Charlie Kaufman lleva el delirio a Sitges (para mal)

Sólo unos vampiros suecos salvan del desastre la jornada del certamen

Se las prometía felices el cinéfilo en el día de ayer en Sitges. No era para menos, el menú resultaba tentador: de primero, una de las películas más esperadas del festival, la sueca Let the right one in; de segundo, el primer proyecto tras las cámaras del -hasta ahora- guionista Charlie Kaufman, Synecdoche, New York; y de postre, el último proyecto a seis manos de Michel Gondry, Leos Carax y Bong Joon-Ho.

Lamentablemente, el gozo se quedó en poca cosa y sólo el realizador Tomas Alfredson y su Let the right one in sacaron brillo al festival. Lo demás fue olvidable, y en el caso de Kaufman, decepcionante. Por ser benignos.

Empezando por el principio: Alfredson cundió en los estómagos de los que se acercaron a ver su adaptación del libro Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist, una historia sobre la amistad entre dos niños, capaz de poner del revés las convenciones de un género tan sobado como el de los vampiros: un chaval al que algunos de sus compañeros de escuela se empeñan en excluir a golpes entabla amistad con su nueva vecina, una criatura que ha cumplido muchas veces los 12 años. En este caso los colmillos son simplemente la excusa para desarrollar un precioso relato en el que confluyen una dirección de manual, unos protagonistas excepcionales y algunas inconveniencias que el director salva como puede. Aun así Let the right one in persigue la excelencia con modestia, con la cabeza baja y con algo de morbo.

Con un inicio semejante, la mejora era complicada, pero de eso (de utopías) sabía mucho el siguiente concursante, el muy admirado Charlie Kaufman, que recientemente formara con Michel Gondry un tándem sobresaliente. ¡Olvidate de mí! y Adaptation eran prueba más que suficiente de que allí había talento a paladas. Pero mientras Gondry, en Rebobine, por favor, asumía su independencia con una apuesta más comercial, a Kaufman le puede la introspección hasta pegársele al cuerpo como una camisa de fuerza. En un abrir y cerrar de ojos se le cruzan los cables y consigue subir a toda maquina los peldaños de la escalera al delirio. Un delirio que dura dos horas, en las que -por lo que parece- se cuenta la historia de un director de teatro (Philip Seymour Hoffman) que trata de poner en pie su obra más ambiciosa mientras su vida personal se va al garete.

Haría bien Kaufman en buscarse a alguien que actuase de muro con el que chocar, un freno creativo que le saque de los líos en los que se puede meter cualquier hijo de vecino con la sobreescritura. Eso sí, si le apetece ser la versión ininteligible, acelerada e hiperventilada de Woody Allen, entonces no hay duda, está en el sendero correcto.

Como anécdota final queda lo de Tokyo, divertida a ratos, especialmente la pieza de Gondry. No estaba ya el cuerpo para tanta fiesta. El día pintaba bien, pero los cinéfilos siguen con hambre. Habrá que esperar a mañana. Sin más delirios, por favor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0009, 09 de octubre de 2008.

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