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Crónica:IDA Y VUELTA

Paraíso botánico

El Jardín Botánico es el corazón ilustrado y muchas veces secreto de Madrid. Algunas mañanas, sobre todo en invierno, cuando hay colas y remolinos de turistas en las entradas del Prado, a la puerta del Botánico no hay casi nadie, y uno tiene los senderos y los laberintos del jardín a su entera disposición, compartiéndolos sólo con algún jardinero ocupado en lo suyo o con esos gatos llenos de magnificencia que se tienden augustamente al sol sobre un banco de piedra. El tráfico ruge muy cerca, pero no cuesta nada olvidarse de él, y quedarse perdido en las propias ensoñaciones o en la observación de las plantas, los árboles gigantes traídos desde los bosques lejanos del mundo, las opulentas hortalizas, las hierbas modestas que se pueden ver también en cualquier descampado, pero que aquí ostentan el título de nobleza de su nombre en latín.

Junto a la negrura de los aguafuertes de Goya está la belleza delicada y precisa de esas láminas botánicas de la expedición de Mutis

El Botánico es un bosque civilizado y una enciclopedia orgánica; una exposición permanente que sin embargo está cambiando siempre; un lugar tan propicio para el estudio como para la curiosidad y la haraganería. Visitándolo una mañana de frío y sol después de una nevada, me di cuenta de que el invierno es la estación del dibujo: los colores no existen o se han amortiguado mucho, la ausencia de hojas y la limpieza de la luz resaltan como un fondo de papel blanco las líneas desnudas, las curvas firmes y sobrias y las filigranas más delgadas de las ramas, que requerirían para ser dibujadas toda la variedad de los pinceles de la caligrafía japonesa. El invierno pasado, en el Botánico de Madrid y luego en Central Park, comprendí la exactitud poética de los mejores paisajes de Andrew Wyeth, que acababa de morirse, y que si cuando hacía retratos era propenso a veces a un sentimentalismo anecdótico lindando con Norman Rockwell, cuando dibujaba o hacía acuarelas o pintaba una pradera en una mañana de helada estaba desvelando esa parte singular de verdad que nadie más ha visto y que hace memorable a un artista. En el Botánico, según termina el invierno, uno se concede a sí mismo el título de inspector de indicios del cambio de las estaciones, y a cada nueva visita va añadiendo un matiz de color, al principio contra un fondo sobrio de vegetación en suspenso, el amarillo heroico de las flores de las mimosas, la pincelada violeta de la flor de romero, el verde claro y mínimo de unos brotes tempranos en las ramas todavía desnudas de algunos castaños. El paseo perezoso al solecillo de la mañana por los senderos rectos de un jardín es a la vez, y sin ningún esfuerzo suplementario, una expedición aventurera en busca de especímenes que sólo pueden encontrarse en bosques de cordilleras remotas: sobrecoge levantar la mirada queriendo abarcar la altura de una sequoia gigante o de un pino llorón del Himalaya, pero admira más aún imaginarse a los naturalistas intrépidos que viajaron hace dos siglos para traer aquí las semillas o los brotes de esos árboles. La historia natural es un antídoto saludable de los desastres y las idioteces y las crueldades sin nombre de la historia política. En plazas innumerables de ciudades hay estatuas, ecuestres o no, de matarifes y de dementes, de impostores, de ladrones, de parásitos, de canallas, de fanáticos congelados en aspavientos de bronce: las estatuas del Botánico honran a hombres sabios que dedicaron sus vidas a la tarea provechosa y tranquila de estudiar las plantas, y uno de sus monumentos más conmovedores es también el más reciente, un delgado abedul que se plantó hace dos años en una zona umbría para conmemorar el segundo centenario del nacimiento de Linneo, que ideó el sistema prodigioso de clasificación y nomenclatura del reino vegetal.

Con Linneo mantuvo correspondencia el ilustrado español José Celestino Mutis, que fue investigado por la Inquisición por favorecer el estudio de los sistemas de Copérnico y Newton y promovió la desaforada Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada, recorriendo los territorios de lo que más tarde se llamaría Colombia a lo largo del río Magdalena, en una aventura de la que nadie sabe nada pero que tendría, si se contara, un aliento más novelesco que las crónicas de los conquistadores y los desvaríos verbosos del llamado realismo mágico. El único oro que buscaba Mutis era el del conocimiento, y algunos de los tesoros que fueron encontrados gracias a él pueden verse ahora en el pabellón Villanueva del Botánico, en una coincidencia que no sé si será casual con la inauguración espectacular de la primavera. Estamos acostumbrados a ver la historia de España de finales del XVIII y principios del XIX en los términos sombríos retratados por Goya, en los monstruos de los Caprichos y Los desastres de la guerra. Sólo a unos pasos del Botánico, en algunas salas del Prado, la historia es un desvarío sanguinario de hombres con navajas asaltando a jinetes armados o un espanto de ejecuciones nocturnas a la luz de un fanal, y después el regreso de un monarca bárbaro que restablece la Inquisición y reina sobre un país sumergido en la miseria espectral de las pinturas negras. Y sin embargo otra España ha podido existir, o existía y no era visible y no es recordada: junto a la negrura de los aguafuertes de Goya está la belleza delicada y precisa de esas láminas botánicas de la expedición de Mutis; junto al Madrid de las pompas eclesiásticas y los autos de fe y las atroces máscaras de carnaval también está el de los naturalistas que ordenaban con tranquilidad documentos y especímenes, los jardineros que cuidaban las plantas traídas con tanto sacrificio del otro lado del mar, toda la conspiración de personas sensatas que ha sido necesaria para que este lugar exista y yo esté paseándome por él. En las salas de la exposición hay un viaje al siglo XVIII, con su pasión por los dibujos de plantas y sus vitrinas de flores disecadas, pero a la intemperie del jardín el reino austero del dibujo ha sido desbaratado por la irrupción de los colores, y ahora haría falta la ebriedad cromática del Monet tardío o de Pierre Bonnard para dar cuenta de lo que está sucediendo, y tal vez también la desmesura fantástica del Aduanero Rousseau: el amarillo de los narcisos, los tulipanes, la retama; el rosa carnal de las camelias y de las flores de rododendro; los géiseres blancos de las ramas de los cerezos, el blanco con matices rosados de las flores de los manzanos y de los membrillos; el morado de las glicinias y las lilas. En los canteros de huerta aprecio lo que fue familiar y no supe ver hace muchos años: los jugosos tallos blancos y las hojas de reluciente verde claro de las acelgas, la mancha negra en la basa de las flores de las habas. Comprendo con melancolía los límites de las palabras para nombrar las cosas y echo de menos el talento del dibujo. Cerca de mí un hombre aguarda algo, inmóvil, apuntando hacia una espesura en penumbra una cámara con teleobjetivo. Voy a hablarle y me pide silencio con un gesto: como un naturalista en una jungla está espiando a un pájaro. -

Mutis al natural. Ciencia y arte en el Nuevo Reino de Granada. Pabellón Villanueva. Jardín Botánico. Madrid. Hasta el 24 de mayo. www.rjb.csic.es/

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de abril de 2009