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Reportaje:Alerta sanitaria

El estigma de Blanca Esther

La familia de una mujer fallecida por la gripe en México siente el rechazo de sus vecinos por miedo al contagio - Critican la falta de información oficial

La maestra Blanca Esther tenía 38 años, un hijo de cinco, una niña de tres y un embarazo que ya iba por el séptimo mes cuando empezó a sentirse mal. Fue al hospital de Tlaxcala y la ingresaron. Dos semanas después, y en vista de que su estado se iba complicando, los doctores decidieron provocarle el parto. El pasado lunes 27 de abril, Blanca Esther tuvo una niña y cumplió 39 años. Los caprichos del azar quisieron que madre e hija compartieran la misma fecha de nacimiento. Y nada más. Dos días después, sin tiempo apenas para acariciar a su hija, la maestra murió.

Según el acta de defunción que firmó su esposo, Blanca Esther falleció por "neumonía de focos múltiples". Su familia veló su cuerpo durante dos largas noches en el salón de su casa llena de gente y luego le dio sepultura. Nada más regresar del camposanto, sonó el teléfono. La voz de una vecina trajo la noticia: "José Pedro, dicen en el barrio que tu mujer murió de la influenza".

"Sólo ha venido un médico a darnos Tamiflú", se queja la señora Carmen

Los saludos de la gente se han vuelto ahora apresurados y distantes

Los forenses cogieron muestras del cadáver de la maestra muerta

El viudo pasa el día junto a la incubadora donde tienen a su hija

A la casa de Blanca Esther -en la población de San Buenaventura, municipio de Papalotla, estado de Tlaxcala- se llega por un paseo de cipreses oscuros como una premonición. Una muchacha que vende dulces y refrescos indica con una sonrisa: "Es allí, donde el moño negro. No hay pérdida". La puerta de hierro está cerrada. Las ventanas también. Al cabo de unos segundos, se asoma una mujer de unos 60 años. Lanza al forastero dos preguntas que suenan a enfado, a reproche y amenaza.

- ¿Quién es usted? ¡No será usted del Gobierno...!

-No, señora.

Dentro, aún siguen frescas las flores que rodean el hueco donde estuvo el ataúd. Y los hachones que alumbraron los restos de Blanca Esther continúan encendidos. Los niños de la maestra juegan al escondite y se acercan sonrientes a mirar quién es el desconocido. Su abuela, más tranquila, les pide que saluden con un beso y ellos lo hacen obedientes. "Discúlpeme usted el recibimiento", dice la señora Carmen, "mi hijo todavía está en el hospital". José Pedro pasa varias horas todos los días junto a la incubadora de una hija que al nacer sólo pesó un kilo y 200 gramos. Luego regresa a la casa con un enfado de mil demonios y la emprende contra el Gobierno por decir que su mujer murió de influenza: "Los médicos siempre estuvieron pendientes de mi esposa. Todas las acciones que iban a tomar me las consultaban. Y nunca mencionaron la influenza. Yo no me creo que a mi mujer la matara el virus. Así que mejor será que el Gobierno se busque a otra familia para armar sus chistecitos...".

Después de aquella llamada en la que una vecina les informaba de los chismes que corrían por el pueblo, llegaron otras. No tan amables. Eran de vecinos que habían asistido al velatorio y que reprochaban a José Pedro y a la abuela Carmen por no haberles informado de que Blanca Esther había muerto por influenza. Temían haber contraído la enfermedad. "¡Pero si no lo sabíamos!", respondían ellos impotentes, "¡pero si no nos han dicho nada, pero si ella no murió de...!".

No mentían. Desde que la profesora murió, y eso ocurrió el miércoles pasado, hasta ahora, ninguna autoridad -ni del Gobierno estatal ni tampoco del federal- se ha dirigido a la familia para ofrecerle información o consuelo. "Sólo vino un médico del hospital de Tlaxcala", explica Carmen, "y nos dejó unas dosis de Tamiflu para que nos las fuéramos tomando por si acaso. Se lo agradecimos, aunque nosotros seguimos convencidos de que a ella no la mató el virus".

Tan convencidos están que las ocho personas que siguen viviendo en la casa, entre ellos los niños de Blanca Esther y una hermana de José Pedro embarazada de cuatro meses, van y vienen sin mascarillas, sin miedo y casi sin... pena. Porque ni el miedo ni la pena son capaces de abrirse paso entre la indignación que los embarga a todos. La abuela Carmen está convencida de que el brote de influenza es un invento del Gobierno quién sabe para qué: "Hace años se inventaron lo del Chupacabras y ahora se les ocurre esto para tenernos entretenidos. Porque, mire usted: si fuese verdad que mi nuera hubiese muerto de influenza, ¿cómo no han venido a curarnos a nosotros, cómo no han cerrado la calle, cómo dejan que su marido -que la bañó, la besó, la acarició durante sus últimos días- vaya y venga por ahí, sin mascarilla, cómo dejan que él acune a su bebé durante horas...?".

Tal vez hubiese bastado una explicación. Que alguien del Gobierno le hubiese contado a la familia de Blanca Esther que, tras su fallecimiento, unas muestras de sus restos se mandaron a analizar y que el resultado fue positivo al virus de la influenza. De la misma forma que ocurrió con otros casos. De hecho, el Gobierno elevó ayer la cifra de fallecidos hasta los 26. Eso no quiere decir que hayan muerto en las últimas horas sino que es ahora cuando se van conociendo los resultados de los análisis. Pero para que la familia de Blanca Esther crea eso también se necesita una explicación convincente y a tiempo. Unas palabras de aliento. Un bastón para ayudar a reemprender un camino tan difícil. Que el lugar de la pena no lo tenga que usurpar la indignación...

Desde la ventana se ve la calle desierta. Carmen y su hijo José Pedro sienten el vacío de la gente, los saludos que antes eran cariñosos y que ahora son apresurados y distantes. Desconfían de cualquiera que se acerque a ellos con una mascarilla puesta. Hasta tal punto que lo consideran una ofensa. En un momento de la conversación, la señora le confía al reportero: "Si usted hubiese venido con la cara tapada, no lo habría dejado entrar".

"No estamos infectados"

Los que viven en esta casa sufren en sus carnes el miedo de la gente. El peso del estigma. "¿Qué va a pasar ahora?", se pregunta una y otra vez la abuela sin esperar respuesta, "¿qué le van a decir los otros niños -con lo crueles que son a veces los críos- a mis nietos cuando regresen al colegio? ¿Por qué el Gobierno no les dice a las otras madres que no estamos infectados, que no somos peligrosos, que no nos hagan el vacío? Mi hijo José Pedro es chófer, pero está en paro. ¿Quién se va a atrever a contratarlo?".

A los dos hijos de Blanca Esther ya les han dicho que su madre se fue al cielo, que se la llevó Dios. Algunas noches, el mayor, de cinco años, se subleva contra los caprichos del maldito azar: "Diosito, ¿por qué te llevaste a mi mamita? Regrésamela. Llévate a otra...". Y es entonces y a esas horas -el olor rancio de las flores, las velas que se apagan- cuando la pena se abre paso y encuentra su lugar en la casa donde vivió la maestra Blanca Esther. Al final del paseo de los cipreses. No tiene pérdida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 2009