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VIAJES CON SUSPENSE / y 7

El secreto de la primera faraona

Sólo hubo en el antiguo Egipto tres mujeres faraón. Hatshepsut fue quien abrió el camino a Nefertiti y a Cleopatra. Pero la vida de esta mujer fuerte y misteriosa encierra enigmas aún no desvelados.

Dicen que cuando Egipto le agarra a uno por el cuello le posee para siempre. Y siempre es una palabra que parece haber sido inventada aquí.

Hace diez años que a Irene Egipto le salvó la vida. Más que Egipto, fue un faraón. Hatshepsut, el primer faraón que fue mujer, quinto de la XVIII dinastía, que reinó en el país de las Dos Tierras durante unos veinte años, en la segunda mitad del siglo XV antes de nuestra era, y cuya momia ha sido recientemente descubierta en los inabarcables sótanos del Museo Egipcio de El Cairo.

Lo políticamente correcto, hoy, sería llamarla faraona, y de hecho así suele hacerse en los más recientes escritos, pero a Irene, que guarda turno, desde hace casi una hora, en la cola especial que se ha habilitado para contemplar a la momia, y que ha llegado en metro desde su casa de Doqqi, para ahorrarse los atascos… A Irene la corrección política le importa una higa.

Piensa, y eso sí le parece correcto, que conviene reconocer en Hatshepsut al primer faraón que fue mujer, y olvidar esa manida cantinela del feminismo más beato: la primera mujer que fue faraón. No. Hatshepsut nació faraón. El hecho de que el suyo fuera el sexo inadecuado para la tradición establecida resultó una injusticia y el principal obstáculo a vencer, pero eso fue exactamente lo que la puso a prueba, lo que demostró su valía. Alguien, pasado el tiempo de su reinado, hizo destruir sus estatuas, sus efigies grabadas en la piedra. ¿Por mala, por adúltera, por impía? Nada de eso fue, según se ha encargado de establecer la más moderna arqueología.

Si el autor de la destrucción fue su hijastro Tutmosis III, con quien consta que tuvo una excelente relación, pese a reinar con él y a la misma o mayor altura, lo hizo para que la dinastía no tuviera que afrontar la vergüenza de que una mujer hubiera reinado tan bien

-por lo menos- como un hombre… A pesar de esta injusticia inferida a la memoria a través de la piedra, Hatshepsut y su obra más importante, su templo en Der el Bahari, sobrevivieron gracias a las inscripciones, estelas y bajorrelieves que dejó atrás con generosidad de agente publicitario. Su historia, narrada en vida suya en las paredes de su templo funerario, en los obeliscos erigidos por ella en Karnak o en la célebre Capilla Roja, no se limita a glorificarla. Oblicuamente, ha hablado a los arqueólogos de su inteligencia para conseguir el poder que le pertenecía por herencia, y de su astucia para justificarse de cara a las generaciones futuras. No era una mujer cualquiera, Hatshepsut. Ni un hombre cualquiera.

Cree Irene que Hatshepsut luchó toda su vida por el derecho de los faraones a ser mujeres, y no al revés. Durante décadas, mientras la arqueología fue un predio privilegiado para los hombres, a esta hija de Tutmosis I, esposa de Tutmosis II y madrastra-prima de Tutmosis III se la consideró una mala pécora que había usurpado el poder sirviéndose de los peores ardides. Todavía existen guías turísticas que hablan de Hatshepsut -que dejó tras de sí una vasta obra arquitectónica, numerosas expediciones comerciales que enriquecieron Egipto y una única pero contundente campaña militar- como de una "reina autoritaria", mientras se considera el reinado de su hijastro, el tercer Tutmosis, como una etapa "larga y brillante", lo que sin duda fue, aunque a las víctimas de sus diecisiete campañas militares quizá les pareciera más bien cruel. Por el contrario, arqueólogas y escritoras tan prestigiosas como plenas de rigor -Irene tiene en mente a Amelia Edwards y Christiane Desroches Noblecourt- han tratado al faraón-mujer con respeto, devolviéndole la dignidad; y sin embargo idealizando a Hatshepsut como si volcaran en ella sus propias frustraciones, sus desatendidos deseos.

¿Es eso lo que ella misma ha hecho?, se pregunta Irene. Es posible. No obstante, se acercó a la reina sin prejuicio alguno. Ni siquiera la conocía, la mañana en que Hatshepsut le salvó la vida.

Hace diez años, en noviembre de 1997, la afluencia de extranjeros al país de las pirámides se hallaba en su apogeo, a pesar de que desde 1992 se sufrían esporádicas oleadas de atentados que intentaban socavar la principal industria de Egipto, el turismo. Por entonces, Irene acababa de vender la pequeña imprenta de barrio que su marido y ella habían sacado adelante a trancas y barrancas. Últimamente sólo producía pérdidas. Muerto de repente el hombre, y entregada ella más a sus ensueños personales que al trabajo, le pareció que lo más sensato era deshacerse del negocio. Le pagaron un buen dinero por el local, y eso le permitió indemnizar razonablemente al único empleado que le quedaba y plantearse el futuro con relativa tranquilidad. Sentada a la mesa del comedor, bajo la lámpara de cuentas de cristal, Irene decidió realizar un viaje a Egipto. Durante toda su vida matrimonial -30 años; ella cumplió 50 al poco de quedarse viuda-, la pareja había invertido sus vacaciones en conocer bien Cataluña haciendo acampadas. "El coche, la tienda, los cacharros, el butanín y nosotros dos. ¿Para qué necesitamos a nadie más?", repetía él, cuando Irene insinuaba que le apetecía otra modalidad turística.

Muerto el hombre, Irene se deshizo de todo -incluido el coche: nunca le interesó conducir-, antes incluso de vender el taller y de pensar en irse a Egipto. Tomada su decisión -sumergirse en un país poblado de cuerpos ajenos, autóctonos y turistas; gente con la que hablar, gente a la que mirar, gente que la miraría-, quiso salir enseguida, pero la agencia a la que acudió no encontró ningún viaje organizado para fecha tan inmediata. Había, sin embargo, una solución. Si no le importaba gastar más -y a Irene la idea de viajar sin butanín le compensaba por el desembolso-, podía volar por su cuenta a El Cairo y, allí, ponerse en contacto con un guía respetable con el que la agencia solía trabajar. Él no tendría inconveniente en buscarle un grupo al que podría añadirse.

Aquella misma noche, en el jardín del Nile Hilton, Irene recibió la visita del guía.

-Ha tenido usted suerte -le dijo-. Tengo un grupo formado por suizos, japoneses, alemanes… Hay uno que habla español, me parece que es colombiano. Si quiere, puede unirse a nosotros mañana por la mañana, en el Museo Egipcio. Por la tarde iremos a Luxor, pasaremos allí tres días. Dejaremos las pirámides para el final. Desde un punto de vista cronológico le parecerá incorrecto, pero no sabe usted qué buen recuerdo se llevan todos tras los espectáculos de luz y sonido, en Giza, de la última noche.

Quizá a su marido no le faltaba razón. Quizá ella no estaba hecha para viajar en grupo. Diez años atrás, en el mismo museo en el que ahora la distancia entre la taquilla y ella se acorta muy lentamente, porque el reciente desvelamiento de la momia de Hatshepsut ha excitado la curiosidad de los visitantes, Irene supo que no podía acompañar a aquella buena gente -los japoneses, que eran dos parejas, se encontraban en luna de miel; y, Dios, también había un niño, aunque hoy no recuerda cuál era su nacionalidad- durante el resto de sus vacaciones. Ni en lo que quedaba del día.

Sólo sabía que quería permanecer lo más posible delante de Hatshepsut, de su representación en esfinge, con melena de leona y barba rectangular; de sus pómulos redondos, su rostro felino, sus ojos claros y abiertos que parecían desafiarla. Entretanto, los otros revoloteaban en torno a la máscara de Tutankamón y sus tesoros, y lanzaban grititos ante las deformaciones físicas de las estatuas de Akenatón y de sus allegados.

Irene se detuvo ante aquella desconocida, pendiente de su mirada líquida, de su mirada limpia, y le entraron ganas de acariciarle la barba, de palmearle la grupa. Leyó la inscripción que figuraba al pie; no suponía nada para ella. Anotó el nombre y la dinastía y el lugar de procedencia en la palma de su mano, con un bolígrafo.

Como si hubiera escrito su destino.

Desconcertado, el guía aceptó su explicación de que debía quedarse en El Cairo -en el museo, junto a la esfinge- porque tenía una cita con unos parientes que la habían telefoneado por la mañana. Cogió un buen puñado de billetes y se los dio. El otro sacudió la cabeza y se alejó. No volvió a verle.

Adquirió cuantos libros pudo encontrar acerca de Hatshepsut y del Imperio Nuevo en la tienda del museo. Vagó después por la ciudad, encontró algunas librerías de viejo en donde había ejemplares en francés que se referían a la misteriosa mujer. En el hotel consiguió otro par de obras que hablaban de su templo funerario y de Senenmut, el mayordomo real, su hombre de confianza, quizá su amante, se decía, el arquitecto que había ejecutado las fantásticas obras proyectadas por el faraón-mujer y que, a su vez, había dejado huellas en la piedra de su importancia durante ese periodo.

Pasó la noche leyendo. Al amanecer podía medir el inmenso vacío que formaba su desconocimiento de Hatshepsut, de sus motivaciones, de su vida íntima. Pero sabía de sus logros. Y que su nombre significaba "La Primera entre las Nobles", frase ritual que su madre exclamó al parirla en cuclillas.

Der el Bahari, en árabe, quiere decir "la casa del Norte", no casa en el sentido hogareño -eso sería beit-, sino como acogida, como refugio. De ahí que muchos lo llamen "El Convento del Norte". El acantilado, en el que el templo de impecable geografía y amplias terrazas se recuesta, forma una protección natural no sólo para el legado de Hatshepsut -el edificio se llamó Dyeser-Dyeseru, "esplendor de los esplendores"-, sino también para las tumbas del Valle de los Reyes, que se extiende al otro lado de este escarpado lugar, de una arisca belleza natural. El Valle de las Reinas, las tumbas de los nobles y las de los artesanos también reciben la solemne protección rocosa. De espaldas a este circo recio y resistente, contra la piedra, creció el templo de Hatshepsut, en la orilla izquierda del Nilo, mirando hacia Karnak -a cuya construcción ella contribuyó también en parte-, hacia lo que hoy es Luxor, edificado en el antiguo emplazamiento de Tebas. Esta magnífica ciudad, Tebas, fue convertida en capital de las Dos Tierras por la dinastía XVIII, cuyos faraones fortificaron al dios local Amón, nombrándole su principal protector, por encima de los otros dioses. Amón fue determinante para Hatshepsut.

Los libros que yacían sobre la cama y en el suelo de la habitación del hotel le contaban a Irene una misma historia con interpretaciones distintas. Hatshepsut era la primogénita de Tutmosis I y de su esposa real Ahmé, la sangre de la dinastía corría por sus venas por vía materna. Había sido educada para reinar, con preceptores que le hablaban lo mismo de batallas que de organización, de arte que de arquitectura, de historia que de jardinería. Pero su padre tenía varios hijos, habidos con una esposa secundaria, de los que sobrevivió uno: llamado también Tutmosis. En algún momento de su adolescencia, el faraón realizó con su primogénita un viaje iniciático por todas las ciudades importantes del Alto y el Bajo Egipto, lo que la hizo concebir esperanzas como heredera, plasmadas mucho más tarde en la piedra a través de los jeroglíficos. En la Capilla Roja de Karnak está inscrita la acogida que le dieron los dioses. Pero hay que tener en cuenta que, como casi todo lo que los faraones contaban de sí mismos, esto lo hizo grabar ella. ¿Mentía? ¿Se dotó de antecedentes falsos?

Pero Irene estaba cansada de leer. No se arrepentía de haber renunciado a la excursión con los otros. Le quedaba tiempo de sobra, volvería a contactar con aquel guía o con otro. Lo único que necesitaba, ahora que sabía lo que ignoraba, era volver a mirar los ojos de la esfinge.

Una barrera de seguridad rodeaba el hotel. No pudo salir. Policías, militares, hombres de paisano que hablaban por radio. En recepción se lo anunciaron:

-Ha habido un atentado en Luxor. Muchos muertos. Nadie de este hotel, afortunadamente. La agencia de turismo no trabaja para nosotros.

Un puñado de terroristas islámicos disfrazados de policías habían disparado contra los turistas cuando se encontraban en el templo de Hatshepsut o sus inmediaciones. Fue una masacre. Cincuenta y ocho extranjeros, cinco egipcios, entre ellos el guía. Persiguieron a quienes lograron esconderse en alguna tumba, los cazaron como a conejos. Con armas de fuego, con cuchillos. Una orgía de odio, fanatismo y sangre. Vio las imágenes por la televisión. El guía, dijeron, fue de los primeros en caer. No le cupo duda.

Aquella noche, Irene se durmió llorando, abrazada a los libros que hablaban de Hatshepsut.

A la mañana siguiente continuaban las medidas de seguridad en torno a los hoteles y a los lugares turísticos, al mismo museo. Mientras desayunaba conoció a un reportero argentino que acababa de llegar y que se disponía a partir hacia Luxor con su chófer. Irene le preguntó si podía llevarla.

-Sé hacer fotos -le dijo-. Présteme su cámara y pasaré por su fotógrafo. Le aseguro que es muy importante para mí. Ahora estaría muerta si…

Le contó su historia, el otro comprendió que podía incluirla en el reportaje, y accedió a que le acompañara.

Irene y su marido habían fotografiado los más remotos rincones de Cataluña, el románico, los Pirineos, el delta del Ebro. Nada, ni la Cataluña Norte, había escapado a su objetivo.

Pasaron las barreras. El templo no estaba totalmente cerrado al público. Un grupo de turistas escuchaba las explicaciones del guía, en una escena surrealista. A modo de justificación:

-El viaje está pagado. Teníamos que aprovecharlo.

Hasta el periodista cabeceó, con desaprobación.

Había restos de sangre: en el suelo, en las columnas. Los habían cubierto con arena, pero no fue suficiente. La arena se secó y voló durante la noche.

No fue la manera más apropiada de acercarse a la obra magna de Hatshepsut, aquella por la que la recordarán las generaciones venideras. Hatshepsut fue un faraón de paz, cuya fuerza y vigor no se expresaron en el aplastamiento de los otros, sino en la canalización de su ardiente deseo: reinar, tal como le correspondía, por herencia de sangre y por primogenitura. Ella descendía por línea materna de mujeres que lo dieron todo a Egipto, tanto en calidad de grandes esposas reales como ejerciendo de regentes. ¿Por qué, si Hatshepsut había recibido una educación esmerada, tenía que convertirse en esposa del deficiente de Tutmosis su hermanastro, de su misma edad, unos veinte años cuando se casaron, y él reinó como Tutmosis II?

Tutmosis murió joven. La reina le había dado dos hijas, Neferuré y Maiherpera, pero una esposa secundaria a la que llamó Isis como la diosa, para darle importancia, había tenido un varón al que pusieron otra vez Tutmosis, para que nadie dudara de que heredaría el trono.

Cuando enviudó, Hatshepsut era joven y vigorosa y conocía muy bien las tareas del reino. Se convirtió en regente del pequeño Tutmosis III. Con la ayuda del sumo sacerdote de Amón, Hapuseneb -cuyo poder sobre los otros dioses y sacerdotes dependía del favor de la regente- y, sin duda, de su amigo más íntimo, consejero y tutor de Neferuré, el arquitecto Senenmut, inventó lo que pasó a llamarse la teogamia, es decir, asignarse un nacimiento prodigioso, obra de los dioses -ya se había hecho en la antigüedad para asegurar la divinidad de los faraones-, que la predestinara como heredera del título del faraón.

Mientras las obras del templo dedicado a ella prosperaban, se fue grabando la leyenda según la cual el dios Amón, encarnado en la figura de su padre, Tutmosis I -no era cosa de que mamá Ahmés pudiera quedar para el futuro como una esposa descarriada-, fecundó a la mujer y engendró a esta hija.

Según se afianzaba en el poder, Hatshepsut complacía a Tutmosis III, que conforme crecía se convertía en un auténtico guerrero, bien cuidado por la que ya no era regente, sino tan poderosa como él, o más, porque tenía el control de los asuntos de Estado y todos los títulos que correspondían a un faraón. La estratagema del dios Amón como padre providencial se vio complementada con la de usar barba postiza y faldón masculino en las ceremonias públicas.

Entretanto, Neferuré, la hija mayor, era educada como lo había sido ella: para ser faraón. Resulta bastante razonable que Hatshepsut, que venía de un linaje de mujeres fuertes de sangre real, se dispusiera a perpetuar una dinastía femenina.

¿Eso explica que su nombre, el de su hija y el de sus colaboradores más cercanos desaparecieran repentinamente de los monumentos, que a partir de cierto momento ya no se les reprodujera o mencionara? Algo así sólo ocurre por muerte. Y es muy posible que las de sus validos y la de su heredera no fueran accidentales, aunque nadie haya podido demostrarlo hasta la fecha.

¿Fueron amantes Hatsephsut y Senenmut? A muchos les gusta creer que sí. No se conoce que el hombre -un sabio con un ego tan grande como la voluntad de su soberana- se casara o tuviera hijos. Tal vez era gay, se dijo Irene. Un gay dedicado a la arquitectura y la decoración que se enamoró perdidamente del faraón-mujer cuando lo vio con su barba postiza. Cualquier explicación es posible, pero es cierto que hubo amor. En el templo de Senenmut descubierto por el prestigioso arqueólogo español Francisco Martín Valentín -en lo que hasta entonces se creyó que era su segunda tumba- hay una inscripción mediante la que el favorito se definió así:

"Su sirviente en el lugar del corazón, que crea todo el placer del Señor de las Dos Tierras".

Y ahora se halla aquí, en el museo, como aquel primer día, esperando contemplar la momia de quien le había salvado la vida. Sintiéndose compañera de Hatshepsut en el tiempo. Irene siempre ha detestado a los aficionados a la egiptología, que empiezan hablando de las pirámides y suelen terminar declarando que seguramente los faraones procedían de otro planeta.

Pero Egipto, el Nilo, las planicies antiguas, las tumbas, los cenotafios, los templos… Hatshepsut.

Murió de muerte natural, después de todo. Un absceso en la boca, una mala infección. A los cincuenta y tantos años, retirada voluntariamente del trono y en perfectas relaciones con Tutmosis III, tenía una salud desastrosa. Osteoporosis, un tumor en el abdomen y la dichosa llaga, precisamente producida por la rotura de un molar. Una de las raíces quedó en la dentadura de la momia. El molar, con la otra raíz, fue hallado en la caja que se encontró en su tumba -su cuerpo no estaba allí-, que llevaba grabado su nombre real y contenía su hígado y sus intestinos. Gracias a los escáneres que se le practicaron a ésta y a más momias, y al contenido de la caja, pudo determinarse sin lugar a dudas que la catalogada como KV-60-A era la momia de Hatshepsut. Llevaba 3.500 años durmiendo en el tercer sótano, con un molar de menos.

Descubrimientos tardíos, sorprendentes, que para nada cambiaban la naturaleza del verdadero misterio del primer faraón-mujer de la historia de Egipto.

Detenida entre los turistas, en aquella inmensa fila que parecía no moverse, Irene pasa revista a los últimos diez años de su vida, transcurridos en Egipto. Se ha enriquecido con su gente, con sus aglomeraciones, sus chismorreos, sus conocimientos. Ha aprendido a amarles y a detestarles, según su humor o según se le ofrecen. Le gusta desayunar habas -a su edad necesita hierro: Hatshepsut no tomó suficiente- y, en el fondo, se siente más afortunada que Champollion, que en las ruinas del templo de Deir el Bahari encontró alusiones a una soberana, y que Mariette, que descubrió los bajorrelieves que narraban el viaje comercial a tierras de Punt -¿cerca de Somalia?-, sorprendentemente encabezado por una reina. Superior a Naville, que reveló que no había dudas acerca de su existencia ni de su nombre, ni de que alguien la había querido tachar de la historia, haciendo picadillo sus efigies. A partir de Herbert Wilock -conservador de la sección egipcia del Museo Metropolitan de Nueva York-, que desde 1911 y durante alrededor de veinte años procedió al desescombro de su templo, empezaron a aparecer signos de la verdadera vida del faraón-mujer. Sus construcciones, sus obeliscos, sus expediciones… La versión de la madrastra usurpadora cobró cuerpo entre los arqueólogos; la de la heredera injustamente tratada, en el bando femenino.

No. No quiere ver su momia. Para ella sigue siendo la leona barbada, la poderosa efigie de ojos claros que le lanzó su bendición una década atrás, uniéndola a ella por lazos que nada tienen que ver con la muerte, sino con su eterna rival, la memoria, ese bien que las piedras transmiten y que Hatshepsut estuvo a punto de perder cuando gran parte de sus representaciones y estatuas fueron destruidas.

Irene abandonó la cola y se dirigió al interior del museo, a la galería en donde el faraón-mujer la aguardaba. Luego saldría a la calle, al bullicio de El Cairo, y respiraría hondo, como hacía desde que recibió aquella segunda oportunidad.

Inhaló contaminación, naturalmente. Feliz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de agosto de 2008