Necrológica:Perfil
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Luis Díaz de Lezana, defensor del toro íntegro

Estuvo a la cabeza de la Comisión Taurina Bilbaína

Quizás fuera por todos los años que pasó danzando entre la fauna taurina por lo que acabó imbuido de un espíritu de torero de raza que le permitió afrontar con una entereza inusual la letanía física que precedió a su muerte. Este mismo espíritu es el que le impulsaba a defender con vehemencia lo que consideraba su principal cometido al frente de la Junta Administrativa de la Plaza de Toros de Bilbao: preservar el prestigio taurino de Vista Alegre en particular y de la capital vizcaína en general. Y a fe que lo consiguió.

Luis Díaz de Lezana, fallecido el 2 de marzo en Bilbao, a los 78 años, supo defender con gallardía los intereses, en ocasiones contrapuestos, de la afición taurina bilbaína y de la Casa de Misericordia, por cuya designación ocupaba su condición de miembro en la Junta. Primero lo hizo al rebufo de ese gran taurino que fue Carmelo Sánchez-Pando y Maguregui, y después al mando de la Comisión Taurina, al lado de su inseparable compañero Javier Aresti.

Institucionalizó las visitas al campo para escoger ejemplares de lidia

Desarrolló su cometido con una honradez y esfuerzo que sólo podrán ser correctamente evaluados cuando, con la perspectiva de los años, pueda realizarse un análisis objetivo de su trabajo. En su haber, consolidó al toro íntegro como el eje sobre el que rota la Feria de Bilbao y en virtud del cual las calles de la capital vizcaína se llenan anualmente de aficionados de todo el orbe taurino.

En la búsqueda de la cabeza de la camada de las ganaderías más prestigiosas que a lo largo de su historia han venido saltando al ceniciento albero bilbaíno, institucionalizó las visitas al campo que realizan cada primavera los miembros de la comisión taurina para reseñar los ejemplares que serían lidiados en las corridas generales de cada año. Esta práctica se ha llegado a exportar con el tiempo a lo largo y ancho del planeta de los toros.

Como suele ser moneda usual en aquellos que embisten al caballo sin repucharse, su carácter de discutidor impenitente, y su ímpetu al defender sus convicciones, le jugaron malas pasadas en varias ocasiones. Al término de las pasadas corridas generales acusó a los toreros que comandan el escalafón de no haber dado la talla. A pesar de que desde los más variados estamentos taurinos le crucificaron, no le faltaba razón.

Acostumbraba a coronar muchos de esos momentos con amagos de dimisión que, correctamente interpretados como un berrinche por los que le conocían y querían, no le eran aceptados, a sabiendas de que no hubiese podido vivir sin acudir cada mañana, en uno de los rituales que acostumbraba, a su despacho en la Plaza de Toros desde cuya atalaya evaluaba la salud taurina de la Villa.

Sus últimos años no fueron fáciles. A la pérdida de su esposa, encadenó diversos problemas de salud que se convirtieron en un calvario que le ha perseguido hasta hoy y quedó privado incluso de aquello que más satisfacción le había generado desde que se jubiló, obligándole a dimitir de su cargo en diciembre del pasado año.

Su renuncia constituyó una última prueba de su integridad. Sus firmes convicciones nunca le hubieran permitido pelear a medio gas. En el mismo momento en el que no se vio con la fortaleza necesaria para seguir peleando, en lugar de atrincherarse en el cargo, se fue en silencio. En una postrera demostración de que las medias tintas nunca fueron con él.

Durante esta postrera etapa, en la que muchos de los que le conocimos contemplamos su lado más cercano y humano, tuvo siempre a su lado a sus hijos, que le transmitieron fuerza cuando más lo necesitaba, como él había hecho con su padre años antes.

Bilbaíno de pro, acostumbraba a reunirse diariamente en uno de los epicentros de la Villa, el Hotel Carlton, en donde disfrutaba de la tertulia acompañado de su grupo de amigos que, a partir de hoy, echarán en falta con quién discutir de toros. Descanse en paz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 03 de marzo de 2010.