Columna
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Abrazar al panda

Durante los últimos años, el debate en torno a China ha estado polarizado entre los que consideran que China es un inofensivo oso panda y los que piensan que es un amenazador dragón. Para los primeros, el ascenso de China es lógico e inevitable, por lo que proponen aprovechar el tiempo disponible para comprometer a Pekín en esa tupida red de compromisos e interdependencias que llamamos multilateralismo. Para los segundos, China construye sigilosamente un enorme poder económico y militar con el objetivo de superar a Estados Unidos como potencia mundial y dominar todo Asia-Pacífico. Por ello, unos predican la necesidad de ser amables, mientras que otros proponen ser firmes y vigilar atentamente sus movimientos.

El Gobierno español evita irritar a Pekín mientras dos jueces encausan al Ejecutivo chino

Aunque estos primeros sean denostados como "abraza pandas", no hay nada de lo que avergonzarse en una política consistente en socializar a China a fondo. Al fin y al cabo, este supuesto insulto se inspira en la expresión "abraza árboles", usada por primera vez para describir al movimiento de los Chipko Undula en India, que, literalmente, se abrazaban a los árboles para evitar que éstos fueran cortados. China ha demostrado con creces (y más en lo que llevamos de crisis financiera global) que quiere ser un socio responsable; otra cosa es que, naturalmente, defienda sus propios intereses, no los nuestros. Además, no deja de ser cierto que la histeria antichina tenía un foco muy localizado en el ardor guerrero de muchos neocon a los que parecía que el islamismo y Bin Laden se les estaba agotando como enemigo.

Afortunadamente, los vulcanos, como se describe a aquellos que piensan que el orden mundial se fragua a sangre y fuego, están en retirada. Como, además, Estados Unidos está en fase de humildad multilateral, las perspectivas de una alianza global entre Estados Unidos y China son más posibles que nunca. Esa alianza, que algunos ya han descrito como el G-2, tendría un impacto enorme sobre (pero no sólo) dos cuestiones cruciales: sin el concurso de China nada de lo que hagamos contra el cambio climático tendrá sentido ni posibilidades de éxito; y sin el apoyo de China a un proceso de sanciones liderado por la ONU, el régimen de Teherán seguirá embarcado en una loca carrera nuclear que sólo puede acabar en un conflicto armado o en una proliferación nuclear masiva en la región.

La Unión Europea, que tiene intereses directos en ambos temas, y que podría hacer también una gran contribución, no debería quedar al margen de ese proceso. Pero para poder comprometer a China es preciso que actúe de forma unida. Hasta ahora esto no ha sido posible ya que los europeos no han encontrado la manera de hablar al unísono en los temas más espinosos de su relación con Pekín, y ésta ha aprovechado sagazmente sus divisiones para maniobrar entre las capitales europeas reforzando dichas divisiones. La gira europea del primer ministro chino, Wen Jiabao, está siendo un buen ejemplo de ello: Jiabao ha premiado a España con su presencia, a quien ha descrito como el "mejor amigo de China en la Unión Europea", pero ha ignorado a la Francia de Nicolas Sarkozy, más crítica que España.

Nuestro país ha obtenido un buen acuerdo ya que nuestra presencia comercial y empresarial en China todavía tiene mucho margen que recorrer. Más difícil está siendo encontrar el tono político adecuado para tratar con Pekín, un régimen con un enorme problema de derechos humanos. Extrañamente para un país que ha vivido una larga dictadura y que debería conocer de primera mano lo que la privación de la libertad y los derechos humanos significa, España tiende a estar siempre en el extremo más silencioso en estos temas. Como se ha puesto de manifiesto estos días a raíz de la causa abierta en la Audiencia Nacional contra Israel, el silencio gubernamental en estos temas contrasta enormemente en un país que tiene una legislación de las más progresistas del mundo en lo relativo a la justicia universal.

Pareciera así que España tuviera dos políticas exteriores: la que desarrolla el Gobierno vía el Ministerio de Exteriores y la que lleva a cabo la Audiencia Nacional al aplicar las leyes aprobadas por el Parlamento. Así, el Gobierno evita irritar a Pekín instándole a que dialogue con el Dalai Lama mientras que los jueces Moreno y Pedraz encausan al Gobierno chino por la represión en Tíbet. Se olvida, sin embargo, que los jueces no pueden no aplicar la ley, pero que el Gobierno sí que puede adoptar una postura más valiente y, sobre todo, coordinada con sus socios europeos.

El presidente del Gobierno, que en nuestras relaciones con Washington o Tel Aviv ha defendido siempre que a los amigos hay que criticarlos cuando se equivocan, podría también abrir el camino de la pedagogía en las relaciones con Pekín, a lo que podrían seguir nuestras relaciones con Moscú, y por qué no, con Rabat. De no hacerlo, los líderes de estos países podrían interpretar nuestro silencio como una falta de confianza, e incluso sospechar que realmente no son nuestros amigos.

jitorreblanca@ecfr.eu

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 01 de febrero de 2009.

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