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COLUMNA

Elogio de la disidencia

La casualidad ha hecho que tengamos que hablar del caso de la mediadora cultural de Cunit, 10 años más tarde de los graves sucesos de Ca n'Anglada (Terrassa) y El Ejido (Almería). La denuncia por coacciones presentada por Fatima Ghailan quizás no sea comparable al espectáculo de aquellas violentas manifestaciones racistas contra el colectivo marroquí. A no ser que la interpretemos como una cuestión de segundo orden que, más allá del principio de acogida de las poblaciones inmigradas, nos interroga en torno a los mecanismos que regulan nuestra convivencia social. Se ha argumentado que en el trasfondo de este caso se producía una pugna por la autoridad en este colectivo local. Más allá de la fragmentación interna de la comunidad marroquí de Cunit, este caso ha puesto en evidencia que los mecanismos de selección de los liderazgos comunitarios por parte de las instituciones políticas locales presentan fuertes ambigüedades. En esta ocasión han fallado los mecanismos de autorregulación que debe tener todo colectivo para impedir que un exceso de autoridad derive en un acto de coacción. Pero también ha fallado ese principio de contraste en el ejercicio de la autoridad, que toda institución pública ha de exigir a aquellos a los que se ha otorgado el reconocimiento de su liderazgo. El "te reconozco por lo que representas", no ha tenido continuación en "te exijo un compromiso cívico y responsable".

Me preocupa que en éste y en otros casos (puesto que ha habido otros anteriormente), no hayamos sido capaces de establecer criterios de vigilancia democrática respecto a liderazgos (sean religiosos, comunitarios o políticos) que ejerzan con celo un principio de autoridad "con respecto a los propios", dejando en evidencia la condición ciudadana que a todos nos iguala. Tales expresiones de "neutralidad" socavan una de las virtudes de nuestro sistema democrático, como es garantizar el principio de disidencia como expresión de la libertad y la autonomía individual. La negativa a aceptar ser encasillados por nuestros orígenes, a optar por otros caminos diferentes de los que nos exigen nuestras diversas pertenencias, constituye un punto de referencia central dentro de la vida en una sociedad abierta. Quizás una de las principales debilidades de un multiculturalismo mal entendido sea vaciar de sentido este principio de disidencia al priorizar los vínculos que nos atan a comunidades diferenciadas desde el nacimiento hasta la muerte. Sin la disidencia, nuestra autonomía personal se ve erosionada; si no la protegemos activamente, llegará un momento en que alguien nos recomiende que hablemos "con los nuestros" para solucionar "nuestros" problemas. En ese momento, todos nos sentiremos cerca de Fatima, y seremos conscientes de lo poco que hemos aprendido de Ca n'Anglada y de El Ejido.

Jordi Moreras es profesor de sociología y experto del movimiento islámico en Cataluña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2010