de estreno, como la comedia romántica Love & other drugs junto a Anne Hathaway, la también comedia de David O. Russell Nailed o el drama futurista Source code. La suya sigue siendo una trayectoria dispar. "Lo único coherente de mi carrera es su incoherencia, porque me guío con el corazón. El del chaval que hay en mí y que quiere divertirse. Con sables o con comedias. Yo no se lo voy a negar. Al menos por ahora", resume como declaración de principios. Y de final, porque en la puerta, esperándole, están ahora mismo su hermana y su sobrina. P

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 06 de junio de 2010.

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