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Reportaje:Primer plano »

Europa se aprieta el cinturón

El contagio de la crisis de deuda obliga a aplicar planes de ajuste que amenazan la recuperación

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y la titular de Economía, Elena Salgado, durante la convalidación del ajuste. AP
LUIS TINOCO

Durante meses y meses, toda medida para combatir la crisis pasaba por el gasto público. Las autoridades de todo el mundo se dedicaban a utilizar los fondos públicos para nacionalizar bancos, subvencionar industrias, inyectar liquidez, a través de los bancos centrales, en cuantía desconocida y estimular la actividad económica con ingentes partidas presupuestarias. Todo para evitar a cualquier precio que la crisis financiera que estalló en 2007 derivara en una depresión económica al estilo de la vivida en los años treinta. Era lo que muchos economistas calificaron como la vuelta de John Maynard Keynes.

Pero, como dicen los economistas de Fedea (Fundación de Estudios de Economía Aplicada) en su blog, "nada es gratis". En dos años, los niveles de déficit y deuda públicos han pasado de sus mínimos históricos a registrar el mayor incremento que se recuerda, lo que ha puesto en duda la sostenibilidad de las finanzas de muchos Estados. La suspensión de pagos de Dubai, en noviembre pasado, ya disparó las dudas entre los inversores y los problemas de financiación de Grecia han impuesto definitivamente el estado de nerviosismo de los mercados, al menos en todo lo que tiene que ver con Europa. Porque como recuerda el profesor Paul de Grauwe, de la Universidad católica de Lovaina, "si hay un país que debería ser golpeado por una crisis de deuda soberana sería Estados Unidos y no la zona euro". Un análisis que no parecen compartir los inversores.

"Los mercados financieros no se han dejado impresionar por el enfoque inconexo de los gobiernos europeos a la crisis. Temen que unos gobiernos que quieren ser reelegidos no serán capaces de impulsar medidas impopulares que atañen directamente al ámbito social", advertía el HSBC en su informe de coyuntura de mayo.

Es verdad que los esfuerzos comunitarios para abordar la crisis de deuda han ido desde enero por detrás de los acontecimientos y que han demostrado ser poco claros y eficientes en los objetivos que perseguían. De ahí que los Estados se hayan visto obligados a poner en marcha -de la mañana a la noche en algunos casos- severos planes de ajuste. España, Portugal, Italia, Reino Unido, Francia, Dinamarca y Alemania se han sumado a los recortes que previamente, y con mayor dureza, habían aprobado Irlanda y Grecia. Ha llegado la hora de poner las cuentas públicas a dieta, de apretarse el cinturón tras los excesos de los estímulos.

Pero esta austeridad contagiosa y repentina suscita dudas. ¿No nos estaremos pasando?

La alarma la lanzaba esta semana el economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, quien advertía contra un exceso de celo en los planes de ajuste. "Los mercados a menudo tienden a poner a algunos países en el mismo cesto, pero, de hecho, los demás países europeos no necesitan adoptar medidas tan drásticas como Grecia para reducir su déficit presupuestario", señalaba en una entrevista en La Tribune. Una tesis que ha tenido fortuna entre los inversores.

"La consolidación fiscal simultánea de varios países europeos va a pesar sobre la actividad", asegura Clemente de Lucia, de BNP Paribas. "Aunque estas medidas van a tener seguramente un impacto positivo sobre la financiación de la deuda, el coste va a ser alto en términos de crecimiento y de pérdida de empleos", advierte. Con un crecimiento del PIB de apenas el 0,2% en la zona euro en el primer trimestre, eso implica un serio riesgo de que la región vuelva a caer en recesión en los próximos meses. La única esperanza pasa por la depreciación del euro, que puede tener un impacto positivo sobre las exportaciones de países como Alemania, Holanda o Bélgica, y sobre el turismo, un elemento clave para economías como las de España y Grecia.

Según un informe de Bank of America Merrill Lynch, solo Grecia, Portugal, Irlanda y España -el 18% del PIB regional- han adoptado medidas que afecten a las cuentas de 2010, lo que ha llevado a la entidad a reducir sus previsiones de crecimiento de la eurozona del 1,7% al 1,4%. Sin embargo, para 2011 son mayoría los países que reducirán gastos o subirán impuestos para ir reconduciendo sus cuentas públicas. La entidad calcula que estas medidas supondrán unos 120.000 millones de euros, el 1,2% del PIB, pero la mitad de ese ajuste se verá compensado por la depreciación del euro. "Tenemos poco que temer de la austeridad de la eurozona", aseveran Guillaume Menuet y Holger Schmieding, autores del informe. "Sin embargo, los riesgos a la baja del crecimiento son todavía significativos. Incluso si pensamos que el miedo es exagerado, el miedo en sí mismo puede causar serios daños. Una turbulencia financiera severa y sostenida puede dañar la confianza de las empresas y, con ello, las decisiones de inversión y contratación", dicen. Es decir, que hay que tener miedo al propio miedo.

"No volveremos a entrar en recesión, solo se demorará el crecimiento", matiza Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. "Si no hubiera habido contagio financiero, Blanchard tendría razón pero en algunos casos el ajuste era una medida necesaria". En su opinión, "el gran problema de fondo es que el potencial de crecimiento de la región no es muy alto y no lo será a menos que se aborden reformas estructurales que hoy por hoy no están sobre la mesa".

Ese es también el reproche que hace André Sapir, miembro del think tank belga Bruegel, a los planes de ajuste. "En 2008, en plena crisis financiera, nos enfrentábamos a dos problemas. Uno a corto plazo, que era evitar caer en una depresión, y otro a largo plazo, que era la sostenibilidad de la deuda y las finanzas públicas. El primero se afrontó de forma correcta, se pusieron en marcha las medidas para evitar entrar en un círculo vicioso de crisis financiera, crisis de economía real y vuelta a la crisis financiera. Pero el segundo debía haberse afrontado a la vez, con reformas para aumentar el potencial de crecimiento, los problemas derivados del envejecimiento de la población, impulsar la productividad... y ahí hemos fallado. Hemos perdido dos años y ahora esta coyuntura hace más difíciles algunas de estas reformas", lamenta Sapir.

Este profesor de Economía de la Universidad Libre de Bruselas da por superado el riesgo del "círculo vicioso" que es, sin embargo, el que más han penalizado las Bolsas en las últimas semanas. Los problemas de la economía real se están trasladando al sector bancario en muchos países, claramente en el caso de España. De hecho, el pasado viernes la agencia de calificación Ficth retiraba a España la máxima nota de valoración para su deuda ya que considera que, pese al ajuste aprobado por el Gobierno, España se enfrenta a un largo estancamiento por la rigidez del mercado laboral, los problemas de las cajas de ahorros y las secuelas del pinchazo inmobiliario. "El proceso de ajuste del sector privado y el endeudamiento externo reducirán la tasa de crecimiento de la economía española a medio plazo". Un escenario que se asemeja bastante a un círculo vicioso.

Algunos se plantean, además, que en estos años quizás hemos perdido algo más que tiempo, como mencionaba Sapir. Muchos de los planes de estímulo han absorbido cuantiosos fondos públicos con escaso impacto sobre el crecimiento. "El G-20 pidió a los gobiernos que tomaran medidas con rapidez, de forma temporal y dirigidas a sectores muy concretos. La velocidad del gasto ha sido rápida, pero el mandato sobre los objetivos no ha sido tan acertado", apunta Steinberg.

De cara al futuro, las reformas y el crecimiento son los elementos decisivos de la estrategia a seguir porque, en ausencia de ambos, la consolidación de las cuentas públicas solo puede hacerse con duros recortes del gasto y con subidas de impuestos. En ese escenario, Europa corre el riesgo de parecerse a Japón, con una economía prácticamente estancada durante décadas y que, precisamente por ello, es incapaz de reducir la carga de la deuda sobre su economía. Así lo advertía el comisario para Asuntos Económicos Olli Rehn, en un seminario celebrado esta semana en Bruselas. "Si nos asentamos sobre la autocomplacencia y olvidamos las reformas estructurales, eso nos llevará a una recuperación floja o incluso a una década perdida".

Aunque a la fuerza ahorcan. "La crisis nos va a obligar a hacer por las malas lo que no hemos querido hacer por las buenas", asegura Steinberg. Eso pasa, a su juicio, por reforzar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) con sanciones más fuertes para los Estados en caso de incumplimiento, como plantea Alemania.

Pero el Gobierno de Berlín quiere ir más allá y obligar a los Estados a fijar por ley los límites del 3% del déficit y del 60% para la deuda que ya establece el PEC como topes. "Eso es irreal. Más allá de las voluntades políticas de cada país eso implicaría una modificación del tratado que no es fácil lograr", afirma Sapir. Otra cosa es la necesidad de reforzar la coordinación fiscal, que cada día parece más urgente.

La crisis de deuda de Grecia ha puesto en evidencia las carencias de la Unión Monetaria, entre ellas la ausencia de un mecanismo de resolución de crisis y el fracaso a la hora de vigilar el cumplimiento de los objetivos de estabilidad presupuestaria. Más tarde que pronto -y a remolque de los mercados-, los 27 han logrado aprobar el Mecanismo de Estabilidad Financiera para hacer frente a posibles episodios de tensión financiera en el futuro, aunque aún queda por resolver cómo se van a aportar y distribuir los 750.000 millones de euros con que se acordó dotar este mecanismo.

Pero el capítulo fiscal sigue sin ni siquiera abordarse. Tenemos lo que Paul de Grauwe denomina "un código contra el fuego sin cuerpo de bomberos". "Con una mayor coordinación fiscal, en una situación como la actual se podría salir de la crisis. Alemania podría dejar que sus salarios aumentaran en los próximos años y que eso impulsara el consumo privado y que, mientras, países como España corrigieran en parte sus problemas de competitividad y llevaran a cabo ajustes", apunta Sapir. Hay quienes apuestan incluso porque haya una parcela de política fiscal común, mediante la cual se fije una misma edad de jubilación o una prestación por desempleo similar en todos los países del euro, aunque eso hoy parece todavía menos factible. A cambio, quien sí ha asumido un papel en la política fiscal que los tratados inicialmente no le otorgaban ha sido el BCE. En este escenario de ajustes y riesgo de recesión serán los tipos de interés los que permanecerán bajos por mucho tiempo para intentar garantizar la recuperación.

"Si todos estamos en el mismo barco, es bueno que todos rememos en la misma dirección", concluía Rehn. Y para eso es necesario contar con los instrumentos apropiados.

Blanchard, del FMI, advertía contra un exceso de celo con los recortes

La única esperanza es que el euro débil impulse el turismo y las exportaciones