SignosColumna
i

Tripas

No han escaseado las protestas cuando el Ayuntamiento de Sevilla ha anunciado su intención de traer a la ciudad una veintena de cadáveres chinos y diversas vísceras plastificadas con el fin de instruir al lego en los intríngulis del organismo humano y las variantes más posmodernas de la momificación. Me refiero a la muestra Bodies, que ya despertó la debida alharaca en otras capitales menos proclives a los remilgos como Nueva York o Londres, y que presenta cuerpos de personas seccionados, desmontados, reducidos a sus componentes esenciales de fibra, cartílago y hueso y dotados de alarmantes mirillas por donde los curiosos con estómago a prueba de explosivos podrán asomarse a espiar el funcionamiento de las tripas que nos recorren.

Más información

El último responsable de esta introspección es un tal Gunther von Hagens, inventor de un método conocido como plastinación que rebaña los azúcares y las enzimas de los cadáveres para que la muerte no se ensañe con su carne indefensa; en su lugar, inyecta un compuesto químico que al cabo convierte los órganos en juguetes de colores, réplicas de cera que habrían quedado que ni pintadas en el famoso museo de Madame Tussaud. El resultado es predecible; por las fotografías que he visto de las exposiciones anteriores, los visitantes circulan con un asco exquisito entre estatuas desolladas que parecen haber escapado del Túnel del Terror o se detienen a contemplar apreciativos formas de pornografía que hasta el momento eran privativas del cirujano y el asesino en serie. La feria de atrocidades, como la hubiera llamado J. G. Ballard, ya tiene fecha, de febrero a mayo del año que está por entrar, y se le ha asignado el marco pedagógico del Casino de la Exposición. A pesar de que sus promotores argumentan que sólo les mueve la instrucción pública, la entrada será previo pago de una cantidad seguramente significativa.

La mayoría de quienes conculcan una muestra de estas características hacen referencia a la procedencia turbia de los cadáveres, importados de esa China donde los bebés se alimentan de leche adulterada y hay gente que muere con una pistola en vez de almohada a la altura de la nuca. Otros denuncian que se haga pasar por ciencia o, peor aún, por arte, lo que sólo es complacencia enfermiza en los espantos más domésticos de nuestra condición de carne y hueso.

A estos últimos, ya que no a los primeros, me cuesta entenderlos: la fascinación que lo repulsivo, lo indigesto y lo terrible ha ejercido secularmente sobre la mente humana nos ha dado muchas de las mayores obras maestras que pueblan los museos y las bibliotecas. Se habla mucho en estos días de Damien Hirst, de esos pobres animales cuarteados que exhiben sus concavidades en peceras de formol, pero la crueldad puede retrasarse en muchos siglos.

Antes de las alegres sangrías de Tarantino o Sam Peckinpah, los maestros manieristas y barrocos ya decoraban las iglesias con escenas de martirio donde no existía cabeza que ocupara su pedestal entre los hombros y el feligrés podía informarse de las múltiples maneras que existen de hacer trizas un pobre cuerpo y de las sutilezas casi científicas de la tortura. Habría que preguntarse si la devoción católica por los despojos y su tendencia a ocupar altares con esqueletos astillados y manos, dientes y pellejos separados de su armazón responden a otro impulso más elevado que este regodeo en lo más efímero y vil de que se compone nuestra mortalidad. Dudo mucho que los Bodies de Von Hagens resulten más obscenos o incómodos que lo que guardan los relicarios de las sacristías. Yo, por mi parte, auguro un taquillazo para su feria itinerante: a la hora de mirarse dentro, existen cosas mucho más nauseabundas con las que tropezar que las inofensivas tripas, que dejan de molestar sin más penitencia que una caja de pastillas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 09 de octubre de 2008.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50