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Tribuna:

Europa no debe caer en el error suizo

De modo que Nicolas Sarkozy, en respuesta a la prohibición de los minaretes en Suiza, nos aconseja que practiquemos nuestras religiones con "humilde discreción". Que el presidente Sarkozy nos recomiende humilde discreción es como que Lady Gaga nos aconseje modestia en el vestir, Tiger Woods, fidelidad conyugal, o un banquero, abnegación.

Pero el voluble presidente francés tiene algo de razón cuando dice, en su reciente artículo en Le Monde, que no basta con condenar el referéndum suizo; debemos tratar de comprender qué es lo que ha movido a tantos suizos a votar así y qué dice eso de la Europa actual. ¿Cómo es posible que, en un país con sólo cuatro minaretes, el 57% de los que votaron, con una participación del 53% -en otras palabras, más de la cuarta parte del electorado suizo-, haya podido aprobar una reforma para que se incluya la prohibición general de construir minaretes en la Constitución?

Libertad religiosa no es que cristianos y judíos tengan sus templos y que los musulmanes tengan que rezar en hangares

Sólo puede criticar la intolerancia quien practica en casa la tolerancia

¿Ha sido una reacción a los carteles inflamatorios que mostraban unos minaretes como misiles sobre la bandera suiza, junto con la amenazadora figura de una mujer con pañuelo? ¿O a ridículos argumentos como el del representante del Partido Popular Suizo, Oskar Freysinger, que dijo que "en el instante en que haya minaretes en Europa, querrá decir que el islam se ha adueñado de ella"? Según esa lógica, España y Reino Unido ya son países islámicos. ¿Ha sido una manifestación de la "islamofobia" desenfrenada que encuentra diferentes objetivos en cada país pero es, en definitiva, el mismo veneno bajo la piel? ¿O no ha sido más que un pueblo angustiado que ha gritado que "este cambio en nuestras sociedades ha llegado con tal rapidez que no sabemos cómo va a terminar"?

Sarkozy escribe de forma despreocupada que la votación no tiene nada que ver con poner en tela de juicio la libertad religiosa, pero luego prácticamente se contradice al decir que "uno no respeta a la gente cuando la obliga a practicar su religión en cuevas o en hangares". Dejemos una cosa clara: esta votación ha estado mal, tanto por principio como desde el punto de vista político. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos seguramente llegaría a la conclusión de que viola el principio de la libertad religiosa, tal como lo interpretamos en la Europa del siglo XXI. La libertad religiosa no puede consistir en decir "nosotros, cristianos y judíos, tenemos nuestras iglesias y sinagogas, pero vosotros, musulmanes, no podéis tener vuestras mezquitas. Vuestra religión es tolerable sólo mientras la practiquen personas adultas y en privado". Eso es hacer retroceder el reloj de la tolerancia religiosa 300 años, hasta una época en la que ni siquiera podían practicar en público los protestantes en la Francia católica. Por supuesto, es preciso res

-petar las normas urbanísticas y el paisaje local. El tacto arquitectónico y la innovación sincrética son dos cosas deseables que han dado ejemplos brillantes como los nuevos edificios del Centro de Estudios Islámicos de Oxford y el Centro Cultural Islámico de Boston. Pero este referéndum no era sobre urbanismo.

Algunos replican que muchos países islámicos no dejan construir iglesias a los cristianos, de modo que, ¿por qué van a dejar los países europeos que los musulmanes erijan minaretes? Este argumento está completamente vuelto del revés. Es como decir: Estados Unidos tiene pena de muerte, así que ¿por qué no va a condenar Italia a Amanda Knox a morir en la silla eléctrica? O Arabia Saudí lapida a las mujeres que cometen adulterio, así que ¿por qué no vamos a torturar a los hombres árabes? En muchos países de mayoría musulmana, existe una intolerancia religiosa generalizada hacia los cristianos, judíos y otros grupos religiosos (bahaítas, la comunidad ahmadía, etcétera), para no hablar de los ateos, pero sólo podemos criticar esa intolerancia con razón si practicamos en casa los principios universales que predicamos en otros países. Como dijo alguien en una ocasión, haz lo que quieras que te hagan a ti.

La decisión de prohibir los minaretes no es un error porque no haya problemas con los musulmanes en Europa; es un error por los muchos problemas que hay con los musulmanes en Europa. Tenemos que decidir cuáles son importantes y cuáles son secundarios.

En el lado musulmán, por ejemplo, están el problema del extremismo radical y otro, diferente, que es el del conservadurismo reaccionario (es decir, entre otras cosas, el trato que reciben las mujeres en algunas comunidades musulmanas conservadoras). En el lado no musulmán, está, por ejemplo, el problema de la gente que relaciona sus preocupaciones sobre los terroristas, los inmigrantes, los refugiados, el desempleo y el crimen, las pone todas juntas en un mismo paquete y le coloca la etiqueta de "islam". Lo peor que podría ocurrir es una polarización en torno a cuestiones puramente simbólicas, con un lado, formado casi exclusivamente por no musulmanes, que grite "¡Islam!" y el otro, formado casi exclusivamente por musulmanes, que responda "¡Islamofobia!".

Suiza nos muestra el peligro que tiene dejarse caer en una guerra de culturas, una Kulturkampf, que ni siquiera aborda la esencia del problema. Porque la esencia del problema no es islam frente a anti-islam, minaretes o pañuelos, sino las cosas que son fundamentales para tener una sociedad libre: libertad de expresión, derechos humanos, seguridad personal contra el terrorismo, el crimen y el poder arbitrario del Estado, igualdad ante la ley de hombres y mujeres, ricos y pobres, creyentes de cualquier religión y ateos, escuelas en las que niños de todas las procedencias aprendan y asimilen las normas y los valores de un país libre, independientemente de lo que les enseñen o dejen de enseñar en sus casas.

También Reino Unido debe tener cuidado ante el peligro suizo de caer en una Kulturkampf sobre aspectos secundarios y simbólicos. Que una mezquita tenga minarete debería ser un tema de estudio para la comisión de urbanismo local. Lo que una mujer adulta lleve puesto debería ser decisión suya (las excepciones obvias, por ejemplo en algunos lugares de trabajo, no hacen más que confirmar la regla). Que se prohíba a un predicador o una organización no puede convertirse en un caso de referencia para la situación general de los musulmanes en Reino Unido.

Los conservadores de David Cameron tendrán que vigilar que su programa, con la seguridad como asunto prioritario, no haga retroceder la causa general de la integración en libertad. Para ello, las escuelas son cruciales. Cameron quedó en ridículo hace un par de semanas porque se equivocó al hablar de la financiación oficial para una escuela de confesión islámica. Pero el debate surgió en torno a una pregunta demasiado concreta: ¿estaba promoviendo esa escuela el extremismo al tiempo que recibía dinero que le daba el Gobierno precisamente para impedirlo? La pregunta que hay que hacer sobre las escuelas, más amplia, es: ¿están enseñando la lengua, la historia, las enseñanzas cívicas y los valores que permitan a sus alumnos ser ciudadanos de pleno derecho de un país libre? Una consecuencia inesperada del énfasis conservador en el localismo y en que las escuelas tengan más autonomía es que quizá sea más difícil garantizarlo. Si un país desea una integración cívica, necesita unos programas, unas normas y unos criterios de inspección de ámbito nacional.

No todos los musulmanes serán capaces de apoyar constantemente estos principios mínimos de una sociedad libre y moderna. Existe una tensión genuina entre algunos de esos principios (por ejemplo, la igualdad de derechos y la dignidad de los homosexuales) y lo que suele enseñarse en las comunidades musulmanas conservadoras, incluso las más moderadas. Pero la mayoría de los musulmanes europeos, la mayor parte del tiempo, estará de acuerdo con casi todos esos principios. No debemos dejar que unos rifirrafes simbólicos sobre minaretes o pañuelos oculten las batallas que son verdaderamente importantes.

Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos, ocupa la cátedra Isaiah Berlin en St. Antony's College, Oxford, y es profesor titular de la Hoover Institution, Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 2009