Crónica:LA CRÓNICACrónica
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El gaviero en Barcelona

En el restaurante El Túnel del Port, el miércoles pasado a mediodía, Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) fija su mirada oscura en el mar, amenazado por el temporal de Levante. "Sólo en medio del mar uno es uno mismo", musita para sí, mientras apura el Glennrothers, con mucho hielo y mucha soda. Joseph Conrad es una presencia constante en su vida. De hecho, ha venido a Barcelona para presidir el XII premio literario Nostromo. Al caer la noche, en el Museo Marítimo, bajo la gran linterna del faro y con la galera real de fondo, confesará su pasión por el autor polaco desde que tenía 15 años, y luego leerá con voz firme Intermedio en el Atlántico Sur, un ensayo -o relato, o poema: los límites no están claros- sobre dos oficiales de la Marina inglesa en la cubierta de un barco en medio del océano, el primero formado en Cambridge, el segundo aspirante a escritor que le pide opinión sobre su manuscrito. "Es muy bueno", le dice el de Cambridge, y de vuelta a la cabina tras el cambio de guardia, bajo la bóveda estrellada, Józef Téodor Konrad Nalecz-Korzeniowski decide que a su regreso a Londres dejará atrás la estela de k de su apellido y publicará sus obras con el seudónimo de Joseph Conrad.

Dice el viejo gaviero que tuvo su primer contacto con el mar a los siete años, cuando viajó en un trasatlántico desde los cafetales de su infancia hasta Bélgica, donde su padre había recibido destino de diplomático, pero confiesa que no tomó conciencia de su inmensidad hasta dos o tres años después, cuando lo contempló desde Amberes, "un puerto mágico". Mientras apura su segundo Gleenrothers, rechaza unos profiteroles sumergidos en chocolate fundido. "Mi abuelo me dijo que si quería beber alcohol dejara el chocolate. Dos castigos para el hígado son demasiado. Siempre he seguido su consejo", refiere, aunque luego, con la mirada traviesa del niño que no ha dejado de ser, roba furtivamente una cucharada del plato vecino.

No siempre su literatura ha surcado los vastos horizontes de Maqroll (pronúnciese con acento en la o). En 1961 publicó Diario de Lecumberri, relato descarnado de los 15 meses de encierro que sufrió en la prisión de la capital mexicana por un rocambolesco asunto de dinero cuando trabajaba para una compañía petrolífera. "Hubo también cosas buenas. Allí conocí de verdad México. Y es muy curioso porque el edificio no tenía nada de mexicano. Fue mandado construir por Porfirio Díaz sobre los planos robados de una prisión francesa. Hoy es la sede del Archivo General de la Nación". Hizo buenos amigos entre los siniestros muros de Lecumberri. Recuerda al peluquero, que le acercaba la navaja a la yugular cuando le afeitaba y él le decía: "cuidadito, ¿eh?", pues el hombre cumplía condena de 30 años por haber degollado a su mujer. Y recuerda también la visita que le hizo Buñuel y hasta imita su voz de maño brusco diciéndole: "¡Aquí estás muy bien, hombre!".

Casado con la barcelonesa Carme Miracle, que mantiene un excelente catalán con el inconfundible acento mexicano, de esta lengua Mutis retiene una expresión fundamental: "¡Colló de mico!". Y, sin duda, esa expresión le viene a la cabeza y le provoca la risa cuando, durante la ceremonia del premio en el Museo Marítimo, los Castellers de La Sagrada Família izan un pilar de quatre y el Cor Drassanes, del propio museo, canta Muntanyes del Canigó. El premio se lo lleva Luis Mollá Ayuso, capitán de la Armada con base en Rota, por su novela La séptima ola, que próximamente publicará Editorial Juventud. Bajo el amplio arco de la atarazana, repleta de amigos de este premio que huele a mar, es posible que Mutis se ría también recordando la frase de Epicuro que figura junto a la entrada de su casa en México D. F.: "Huye afortunado con las velas desplegadas de toda forma de cultura".

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 09 de octubre de 2008.

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