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COLUMNA

La voz

Indro Montanelli, uno de los grandes periodistas del siglo XX, fundó en 1974 el diario Il Giornale porque no soportaba la doctrina seudoprogresista que dispensaba su periódico de toda la vida, el Corriere della Sera. Il Giornale fue vendido en 1977 a un promotor inmobiliario llamado Silvio Berlusconi. En 1993, cuando Berlusconi, ya magnate de la televisión, proclamó su vocación política, Montanelli dejó Il Giornale y fundó La Voce, un diario efímero (1993-1994) que, por honesto y antiberlusconiano, podía parecer de izquierdas. Luego regresó al Corriere, donde siguió hablando hasta su muerte en 2001, a los 92 años.

Montanelli fue la voz de Italia. Se podía estar de acuerdo con él o totalmente en desacuerdo, pero ése era un asunto secundario. La realidad es un magma inquieto e incomprensible: para ser tolerable requiere el filtro de una fe, sea religión, sea doctrina política, o, en el sentido más civil, de una voz, es decir, de un relato. Montanelli escribió libros estupendos sobre la historia de Italia; su relato, el que guió a sus conciudadanos (a favor o en contra), se hizo sin embargo día a día, hablando en concreto de cuestiones concretas. No hacía falta leerle, igual que no hace falta buscar información para que le lleguen a uno las grandes noticias: su voz se filtraba hasta el mercado, la oficina, la barra del bar.

Si los periódicos deben morir, que mueran, pero hay que defender el periodismo porque nos da un relato sobre nosotros mismos

La cuestión de la voz es importante.

No hablo de las voces hegemónicas del siglo XIX (Dickens, Hugo, Zola) ni de las voces literarias que, de alguna forma, siguen trazando opciones en la metarrealidad. Hablo de la antigua función de la prensa, en su sentido más noble. Creo que la industria, antiguamente un entramado bastante simple de intereses políticos, vanidades personales, dinero (poco) y vaga voluntad de servicio público, contribuía a pulir las voces individuales de quienes escribían en los papeles.

La industria, ahora, corre en desbandada. Aunque las voces siguen sonando, se han visto obligadas a refugiarse en el terreno de la opinión. Y la opinión (la columna) no conduce a la realidad, sino a la metarrealidad. Los hechos se ven cada vez más lejanos. El autor no participa de ellos, sino de su interpretación. Para entendernos, el periodista opinador se parece más a un participante en el concilio de Trento que a un apóstol judío del primer siglo.

Los miércoles se reúne a comer un grupo llamado La Lamentable Peña. De sus miembros citaré sólo dos periodistas eximios, José Martí Gómez y Joan de Sagarra. Conozco pocos placeres intelectuales más satisfactorios que oírles hablar de personas y hechos concretos. Siguen trabajando (la sábana de Joan de Sagarra en La Vanguardia es una devoción muy extendida), pero añoro los tiempos en que uno hacía crónica de sucesos y el otro crítica teatral: el trasfondo esencial de la vida se digiere mejor en píldoras de realidad.

No faltan voces. Por hablar de la competencia: Monzó, Pàmies, Sostres (quizá la honestidad más obscena del sector) y otros. La crisis de la industria afecta, sin embargo, a las voces que no se encaraman al campanario. La voz del cronista local, la voz del reportero, la voz de quienes antes, integrados en un taller de formación continua llamado redacción, se impregnaban de una cierta disciplina obrera y se abrazaban a su ámbito profesional para empujar la Historia con la fuerza de los hechos.

Tampoco faltan periodistas jóvenes. El problema, en una época de transición, consiste en que algunos de esos periodistas jóvenes se desvanecen por falta de soporte industrial; otros se ven obligados a predicar en solitario desde un blog; algunos, los menos, llegan al mando o al púlpito cuando apenas están descubriendo cómo funciona el oficio y cómo funciona la vida. Mientras, las prejubilaciones y las políticas de austeridad eliminan la antigua casta de los maestros del taller.

No se trata de defender los periódicos. Si tienen que morir, que mueran. Hay que defender el periodismo, en cualquier forma que adopte, porque nos proporciona un relato sobre nosotros mismos. El periodismo nos ayuda a entender qué somos y dónde estamos. Las voces nos hacen falta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de noviembre de 2009