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Crítica:

Conmoción estética

El cine que basa en la forma su capacidad para provocar emociones siempre tiene una espada de Damocles apuntando a la yugular de su fundamento: el esteticismo. Así, una cosa es que la belleza estética sea la dominadora y otra bien distinta que todo lo demás (tanto la historia en sí como su tipo de narración y desarrollo) quede sepultado bajo el imperio de la apariencia.

En el cine de Wong Kar-wai siempre ha habido una clara preponderancia de los recursos formales, pero nunca tanto como en My blueberry nights, su primera película ambientada en Estados Unidos y protagonizada por rostros de Hollywood (en realidad es una coproducción franco-asiática), una descompensada historia coral de amores, búsquedas, reencuentros, deserciones y ajustes de cuentas, bellísima en lo que atañe a su envoltorio, aunque algo meliflua en su componente dramático. Una película, de todos modos, en absoluto despreciable; de hecho, imprescindible para los numerosos admiradores del realizador de Chungking Express y Happy together, aunque sólo sea para que, alcanzada la hora de la valoración general de la filmografía de Kar-wai, la cinta que hoy se estrena con año y medio de retraso, tras su presentación en el Festival de Cannes de 2007, sea vista muy probablemente como mera obra de transición después de sus fundamentales y, desde luego, mucho más turbadoras In the mood for love y 2046.

MY BLUEBERRY NIGHTS

Dirección: Wong Kar-wai.

Intérpretes: Norah Jones, Jude Law, Natalie Portman, Rachel Weisz.

Gérnero: drama. Hong Kong-China-Francia, 2007.

Duración: 93 minutos.

Las historias no acaban de emocionar; algunas, ni de enganchar

Película de carretera, de largo recorrido físico y emocional, en la que las áreas de servicio, las barras de bar y sus pobladores, están más presentes que el asfalto en sí, My blueberry nights contiene algunas de las esencias simbólicas que han caracterizado el cine del director hongkonés desde su debut, hace ahora 20 años, caso de sus luminosos trenes nocturnos que parten hacia algún lugar de la existencia de sus protagonistas, así como sus habituales recursos de puesta en escena: la combinación de primerísimos planos y continuas tomas desde detrás de escaparates o a través de espejos; su textura de grano más bien duro y sus desenfocados; el predominio de los colores rojo y verde; y la omnipresencia de la música, aquí principalmente soul, con un par de aportaciones de Ry Cooder y Gustavo Santaolalla.

Sin embargo, y aquí llega la hora de hablar de su retahíla de historias, éstas nunca acaban de emocionar. Alguna de ellas, ni siquiera de enganchar. ¿Por qué? Quizá porque, al contrario de lo que dictan las enseñanzas clásicas, en lugar de partir de pequeñas semblanzas para acabar llegando a la trascendencia de los grandes temas de la humanidad, da la impresión de que el punto de partida está en éstos (incluso verbalizándolos en los diálogos: la soledad, la muerte, el amor desesperado...), para, ya en la meta, alcanzar por fin la naturaleza de las pequeñas historias de sus criaturas protagonistas. La pena es que, llegado ese momento, y tras el precioso revestimiento que suele imponer Kar-wai a sus trabajos, la grandilocuencia ha ganado definitivamente la partida.

Parafraseando el título de aquella preciosa película de Carlos Sorín, las historias que relata el autor de Hong Kong, más que mínimas, son máximas. Y eso hace que, vistas desde la perspectiva correcta, parezcan más pequeñas de lo que seguramente son.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2008