Columna
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La culpa del fotógrafo

Si Francisco Correa, vestido de chaqué y andando presuroso por uno de los patios del real monasterio de El Escorial, aparece en la foto que suele ilustrar las informaciones sobre su controvertida actividad no es porque los diarios pretendan rememorar la boda de Ana Aznar con Alejandro Agag en la que fue testigo el presunto cabecilla de una trama de corrupción, sino porque la actuación discreta de éste, como buen urdidor de maniobras ocultas, ha evitado que los archivos de prensa puedan contar con otros perfiles suyos. Pero es inevitable que el lector, al ver repetidamente la instantánea, se pregunte por la relación del supuesto delincuente con el novio de la novia, no ya porque uno tenga responsabilidad alguna en las derivas mercantiles de los invitados a su boda o a las de su familia, pese a los refranes castizos que condenan a la gente por sus compañías en la más rancia tradición católica, sino por la costumbre arraigada de elegir como testigos de tu boda a tus más íntimos amigos. Podría ocurrir, no obstante, que Correa no fuera tan íntimo de Agag como pueda suponerse y que los motivos para su personal y legítima decisión de hacerlo fedatario de su enlace respondieran a razones de otra índole que no tuvieran nada que ver con su privacidad. Ahora bien: cuando se le ha preguntado al yerno del ex presidente del Gobierno por el desdichado destino de su amigo Correa, más que emplearse en explicaciones que pudieran erradicar innecesarias sospechas, se ha confesado sordo. Cuesta entender que con tal voluntaria obstrucción auditiva pretenda proteger a su amigo en horas de tribulación, si tiene argumentos para su defensa, pero más incomprensible resulta que no haya marcado distancias con quien pudiera haber abusado de su estrecha relación con él, en caso de que en efecto tal abuso se hubiera producido. Y extraña igualmente que, por lo que afecta a él y a su familia, el suegro de Agag, tan locuaz en la opinión sobre todo lo divino y lo humano, y a quien tanto se le da el desdén con los demás, no haya tratado de separar la foto de Correa del álbum familiar de sus celebraciones privadas ni haya hablado en el extranjero del apogeo de la corrupción en España. Bien es verdad que de haber sido privado el festejo de la boda de su hija, sin incurrir en la ridiculez de la boda de Estado que no le correspondía, no habría ahora foto de Correa que relacionar con sus asuntos familiares. Pero tal vez la boda, cerca de las urnas funerarias de los reyes, deba la desmesura de su boato no a un pretendido realce personal y familiar, sino a una voluntad de servicio: la promoción televisiva del patrimonio nacional y la conversión del espacio escurialense de los funerales regios en un lugar de alegres nupcias.

La foto de Francisco Correa en la boda de El Escorial es un acto de justicia histórica

Lo que pasa es que con las noticias recientes -un organizador entusiasta de la boda imputado en el caso Correa, mudo ante el juez- la foto del ahora recluso, camino de la real basílica, cobra de nuevo vigencia. Y será de justicia, digo yo, reconocer el mérito que en el éxito de la boda de la hija de la concejal de Madrid, Ana Botella, hayan tenido tanto el diputado madrileño Alfonso Bosch, que al parecer se desvivió desde su Concejalía de Urbanismo de El Escorial (y ya es casualidad que el urbanismo, tan demonizado, fuera lo suyo), como, por ejemplo, Álvaro Pérez, "amiguito del alma" de Francisco Camps, según la propia terminología del presidente valenciano, que trabajaba para Correa y empleó su experiencia organizativa en la gran boda. Así que desvincular la foto de Francisco Correa del acontecimiento nupcial es cada vez más difícil: constituiría un acto de ingratitud para un hombre cuya sombra protectora se proyectaba sobre muchos de los más entregados colaboradores al brillo del acto. Es el caso de Alberto López Viejo, también imputado, que siendo concejal de limpieza de Álvarez del Manzano cortó una calle de la capital para que la despedida de solteros no se viera obstaculizada por la ciudadanía que se mueve. Y no fue ajeno a Correa el alma coordinadora de las solemnes nupcias, Antonio Cámara, al que cuando dejó de ser secretario personal del padre de la novia le dio trabajo el hombre emprendedor y agradecido que debe ser Correa, y que, si no organizó el evento, puso a su disposición muchos de sus muchos medios, junto a otros medios públicos.

La foto de Correa en la boda de El Escorial es, pues, un acto de justicia histórica. Pero, de acuerdo con la lógica con que en el PP se suelen ver estas cosas, que es como las ve la presidenta Aguirre, tal vez se esté buscando ya al autor de la foto para llevarlo a los tribunales. El caso Correa puede que acabe siendo el caso del fotógrafo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0004, 04 de mayo de 2009.