Columna
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La p... irrespetuosa

Los puntos suspensivos de la p fueron siempre lo más obsceno del título de la obra de Jean-Paul Sartre, que así se escribía en el antiguo régimen (no sólo el español). Nunca la he visto representada, aunque la leí de muy joven en una traducción argentina de la editorial Losada (que la llamaba La mujerzuela respetuosa), excitado yo de antemano por la promesa de lo indecible y confuso al final de la lectura al comprobar que aquello era una obra de tesis anti-racista y no una comedia cochonne. Hace unos días me llamó la atención la putain que, en un contexto de gravedad humanitaria en torno al asunto de la prostitución, se mostró absolutamente irrespectueuse ante las cámaras de televisión.

En la Venecia del siglo XVI hubo muchas putas voluntarias, y la ciudad las tenía por algo prestigioso

Fue en el telediario nocturno de la primera cadena, un domingo, y dentro de un buen reportaje en el que un equipo especial de RTVE investigaba desde distintos ángulos esa para algunos lacra social. Por un lado, y centrándose en la Colonia Marconi de Madrid, los reporteros interrogaban a varios vecinos muy quejosos de la situación que se vive en su barrio por culpa del intercambio venéreo que allí viene teniendo lugar descaradamente. Las autoridades municipales tomaron algún tiempo atrás la decisión de cerrar por la noche al tráfico externo de vehículos los accesos a la colonia, con lo cual dejaron de llegar salidos al volante y desaparecieron los objetos de su deseo, casi todos oscuros y centroafricanos. Pero la solución ha creado más descontento, pues ahora el comercio carnal se hace a las claras, es decir, de día, siendo muy frecuente -dijo una señora entrevistada- que a las horas de la salida de los colegios o de ir a la compra los habitantes de la colonia Marconi se vean obligados a vislumbrar coitos automovilísticos, oír al otro lado del seto el final clamoroso de una felación o a saltar por encima de unos preservativos aún calientes.

El reportaje también incidía en lo que constituye sin duda el más terrible y crucial problema de la prostitución: las mafias que engañan, raptan, fuerzan o cuando menos explotan a una gran cantidad de mujeres procedentes en su mayoría de los países de emigración económica. Ahora bien, los periodistas del programa, dando un ejemplo de ecuanimidad informativa, dejaron asimismo hablar -entre tanta protesta airada del ciudadano medio, entre tanto y justo examen a la situación denigrante de las víctimas obligadas con malas artes a ejercer ese oficio, entre tanta denuncia de la llamada lacra- a una puta contenta. Con una gracia irrespetuosísima, expresada en un buen castellano de acento tal vez caribeño, esta preciosa muchacha que yo diría que antes fue muchacho decía lo siguiente, y lo cito literalmente: "A las obligadas, que las dejen de obligar; a las voluntarias, que nos dejen trabajar".

Muchas noches, caminando de vuelta a mi casa, situada en una zona que no figura en los mapas del callejeo erótico, paso por dos pequeñas mecas del sexo al por mayor: los aledaños de la glorieta de Rubén Darío y el arranque de María de Molina. Me imagino a la reina consorte de Castilla y León asustada, no del hecho de que la gente quiera joder incluso al aire libre, sino del cuerpo que lucen en las aceras de la calle que lleva su nombre las señoritas allí expuestas; cuerpos con un nivel de acabado somático que la naturaleza, no sólo la castellano-leonesa, sino hasta la carioca, es incapaz de producir inasistida. Aunque no soy un estudioso de la materia, me atrevo a decir que los travestis de María de Molina sólo son superados en prestancia física y sentido del espectáculo por los que se ponen debajo del puente que lleva desde Serrano a Eduardo Dato. Prefiero no hacer cábalas sobre lo que el general anti-isabelino, el político conservador y el vate nicaragüense que da nombre a la glorieta harían de verse frente a frente a una de estas mulatas que cortan la respiración del viandante más sosegado.

En la Venecia del siglo XVI, y también en los siglos siguientes, hubo muchas putas voluntarias, y la ciudad las tenía por algo prestigioso, les dejaba mostrar las tetas (en ese tiempo, imagino, sin retoques clínicos) en los mejores canales, y dio licencia ducal a la publicación de un Catálogo de las principales y más distinguidas cortesanas de Venecia, en el que llegó a haber 11.654 listadas. Más cercanas al tipo refinado de la geisha que al de la desdichada yonqui que hace un francés por unos pocos euros, las mujeres "da tariffa" venecianas eran un atractivo turístico en épocas anteriores al turismo, y al menos un rey, Enrique III de Francia, reservó de antemano los servicios de una de las más célebres y cultas, Verónica Franco, para que le hiciera, entre otras cosas, de escort en su visita oficial a la ciudad lagunar en 1574. La calidad del amor venal se ha deteriorado desde entonces, pero no por eso hay que hostigar a quienes, sin coacción, deciden respetar su independencia y cobrar por follar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 09 de octubre de 2008.

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