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Reportaje:

La precariedad laboral es nefasta para la salud

Parados y trabajadores sin estabilidad sufren ya las consecuencias de la crisis - Falta de autoestima, depresión y una sensaciónde aislamiento al perder la posición social generan enfermedades

Tal vez se queja más, o más alto, quien vuelve de vacaciones y sufre el síndrome postvacacional. Pero hay quien tiene muchos más motivos, seguramente más callados para lamentar su suerte: los parados y los trabajadores que se ven obligados a empleos precarios ajenos a su formación y escasos para pagar sus facturas. ¿Qué impacto está teniendo la crisis en ellos? ¿Cómo viven emocionalmente esta situación? ¿En qué medida afecta a su salud? Según la encuesta publicada en julio por el Instituto Nacional de Estadística, durante el segundo trimestre del año el número de parados aumentó en 207.400 personas y el desempleo se sitúa ya en 2.381.500 personas, el 10,44% de la población activa. Un hecho a destacar es que aunque la tasa de temporalidad ha disminuido ligeramente, se sitúa en el 29,39%, una de las mayores de Europa.

Los trabajadores temporales tienen un índice de mortalidad superior a los fijos

El impacto del paro es mayor en quien ha vivido el empleo como elemento nuclear de su vida

"El desempleo se asocia con más morbilidad", dice la Sociedad de Medicina de Familia

Cuando alguien queda aislado de un contexto social, somatiza los problemas sociales

Desde hace décadas se estudia cómo influyen las condiciones laborales y el paro en la salud. El crecimiento de la temporalidad laboral y el paro, el peso de unas hipotecas cada vez más caras y la depreciación del valor de la vivienda, el derrumbe del sector de la construcción y la caída de la contratación de mano de obra o el aumento de las regulaciones de empleo pueden acrecentar la desazón de multitud de personas que sufren estas situaciones.

El desempleo y la precariedad no afectan por igual a todas las personas, pero puede provocar desestabilización emocional, la pérdida de confianza en uno mismo, la aparición de sentimientos de inferioridad o de pesimismo cuando la situación se prolonga, y en los casos más extremos, mayor riesgo de sufrir trastornos depresivos. Estar parado incluso puede afectar de forma diferente según el sexo, como apuntaba un estudio de la Agencia de Salud Pública de Barcelona de 2006: para los hombres generalmente tiene un efecto negativo sobre su salud mental, a diferencia de las mujeres, dice Lucía Artazcoz, experta de la citada agencia.

Los cambios drásticos no sólo afectan a la salud de quien pierde su trabajo. También a quien permanece en él tras una reducción de empleo. Un estudio realizado durante más de siete años con 22.000 empleados públicos de Finlandia que mantuvieron sus puestos demostró que la mortalidad por patologías cardiovasculares se duplicó en ese periodo. Otra encuesta reciente sobre riesgos psicosociales indica que la salud percibida por los asalariados empeora progresivamente en la medida en que aumenta el nivel de precariedad laboral.

"Está claro que el desempleo se asocia con mayor morbilidad, más mortalidad y con estilos de vida más insanos", dice Francisco Camarelles, responsable de los grupos de trabajo de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria. La precariedad laboral en general también puede provocar patologías y peor calidad de vida. "Vemos en las consultas muchas personas que vienen por problemas de ansiedad por su trabajo, porque no se encuentran a gusto, y habitualmente les produce somatizaciones. El trabajo es una gran fuente de bienestar para las personas, pero también de patologías". Camarelles cree que no se está dando la suficiente importancia al tema de salud y desigualdades sociales, que están íntimamente relacionados.

Pablo Lucci, italiano de 56 años, es un virtuoso del saxofón, Sus notas no le permiten traer suficiente pan a casa. "Cada vez hay menos locales donde tocar", esgrime. Lo ha paliado trabajando de buzonero, teleoperador y ahora como vigilante de aparcamiento, pero el contrato de tres meses se le acaba ya. Harto, cree que lo mejor es formarse como auxiliar de enfermería; pero para hacerlo deberá gastar bastante dinero, dice. Su situación le ha llevado a sufrir angustia y dormir mal durante bastante tiempo. "Suerte que tengo a mi compañera, que me ayuda", explica.

El caso de Lucci engrosa la creciente lista de afectados por una crisis que se suma a la alta temporalidad o el desempleo. Un matrimonio joven de Entrevías, con un niño de cinco años y otro de ocho meses, decidió comprar un piso para evitar pagar 900 euros en alquiler. El marido, obrero de la construcción, sacaba 1.600 euros; la mujer, otros 400 euros por limpieza de hogares. Hace cinco meses, despidieron al marido por finalización de obra y ahora sólo entran en casa 1.000 euros por el paro. Sin baja de maternidad ni plaza de guardería, la mujer se ocupa del bebé. Gastos: 1.400 euros de hipoteca, y ya deben dos meses, más los gastos de vivienda y manutención. Así, las cuentas no salen. El episodio lo explica Concha García, responsable técnica de Cáritas en Madrid, a donde acudió el matrimonio desesperado. Y no son los únicos.

"Hasta el año pasado, llegaban a Cáritas familias con problemas de alquiler. Ahora ha surgido este nuevo perfil de personas que no pueden pagar la hipoteca". Cada vez son más. En el barrio de Vallecas, por ejemplo, la organización agotó en el mes de junio todo el presupuesto de ayudas de 2008.

Catalina, de 42 años, una profesional del telemarketing enamorada de su trabajo, a pesar del estrés y algunos clientes maleducados, no ha tenido necesidad de llegar a esos extremos, pero también lo ha pasado mal. Sus ingresos no son suficientes para pagar la hipoteca a medias con su ex y mantener a tres hijos. "La crisis no llegó en julio, sino que hace tiempo que la notamos", dice Catalina. Por ello, va simultaneando su trabajo, actualmente para el 1004 (reclamaciones y ofertas de servicios) y con una media de 80 clientes atendidos, y salir corriendo con el coche para hacer tareas de limpieza en polígonos industriales. Ya ha tenido que coger alguna baja por depresión, y a veces tiene dolores de espalda y algo de vértigo. Lo achaca a la angustia por cómo saldrá adelante en el futuro, "sobre todo mis hijos".

Su compañera Luisa, 40 años, es diplomada en relaciones laborales y lleva seis años como teleoperadora. Con dos niños de 9 y 11 años, su marido contratado por obras en el menguante sector de la construcción, el alquiler les come la tercera parte de unos ingresos insuficientes. "No puedes hacer planes para nada", dice. Los periodos en los que él no trabaja los viven con ansiedad, duermen mal y lamentan estar de mal humor. Por ello se plantean complementar los ingresos con un trabajo paralelo "pero no encuentro nada más", añade. Mientras subsisten, sólo confían en un golpe de fortuna, "que nos toque una primitiva o la lotería de Navidad", dice la mujer.

¿Cómo les afecta a estas personas la crisis? "Mucha ansiedad, porque la vivienda es lo que más desestabiliza a estas personas. Se ven en un callejón sin salida: tienen una deuda a la que no pueden hacer frente, pero no pueden vender el piso, ven que el banco se lo va a quedar, que acabarán en la calle, con los niños". En Cáritas les dan ayudas y tratan de que vean nuevas salidas laborales. "Por ejemplo, un trabajador de la construcción se puede formar para que atienda a mayores en domicilio, una necesidad que existe en poblaciones como Madrid", añade Concha García.

Lo peor puede venir, aventura Concha García, cuando a estas familias en precariedad se les agote el subsidio por desempleo; los siguientes niveles son el subsidio por familia y las rentas mínimas. "Son familias que no han tenido nada que ver con los servicios sociales y que si no encuentran una solución más a corto plazo entrarán en una espiral de dificultad".

Los adultos vivimos además una identificación social con el trabajo: "Sin él parece que no seamos nada", explica Florentino Moreno, psicólogo social de la Universidad Complutense de Madrid. "Existe una brecha entre dos generaciones separadas por los 40 años de edad respecto al tema del desempleo, fundamentalmente por el distinto significado que el trabajo tiene para cada generación", según un estudio que realizó la UCM.

El impacto que produce estar en paro en una persona que ha vivido el empleo como el elemento nuclear de su vida en torno al cual todo gira, es diferente, dice Florentino Moreno Martín, profesor titular de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid. Generacionalmente, las personas de más de 40 años están habituados a la lógica de que si eres trabajador, voluntarioso, vas a estar integrado en el ámbito laboral; mientras que la generación más joven no lo tiene tan interiorizado.

La literatura científica ha estudiado la temporalidad laboral y existen estudios serios que muestran que los trabajadores temporales tienen un mayor índice de mortalidad que los que tienen contratos permanentes o se encuentran en condiciones estables, dice Joan Benach, sociólogo de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, que lleva estudiando el problema desde hace años. Sus informes forman parte de los trabajos de la Organización Mundial de la Salud.

Según una encuesta del año 2005 sobre el nivel de salud general y de salud mental percibida en asalariados, a partir de un estudio de la Fundación ISTAS, la salud empeora progresivamente en la medida en que aumenta el nivel de precariedad laboral.

Desde 1930 se han venido realizando estudios que indican cómo el desempleo puede provocar ansiedad y depresión. Cuando una persona queda aislada de un contexto social, por ejemplo a causa del desempleo, somatiza los problemas sociales. "Es muy razonable que aparezcan la ansiedad, como elemento nuclear, y la depresión; la ansiedad es una emoción negativa asociada a estímulos que no controla la persona y está vinculada directamente al fenómeno del desempleo. La depresión se vincula más al aislamiento", dice Florentino Moreno.

La identidad está íntimamente ligada a la identidad social: quiénes somos y quiénes nos consideramos depende de varios factores, pero uno de ellos es el trabajo. El desempleo o la precariedad extrema rompe esa lógica de la identidad e impide consolidar la identidad social positiva que todo el mundo busca.

Cuando esto sucede, tratamos de buscar otras vías de identidad. "Es muy raro y difícil ver sociedades de parados porque no tener trabajo no genera identidad social positiva, no es algo de lo que uno se sienta orgulloso; el parado se suele atribuir que no está suficientemente capacitado". Encima, añade, tendemos a pensar que cada uno tiene lo que se ha buscado y cuando ves que personas de tu generación están siendo despedidas tú también te sientes amenazado. Rn la pérdida del trabajo el proceso psicológico que se vive es muy similar al del duelo por la pérdida de un ser querido. "Tienes que acomodar tu vida, tu visión de las cosas, tu forma de ver el mundo a algo que cubría una parte importante de tu vida", añade este especialista.

En las generaciones a partir de los 40 años, el tema de la temporalidad suele generar mucha ansiedad por diversas razones. No es lo mismo un chaval que está empezando que una persona con familia o mayor. En las generaciones jóvenes, en torno a los 20 años, prácticamente la norma es la temporalidad, por lo tanto no tienen conciencia de marginalidad.

Generalmente, hablar de soluciones es complejo, porque hay elementos estructurales que no se pueden controlar. Pero se pueden hacer cosas que amortigüen el golpe: acudir a los servicios sociales, por ejemplo. O intentar aumentar la preparación laboral, dentro de lo que se pueda. O confiar en el futuro mientras se intenta una y otra vez. Es la salud lo que está en juego.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2008