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Tribuna:ANÁLISIS

Médicos e industria: a cada cual, lo suyo

Ni los más conspicuos detractores de la industria farmacéutica renunciarían a una medicación eficaz frente a un problema de salud importante. La iniciativa empresarial de los laboratorios nos ha proporcionado una enorme cantidad de posibilidades de intervención. Y el motor de esas iniciativas ha sido básicamente el ánimo de lucro.

En su libro La riqueza de las naciones, Adam Smith considera el propio interés de los agentes económicos como principal estímulo del progreso. Y esta característica ha marcado a fuego la historia de la humanidad desde el inicio del comercio. Para bien y para mal. Como el panadero de Adam Smith, se supone que la industria farmacéutica venderá más si sus productos son mejores y más baratos que los de la competencia. Como sabemos, los efectos indeseables del mercado real pueden ser notables, por lo que, a falta de una alternativa mejor, corresponde a los Estados la responsabilidad de salvaguardar los derechos comunes y de minimizar los problemas generados por los intereses particulares.

Los laboratorios influyen en los contenidos de las políticas y las actividades asistenciales

En EE UU, donde se ha producido una drástica intervención del Estado para paliar los últimos desaguisados, se ha intentado promulgar la Physician Payments Sunshine Act, aunque sin éxito todavía. Esta propuesta de ley pretende arrojar luz sobre la relación entre los médicos y la industria, una situación que según sus promotores contribuye sensiblemente al elevado coste de la sanidad. Pero no sólo tiene impacto económico: cada vez son más notorios los efectos adversos sobre la salud atribuible al consumo de medicamentos.

La naturaleza, amplitud y consecuencias de las relaciones entre los clínicos y la industria son objeto de enconados debates. Cerca del 95% de los médicos norteamericanos mantiene alguna relación con los laboratorios, siendo la más frecuente aceptar alimentos y bebidas en reuniones de trabajo, seguida de la aceptación de muestras de medicamentos. Más de un tercio declara recibir ayudas económicas para asistir a reuniones profesionales o actividades de formación, y una cuarta parte recibe honorarios como consultor, ponente o por enrolar pacientes en ensayos clínicos.

A pesar de que la mayoría de los clínicos consultados niegan con vehemencia que las relaciones con la industria distorsionen sus prescripciones, no están tan convencidos de que a sus colegas les ocurra lo mismo. En España, el consumo de medicamentos es manifiestamente mejorable. El despilfarro debido a medicamentos que no sólo no se consumen sino que a menudo se tiran sin siquiera abrir el envase se estima en más del 1,5% del total de gasto farmacéutico. A pesar de las campañas de información y de sensibilización y de las regulaciones legales para mejorar el uso de los fármacos, poco se ha conseguido para racionalizar su uso.

La responsabilidad de la industria es obvia. Mediante enérgicas campañas de publicidad directa e indirecta y gracias a inteligentes estrategias de penetración en el sistema sanitario determina en buena parte los contenidos de las políticas y las actividades asistenciales. En cierta forma optan por el camino más fácil. Esto comporta que muchas de las innovaciones terapéuticas aportan pocas ventajas; seguramente porque cada vez es más difícil dar con las soluciones a los problemas pendientes, pero quizá también porque se destinan menos recursos a buscar innovaciones relevantes, más incierta y arriesgada.

Y en este punto aparece la responsabilidad de las administraciones sanitarias, las entidades proveedoras y los profesionales, todos ellos cómplices necesarios y no siempre inocentes. Si esta cooperación no se basa en la independencia, se convierte en un vehículo del consumismo que no ayuda precisamente al progreso real.

Tanto las sociedades profesionales como las asociaciones de pacientes reciben apoyo de la industria, en muchos casos decisivo para su supervivencia. Y la mayoría de centros asistenciales atienden a los representantes de los laboratorios que a menudo patrocinan actividades formativas. No es tampoco rara la vinculación de algunos profesionales en proyectos de investigación financiados por la industria.

Ante las críticas recibidas, algunos hospitales de EE UU han empezado a declarar voluntariamente las relaciones que sus profesionales y allegados mantienen con la industria farmacéutica como en el caso de la Cleveland Clinic. Esta transparencia, aunque no resuelve el problema de la independencia, por lo menos ayuda a orientarse. Es un primer paso para aclarar la responsabilidad de todos los agentes implicados y tal vez un estímulo para construir un nuevo tipo de relaciones entre el sistema sanitario y la industria farmacéutica.

El Colegio de Médicos de Inglaterra acaba de publicar un informe que contiene 42 recomendaciones para mejorar las relaciones entre los médicos y la industria. Y las reacciones no se han hecho esperar. Bajo el título Médicos, pacientes y la industria farmacéutica: colaboradores, amigos o enemigos, el British Medical Journal recoge los comentarios de cinco eminentes profesionales, entre los que destaca el de Marcia Angell, que fue directora de la revista New England, que afirma: "Dados los intereses de la industria, de la medicina y de los pacientes (...) es el momento que la profesión médica asuma su plena responsabilidad de formar a los prescriptores en lugar de abdicar en la industria".

Como evoca el título de la deliciosa novela negra de Sciacia, a cada cual, lo suyo.

Andreu Segura es profesor asociado de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y responsable de Salud Pública del Instituto de Estudios de la Salud. andreu.segura@upf.edu

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 2009