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Latinoamérica lanza un grito de auxilio en defensa de su cine

Siete directores reflexionan sobre la grave situación y buscan vías de supervivencia

Sabedores de que su situación es más que delicada en el nuevo y preocupante panorama político-económico internacional, los cineastas latinoamericanos han unido sus voces para plantear posibles fórmulas de salvación y evitar el estrangulamiento de sus industrias, y para poner en marcha (al menos, desde el plano teórico) nuevos espacios comunes desde los que poder combatir la competencia brutal del vecino del norte. EL PAÍS reunió a seis miembros de la resistencia cinematográfica latinoamericana y al cineasta y periodista español Santiago Tabernero en Casa de América. Todos ellos, invitados del Festival Viva América que se celebra esta semana en Madrid.

Aunque el director brasileño Carlos Diegues dijo que teme al concepto de cine latinoamericano como una unidad, él, Mirtha Ibarra, Sergio Cabrera, Julio Hernández, Pablo Trapero, Tabernero y Lucía Cedrón comparten los mismos pesares. Distribución y legislación son los núcleos de los que se desprenden los grandes males de la cinematografía iberoamericana.

Es muy fácil echarle las culpas a Hollywood", según Santiago Tabernero

Cabrera: "Si en una librería sólo hubiera libros en inglés, sería un escándalo"

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Con la resaca del reciente Congreso de la Cultura Iberoamericana dedicado al cine, los cineastas defendieron su trabajo como un compromiso moral por encima de las expectativas económicas.

Para el colombiano Sergio Cabrera (La estrategia del caracol), que participó en las mesas de trabajo del congreso de México, "no se llegó a conclusiones nuevas; lo interesante es que hace 15 años el cine no interesaba a los gobiernos. Aunque las conclusiones sean generales y más o menos conocidas, al menos está incluido en la agenda". Y precisó: "El gran problema del cine iberoamericano es de arquitectura. Deberían crearse y sostenerse salas dedicadas al cine en español". "Una red de espacios alternativos, salas donde las películas que hacemos se sientan cómodas", coincide el argentino Pablo Trapero, cuya película Leonera se estrena el 24 de octubre en España y representará a Argentina en los Oscar.

Cabrera interviene en lo que, ya en este momento, se ha convertido en un debate álgido: "¿Qué pasaría si entraras en una librería y sólo encontraras literatura anglosajona en inglés o mal traducida, o en una tienda de música? Sería un escándalo. Esto sólo pasa en el cine. Nosotros prestamos la casa y no nos dejan ni la cocina". Se refiere, claro, a la amplia oferta de cine hollywoodiense que "extorsiona a los distribuidores, quienes para poder comprar Batman tienen que adquirir un paquete de películas que no se ven ni en Estados Unidos", se queja.

"No se trata de competir con Hollywood", irrumpe Pablo Trapero, "pero sí de tener un circuito de distribución eficaz, y eso empieza con el número de copias. En Hollywood hacen 300 copias y nosotros no llegamos a 20". Y el guatemalteco Julio Hernández salta: "Yo estreno el 31 de octubre y tengo una sola copia". El ganador del Premio Horizontes del certamen de San Sebastián con el filme Gasolina se confiesa ingenuo y trae otro tema a la discusión: "Los coproductores fuertes se quedan con todo, exigiendo altos porcentajes de propiedad de la película. Además, si se logra algún dinero de las ONG, hay que ajustar el discurso para que coincida un poco con el de ellas. Pero sin eso no hubiera terminado la película en Guatemala, donde no hay ni instituto ni ley de cine".

El más veterano del grupo, el brasileño Carlos Diegues (Tieta do agreste), defiende que la coproducción es inherente al cine, "incluso la industria estadounidense coproduce", pero que no debe cohartar la libertad del director y mucho menos transformar la identidad de una película. Y lanza una propuesta audaz: "Deberíamos tener una suerte de nacionalidad latinoamericana o iberoamericana. Que sea menos complicado que una película sea declarada argentina, española o brasileña, y así beneficiarse de las leyes locales. Ahí es donde deben actuar los políticos". La argentina Lucía Cedrón (Cordero de Dios) asiente: "Deberían fijarse en el modelo de Francia, que protege la producción nacional. Sólo Argentina ha implementado algo parecido, y hasta ahora ha funcionado".

Mirtha Ibarra y Carlos Diegues apenas sugieren, y lo dejan en el tintero, el tema de las nuevas tecnologías. "Hay que mirar al futuro. ¿Qué vamos a hacer con Internet? Las grandes multinacionales americanas ya están pensando en el cambio al circuito digital. Y nosotros seguimos en una discusión del pasado", reclaman. Una discusión sobre diagnósticos del pasado que nadie ha podido resolver. "

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2008