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Reportaje:

Morante, el secreto del duende

Es el último exponente de la magia en el toreo. Se ha ido y ha vuelto varias veces. Ante el incierto futuro de la tauromaquia. Está dispuesto a conquistar su verdad. Pura 'stravaganzza'.

Morante de la Puebla no le importaría nada quedarse toda la tarde subido a la encina en cuyas ramas acaba de posar para el fotógrafo, con bastón y sombrero, al más genuino estilo surrealista. "Me encanta Dalí", dice al bajar del árbol en la dehesa Lo Álvaro, una extensión de alrededor de 3.000 hectáreas de lomas pobladas de encinas en las inmediaciones de El Castillo de las Guardas (Sevilla) que acoge a la ganadería de reses bravas de Juan Pedro Domecq. El matador ha conducido hasta Lo Álvaro su imponente Mercedes R320 ranchera de color verde oscuro con la intención de lidiar un novillo a modo de entrenamiento poco antes de empezar la temporada, pero ese cielo de aguacero tan enigmático como su aura se dispone a chafar el plan del día.

"Torear no es vivir; es sobrevivir. así soy feliz. pero así es muy difícil vivir"

"La lidia no es la fiesta nacional, sino un rito. es burlarse del toro, pero sin reírse de él"

Eduardo Arroyo: "me gusta su fragilidad. un torero no tiene que ser un atleta"

Rafael de Paula: "excepto Morante, la fiesta está huérfana de toreros de arte

Juan Pedro Domecq, anfitrión de rostro enjuto y parlanchín, ofrece café al calor de una chimenea. Veterana enciclopedia andante del toro bravo, asegura que Morante es "el máximo exponente del duende en la tauromaquia de hoy". Pura stravaganzza. Intérprete de un concepto de hondura y lentitud inaprensibles cuando toca, claro. "Como ocurre con todos los grandes artistas, puede ser catastrófico y sublime", apuntaba por teléfono días más tarde el pintor Eduardo Arroyo. Todo o nada. Inspiración barroca. No es ningún mesías. Ni el que corta más orejas. Ni falta que hace. Su guerra es otra: apoderarse de la ligazón y el temple, acaso la verdadera y mágica emoción del toreo. El maestro Antonio Chenel, Antoñete, admitía desde su retiro de los ruedos: "Casi me pongo en pie el 21 de mayo del año pasado en Las Ventas al verle con el capote; aquella faena de capa es la que más me ha emocionado en los últimos tiempos".

Embriagados de misterio, seguimos a Morante por las dependencias de la casa del ganadero Domecq hasta llegar a una fría habitación con dos camitas y una silla donde parece dispuesto a conversar a solas. La luz de una lámpara a la espalda oscurece su rostro. Viste jeans de Dolce & Gabbana, americana azul oscura, camisa con tonos camel y una bufanda multicolor. Luce barba de varios días y gruesas patillas, morenas como su cabello espeso. Quiere pensar lo que dice. Se muestra inseguro sin llegar a revelarse temeroso. Desde luego, no derrocha entusiasmo con la idea de disertar sobre sí mismo. "Yo no tuve elección", susurra entre largas pausas. "Muchas veces lo pienso y Esto no hay quien lo entienda. Un día, hablando con Antonio Gala, me explicó su vocación de escritor. No tuvo elección, como si aquello fuera algo natural. Pensé: Lo mío es lo mismo. Nunca imaginé nada que no fuera ser torero. No sé qué habría sido de mí de no serlo".

José Antonio Morante camacho, Morante de la Puebla, nace torero hace treinta años en La Puebla del Río, una localidad de la provincia de Sevilla acariciada por el Guadalquivir. El segundo hijo de Rafael y Pepi comienza pronto a jugar con trapos junto a la puerta de la casa de sus padres en la céntrica calle de Cervantes. "Es verdad que nació con eso. Tenía menos de un año y ya lloraba en la cuna pidiendo el traje de torear que habíamos visto en el mercadillo del Jueves en Sevilla", recuerda Pepi, de 59 años. "Mi marido acabó comprándole un disfraz en El Corte Inglés. Tampoco contábamos con muchos recursos: yo no trabajaba y Rafael estaba todo el día en la arrocería; por las noches se dedicaba a colgar carteles en los pueblos donde toreaba nuestro hijo. Creíamos que se le pasaría con el tiempo".

No se le pasó. A pesar de no tener ningún ascendiente ni remotamente taurino, a los cinco años pega sus primeros lances a una becerra. A los catorce debuta con caballos y abandona sus estudios de formación profesional. En 1998 nace la promesa en la Maestranza de Sevilla. Al año siguiente conquista su Puerta del Príncipe. En 2000, a punto de ser coronado en la feria de abril redentor de la escuela sevillana, heredera de la gracia de leyendas como Curro Romero o Pepe Luis Vázquez, recibe una tremenda cornada que deja en suspenso aquellas aspiraciones.

-Después de un percance semejante, ¿por qué sigue uno toreando?

-Porque es mi vida. Aunque torear no es vivir; es sobrevivir. A veces da pena estar tan obsesionado con tu profesión. Quisiera pensar que algún día podría dejarla y dedicarme a divertirme, a disfrutar del dinero que he ganado. Pero cuanto más grande eres, más envidias ponerte delante de un toro. Me gustaría poder llevarlo con más alegría. No la alcanzo. Es una pelea conmigo mismo. Y así soy feliz. Pero así es muy difícil vivir.

Volver no fue fácil. Menos aún con una presión sobrevenida: en otoño de aquel año 2000, Curro Romero, El Faraón de Camas, último exponente de la torería sevillana, se corta la coleta. La afición quiere un sucesor. Y lo quiere ya. Todas las miradas se dirigen hacia Morante, quien insiste una y otra vez en que suceder a Curro Romero es imposible. "Además, tampoco es mi aspiración: mi ambición es ser Morante". Los años le dan la razón sobre la arena. Su arte cala en otras plazas. Comienza a coquetear con los tendidos de Madrid cuando un elemento inesperado está a punto de poner más piedras sobre su camino. La tristeza le inunda, de golpe y porrazo, sin saber por qué, a partir de las navidades de 2003. "Desde ese momento vengo sufriendo", reconoce. "Todo aquel que padezca una enfermedad psíquica sabe lo difícil que es llevar todo a buen puerto. Lo más complicado es reconocerlo. Uno siempre tiene la ilusión de que ese demonio se te vaya. Pero revolotea y no lo puedes controlar. Hoy tomo mi tratamiento. Y vivo. Y toreo. Eso es todo".

En 2004 cancela la temporada. Recibe curas con electrochoque en una clínica de Miami (EE UU). "Todo aquello me resultaba incomprensible", recuerda Antonio Gutiérrez, de 31 años, amigo desde la infancia de Morante y empleado en la oficina de una caja de ahorros en Sevilla. "Creo que nunca ha llegado a abrirse del todo como para que sepamos exactamente lo que le pasa".

Una vez más decidió seguir. Reaparece en 2005. Su primo Juan Carlos, que también quiso ser torero, se convierte en su mozo de espadas. Un fiel escudero que todavía permanece a su lado. Morante se casa ese año con Cinthia, la novia de toda la vida, estoquea 109 reses y corta 42 orejas. La búsqueda de la pureza le lleva a anunciar en 2006 que el matador retirado Rafael de Paula le apoderará a partir de la siguiente campaña, dando comienzo a una de las más breves, singulares y tormentosas alianzas del toreo de la última década. "El concepto de la lidia de Rafael es extraordinario, pero como apoderado no remató la faena", argumenta Morante. "Yo me resistía a llevarle; él insistió", asegura Paula (Jerez de la Frontera, 1940). "Tuvimos muchas conversaciones sobre toros y toreros. ¿Qué falló? El amor no es eterno. Hubo cosas por ambas partes. Digamos que mitad y mitad. Si algo tuviera que achacarme a mí mismo es que en ocasiones me pudo afectar alguna copa de más que tomase. Aun así, nuestra relación fue muy humana. Le sigo queriendo. Y sigo pensando que, duende aparte, tiene gracia torera. De los que veo hoy, es el único que la tiene. Excepto Morante, la fiesta está huérfana de toreros de arte".

El idilio termina a mediados de la temporada 2007. Una nueva espantá: Morante se retira otra vez. "Se llevó una desilusión con Paula", recuerda Juan Carlos, el mozo de espadas. "Además, acababa de nacer su hijo y quiso dedicarle tiempo. Pero aprendió mucho de lo que Paula le habló sobre el toreo de capote. Aunque mi primo siempre ha sido bueno con la capa, creo que con Paula subió un escalón, en el que ahora se encuentra".

El maestro Antoñete, mano derecha de Manolo Molés en las retransmisiones taurinas de Canal +, resume así ese peldaño que ha alcanzado Morante: "Ha recuperado la verónica, que parecía olvidada entre tantas chicuelinas. Además, es el que más valor tiene entre todos los toreros de arte. Lo que pasa es que al toro regular debe lidiarlo más". Y el aludido explica de este modo su propio temple: "Mi búsqueda consiste en frenar la embestida. Con el capote lo he conseguido más veces que con la muleta. El temple es, en principio, ir a la velocidad que el toro requiere. Yo intento empujarlo patrás. Es como el que canta y no tiene oído. Puedes disponer de una voz muy bonita, pero sin oído es imposible tirar patrás".

-Así que la clave no está en parar el tiempo, sino en retrasarlo. Por tanto, la belleza del temple es imperfecta

-Claro, a mí no me gusta el toreo perfecto. ¿Eso qué es? El toreo debe ser romanticismo regido por unas normas para que se concedan las mismas ventajas al hombre que al animal. Después entra la fantasía, el valor, la inspiración. El toreo es burlarse del toro, pero sin reírse de él. Le das la oportunidad de acabar contigo, aunque en el fondo puedes burlarle.

-Esto hay mucha gente que no lo entiende.

-Es que el toreo hay que sentirlo.

-¿Cree que quienes no lo entienden tienen menos sensibilidad?

-Sí. Hay mucha gente con muy poquita sensibilidad artística. El toreo no es la fiesta nacional, es un rito. Desde que tiene normas, se convierte en algo de mayor profesionalidad. Una capea es una fiesta; la lidia, no.

-¿Es consciente de que, si bien muchos le ven como a un artista, para otros no es más que un asesino?

-Supongo que sí. Cuando me dicen: "Hay que defender". Yo respondo: "¿Cómo defiendo yo esto?". Si yo fuera un animal, me gustaría ser un toro; con eso creo que digo muchas cosas.

Siempre ha dicho lo que piensa. Dentro y fuera de la plaza. En 2009, tras la concesión de la Medalla al Mérito en las Bellas Artes a Francisco Rivera Ordóñez, declara en una entrevista que aquel reconocimiento le parecía "una vergüenza". Los cimientos del taurinismo se remueven con la devolución que José Tomás y Paco Camino hacen de sus respectivas medallas. El entonces apoderado de Morante, José Sánchez Benito, denuncia veto en los carteles por parte de Cayetano Rivera Ordóñez, hermano del galardonado. Curro Vázquez, maestro retirado de los ruedos y representante de Cayetano, niega la mayor y contraataca criticando la afición que Morante profesa por los puros habanos en el callejón entre toro y toro. Los enfrentamientos van in crescendo hasta que el 24 de agosto Cayetano y Morante coinciden en el coso de Cuenca. Ambos salen a hombros por la puerta grande y se saludan llevados por el éxtasis colectivo. "Me di cuenta de que esos dos tíos tenían que estar juntos", recuerda hoy Curro Vázquez.

Como suele ocurrir en el extraño y ancestral universo taurino, una serie de mensajes boca-oreja favorecen a principios de noviembre del año pasado un encuentro entre Vázquez y Morante para fumar la pipa de la paz. A los pocos días salta la noticia. Curro Vázquez combinará el apoderamiento de Cayetano con la representación del de La Puebla. "Curro es un espejo artístico donde mirarse. Y me aportará su experiencia con Cayetano", admite Morante. "Su toreo está basado en la pureza", replica Vázquez. "No tenemos contrato; entre toreros no hace falta", añade el apoderado, reticente a hablar de dinero. Conocedores de las negociaciones para la próxima feria de San Isidro en la madrileña plaza de Las Ventas sitúan a Morante entre los mejor pagados del escalafón, junto a José Tomás, Julián López, El Juli, Sebastián Castella y Enrique Ponce. Al diamante por pulir de Cayetano, Vázquez añade en su cartera de negocios la incertidumbre del hombre que más se hace esperar en los ruedos. Como se hicieron esperar -y de rogar- cada tarde en su tiempo Paula o Romero. ¿Calamidad o jugada maestra? Quedan alrededor de 40 festejos a lo largo de 2010 para comprobar el resultado.

No será por falta de entrega. Hipólito Gallardo, Poli, de 56 años, ex fisioterapeuta de la Federación Española de Baloncesto, dejó todo el 1 de enero pasado para dedicarse en exclusiva a entrenar a Morante. Poli fue preparador físico de los hermanos Rivera Ordóñez y llevaba un año y medio haciendo lo mismo con el de La Puebla. Ahora también ejerce de amigo, confesor e incluso asesor ocasional de sus inversiones. El Plan Morante es el siguiente: "Lunes, miércoles y viernes, footing y 400 abdominales diarios. Martes y jueves, piscina climatizada. Y los viernes, boxeo. También juega al fútbol con los amiguetes durante el invierno; la consigna: prohibido hacerle entradas fuertes". La alimentación durante el mes previo al arranque de la temporada consiste en "una dieta de 2.000 calorías diarias; ahora está en 72 kilos, lo ideal sería que mantuviese 70 kilos durante el año", ilustra Poli, a quien no le preocupa que el matador disfrute en el callejón de habanos de gran calibre porque, según él, "no se traga el humo".

Morante asume con gusto el reto de Poli. Sobre todo en lo referente al boxeo, otra de sus pasiones. "Tiene buena pegada", asegura Juan Carlos, el mozo de espadas. "Antes bailaba con él, sí. Dejé de hacerlo porque me ponía la cabeza como un bombo". A lo que el pintor Eduardo Arroyo responde: "Que le guste el boxeo me lo hace más simpático. Más que a un Cassius Clay del toreo, se me asemejaría a un Sugar Ray Robinson, al que tuve la suerte de ver ya viejo en París cuando hacía su última tournée. Sobrecogía verlo evolucionar en el ring". Pero Arroyo advierte: "Lo que me gusta de Morante es su fragilidad. Un torero no tiene que ser un atleta. La dificultad convierte al torero en algo sublime. Si, como todos nosotros, logra vencer sus demonios, tendrá seguramente mucho recorrido".

Recién inaugurada la treintena, Morante enfila el punto crítico de todo matador. Se juega la consagración definitiva. Ahora empiezan los años de plenitud, empaque y hondura. Ahora o nunca. Afronta las mismas críticas que el resto de figuras que anhelan lidiar los llamados "toros artistas" en detrimento de las ganaderías consideradas "duras".

-¿Puede que usted tenga miedo de lo que podría llegar a ser?

-Algunas tardes, al llegar al hotel es cuando he sentido más miedo. El miedo cuando has estado muy bien en la plaza, cuando has sido valiente o puro, tiene que repetirse. Es un miedo de responsabilidad, de decir: "¿Qué he hecho?". Es como un listón. "¿Podré repetirlo, volver a llegar a eso?". Puede ser. Piensas: "La que he formao, ahora van a querer que haga esto otra vez".

-¿Qué cree que puede aportarle la madurez?

-Conocimiento. Experiencia. Aunque a veces puede influirte negativamente en la naturalidad. Por eso suelo decir que me gustaba cómo toreaba cuando era niño. Entonces todo era natural. Y el arte nace de la naturalidad.

Ha vuelto a vivir con sus padres. Más bien son ellos los que se trasladaron a su casa en el centro de La Puebla del Río desde que se separó en 2008 de su esposa, Cinthia, con quien mantiene una buena relación y un hijo en común que cumplirá tres años en junio. No echa de menos el amor. "De hecho, he conocido a una persona que me enamora". Con el tiempo se ha vuelto menos maniático, aseguran desde su entorno. A pesar de seguir vistiéndose de luces empezando por el pie izquierdo, con el iPod de fondo escupiendo flamenco de Antonio Mairena o canciones de Raphael, ya no lleva capilla a los hoteles. "Un día dije: Esto es un lío. Uno me daba una estampita, otro una medallita No creo en las imágenes. Creo que hay algo. Algo grandioso. Creyente de los que practican la oración no soy mucho. Antes de torear hago un rezo interior. No es un rezo vulgar y corriente".

Asegura no saber cuánto dinero tiene. Mantiene la casa de dos plantas que hizo construir en el centro de La Puebla, con varios salones, piscina y gimnasio, así como una finca en Las Cabezas de San Juan donde atesora cabezas de ganado bravo y manso, burritos y gallos. Poli Gallardo, preparador físico y amigo, suele conducir el Mercedes R320 ranchera de color verde oscuro durante la temporada mientras Morante descansa en una litera adaptada en el habitáculo y revisa vídeos de toros. En sus muchas horas juntos, Poli asegura hablar "de todo; le interesan el arte y la cultura, el flamenco y la pintura. Le gusta conversar hasta de política. Es una persona muy sencilla -es feliz con un montaíto y una Fanta de naranja- y comprometida con lo social. No ha olvidado sus orígenes de padres trabajadores. Le preocupa lo que está pasando en el país, las hipotecas de sus amigos, los que están en el paro".

Esta misma tarde de Domingo de Resurrección torea en Sevilla. Su Sevilla. Su plaza de La Maestranza. Lucirá un vestido de Justo Algaba cuyo color, según el sastre, "dependerá del estado anímico y del tiempo que haga. Entre los que estoy ultimándole, mis favoritos son: uno color ciruela y oro, con bordados al estilo del XIX y remates de porcelana -que ronda los 4.000 euros-, y otro verde botella con bordados que interpretan la unión entre los pueblos americanos y europeos". La elección de un sastre como Algaba, que ha vestido a leyendas de la estética en los ruedos como Romero, Paula o Esplá, tampoco es casual. Nada en su vida ha sido fruto de la casualidad.

El libro que le marcó para siempre es una obra iniciática y aleccionadora titulada ¿Qué es torear?, de Gregorio Corrochano. "¿Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi cómo le mató un toro", escribió Corrochano en 1920. Precisamente en ese mundo atávico y difícil de explicar quizá sea Morante de la Puebla el más inextricable de los toreros actuales. Un hombre en busca de su propio duende. "Me gusta cómo hablaba García Lorca del duende y del arte. El arte es pinturero, y el duende sale más de la tierra. No voy a decir que yo lo tenga, pero se tiene o no se tiene. A veces sale. Y a veces no".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2010