66º Mostra de VeneciaColumna
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Los 'jedis' se cuelan en el Ejército de EE UU

La Sección Oficial de la Mostra contiene abusivamente 24 películas. Fuera de sus países de origen, es muy complicado que se estrenen comercialmente en otros lugares más de seis o siete, ya que incluso los distribuidores y exhibidores con mayor vocación experimental y vanguardista tienen la extraña manía de no querer perder dinero, de estrenar productos que puedan amortizar mínimamente, que tengan algún interés para los espectadores que pagan la entrada. Una cuestión es los comentarios crípticamente elogiosos que puedan hacer cuatro espíritus cultivados y rigurosos cuando estas películas se proyectan en los festivales, y otra muy distinta que el público normal constate por sí mismo lo que suponen estas insufribles y pretenciosas naderías. Si el cronista, además de tener la obligación de ver todo el cine a concurso, pretende aliviarse con títulos que pueden tener verdadero interés y que se proyectan en secciones paralelas, es fácil que se vuelva loco intentando compaginar los horarios. Pero esta Mostra no sólo mantiene una irritante ceguera a la hora de seleccionar tanta memez a competición, sino que se permite el lujo de retrasar algunas proyecciones y este caos organizativo lo paga nuestro lamentable estado de nervios. Hasta el momento la proyección de dos películas se ha demorado una hora y en otro caso hasta 30 minutos. También se ha dado la esperpéntica circunstancia en algunas ocasiones de que habían desaparecido los subtítulos en italiano o que éstos se anticipaban o se retrasaban dos minutos a lo que los personajes están hablando en la pantalla. Es complicado hacerlo peor a variados niveles que en esta desgraciada Mostra.

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The men who stare at goats al menos ofrece el cebo de ver actuar juntos a actores tan atrayentes como Jeff Bridges, Kevin Spacey y George Clooney. Dirigida por Grant Heslow, un antiguo y asiduo colaborador en los proyectos de Clooney, cuenta la disparatada historia de una secta con poderes paranormales e idénticos atributos que los caballeros jedis de la saga galáctica que se infiltran en las unidades de élite del Ejército estadounidense. Por supuesto en medio de tanto guerrero noble al servicio del bien también existe la fuerza oscura y el reverso tenebroso. En el desarrollo de idea tan hilarante hay gags con notable gracia como el delirante colocón colectivo que pilla una unidad del Ejército en la guerra de Irak a la que han colocado montañas de ácido lisérgico en el agua que beben, pero también desfallecimiento narrativo, acumulación de chistes con dudosa efectividad. Observar lo bien que se lo pasan actores tan notables haciendo el ganso consigue entretenerte y en varios momentos arrancarte la risa, algo que se agradece enormemente en la seriedad forzada de los festivales.

La israelí Líbano, dirigida por Samuel Maoz, también habla de la guerra, pero aquí no hay ningún motivo para reírse. Muestra la angustia de cuatro soldados judíos que permanecen dentro de un tanque durante la guerra del Líbano. La acción se desarrolla enteramente en ese espacio claustrofóbico y al igual que los protagonistas sólo podemos contemplar el horror del exterior a través de la mirilla del tanque. Hacer apasionante esta trama dentro de un único escenario sólo estaría al alcance de un genio de la imagen como Hitchcock, y Samuel Maoz no posee esa condición. Su idea es original pero acabas saturado de tanta claustrofobia.

Francesca Comencini, directora de El espacio blanco, es hija del gran Luigi Comencini, aunque no ha heredado el talento de su padre para narrar historias. El retrato que hace de la crisis de identidad y el miedo al futuro de una mujer que ha tenido una criatura seismesina es tan moroso como reiterativo. La actriz Margherita Buy intenta aportar matices e intensidad a su atormentado personaje. Es probable que el jurado se acuerde de su trabajo a la hora de otorgar los premios.Es complicado hacerlo peor que en este desgraciado certamen

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 09 de septiembre de 2009.