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Crítica:TEATRO

La violencia de los pobres

Un barrio de la periferia de Madrid de los años sesenta; unos personajes marginales marcados por la violencia, el alcohol y la pobreza; una mísera taberna como escenario donde transcurre toda la acción; y una dramaturgia que bascula entre un humor negro y casticista y una tragedia inevitable. Con estos mimbres no es de extrañar que Alfonso Sastre no pudiera ver representada La taberna fantástica, una de sus obras más importantes, hasta bien entrados los años ochenta y bien consolidada la democracia. Esta pieza teatral, que debe mucho a las teorías didácticas de Bertolt Brecht -con la aparición incluso de un actor-autor en escena al principio y al final de la obra- y también al esperpento de Valle-Inclán suponía en aquella época una auténtica carga de dinamita para una dictadura que se afanaba en campañas propagandísticas como los 25 años de paz. De paz de los cementerios, aclaraban los opositores.

LA TABERNA FANTÁSTICA

Obra de Alfonso Sastre. Dirección: Gerardo Malla. Actores: Antonio de la Torre, Felipe García Vélez, Carlos Marcet, Saturnino García y Enric Benavent, entre otros. Teatro Valle-Inclán (CDN), de Madrid. Hasta el 18 de enero.

La taberna fantástica refleja sin concesiones, con un realismo puro y duro, un ambiente donde la violencia de los pobres se palpa desde el arranque hasta que cae el telón. Es una violencia en todos los órdenes, desde ese lenguaje de argot de los suburbios de aquel tiempo, lleno de ofensas, insultos y tacos; hasta la agresión física o la absoluta indiferencia hacia el sufrimiento de los demás. Una violencia que se ejerce contra el prójimo, pero que también se descarga contra uno mismo en una obra donde el alcohol deviene el auténtico protagonista de una España lumpen donde las otras drogas todavía no se habían extendido. Por todo ello, este texto fue considerado un ejemplo de teatro comprometido y social, de alegato en favor de unos personajes que confiesan entre sollozos que sus vidas han sido un calvario o que se desesperan porque nadie les enseñó a leer.

El Centro Dramático Nacional (CDN) ha querido rendir, al incluir La taberna fantástica en su programación, un justo homenaje no sólo a la trayectoria de Alfonso Sastre, sino a toda una generación de dramaturgos que intentaron luchar con su teatro en favor de la libertad, que pretendieron convertir la escena en una trinchera antifranquista. Veintitrés años después de su estreno, con Rafael Álvarez, El Brujo, como actor principal, Gerardo Malla se ha atrevido de nuevo a comprobar si esta pieza ha envejecido con dignidad o, por el contrario, solamente queda, y no es poco, el testimonio de una época. Con una escenografía muy cuidada y una música en vivo o grabada que evoca las canciones de los sesenta, 13 actores ponen en pie este montaje coral. Asistimos a unas actuaciones muy desiguales en las que algunos hacen de borrachos y otros interpretan de verdad a un alcohólico. En un desarrollo dramático que va de menos a más y que emociona al espectador con la tragedia del final y no tanto con los toques de comedia del principio, Gerardo Malla trata de elevar a los personajes a la categoría de caracteres universales y trascender que estamos en una barriada de chabolas del Madrid desarrollista. Pero ni el director ni los actores logran superar el horizonte de aquella España porque La taberna fantástica es, ni más ni menos, que un fiel y crítico retrato de un país que ya no existe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2008