Crítica:63º Festival de CannesCrítica
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Un Tavernier espeso y decepcionante

Las películas de Bertrand Tavernier, un director que se ha movido con personalidad en todo tipo de géneros, escarbando frecuentemente en la Historia para retratar barbaries que fueron bendecidas, crítico y humanista, son una de las mejores cosas que le han ocurrido al decaído cine francés en los últimos 35 años. Tavernier, gran conocedor del cine estadounidense y amante irredento del género negro, cumplió en 2008 con In the electric mist su sueño de realizar un policiaco en Estados Unidos, pero el resultado fue tirando a grisáceo. Tampoco sirvió para que Hollywood, importador de tanto talento europeo, le abriera sus puertas y le ampliara el crédido.

Es probable que ese desencanto haya sido decisivo para que Tavernier retornara a Francia, al terreno que controla y en el que dispone de ancestral y merecido prestigio, para rodar La princesa de Montpensier, ambientada en la Francia del siglo XVI y en medio de las guerras de religión entre católicos y hugonotes. Tavernier, que había demostrado su capacidad para recrear el pasado extrayendo conclusiones demoledoras, aquí se pierde en un argumento espeso y grandilocuente, narrando de forma plana y académica la historia de una aristócrata a la que su padre obliga a dejar al hombre que quiere para un matrimonio de conveniencia con el príncipe de Montpensier. Este, entretenido siempre en combatir a los protestantes, le encarga a su antiguo y sabio preceptor que en su ausencia eduque y refine a su joven e indómita esposa en las bellas artes y en el pensamiento, para que ésta adquiera la cultura y los modales necesarios que se precisan en la corte del rey. Pero el amor del tutor hacia su alumna complica el asunto.

La retina se distrae con hermosos paisajes, pero la intriga es fatigosa

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Diálogos, situaciones y personajes están forzados o resultan previsibles. La retina puede distraerse con los hermosos paisajes y el esforzado realismo de las batallas, pero la intriga sentimental y política resulta bastante fatigosa. Es cine impersonal, con aroma a teatro rancio, algo lamentable al venir firmada por un hombre que ha demostrado suficientemente su autoría en una obra memorable.

Un hombre que grita, dirigida por Mahamat-Saleh Haroun, representa a Chad, una cinematografía de la que teníamos escasas o nulas noticias. Cuenta de forma intimista y veraz la desolación de un anciano, antiguo campeón de natación, que ha sobrevivido a las continuas guerras civiles y ha logrado su anhelo de mantenerse como portero en un hotel de lujo, cuando el gobierno le exige un dinero que no tiene o la inscripción de su hijo en el ejército para combatir a los revolucionarios. Rodada con medios primitivos, es una película eficaz y sensible que transmite la dureza ambiental de un país en eterna crisis, devastado continuamente por los señores de la guerra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 17 de mayo de 2010.