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"Esto es muy grave, tienen que entenderlo"

Meses, años quizá, de trabajo y concienciación social se van al traste cuando menores extranjeros no acompañados cometen actos como los de Villabona y San Sebastián. Los educadores del centro de Tolosa consultado por EL PAÍS seguían ayer empeñándose en lograr que lo ocurrido sirva, al menos, de lección para los que siguen en el centro. "Tienen que entender que lo que han hecho es muy grave, gravísimo. Les estamos enseñando los periódicos para que se den cuenta de que cada vez que cometen una barbaridad están poniendo a todo el mundo en su contra", explica uno de los educadores que trabaja con ellos. Quiere hacerles entender que sus actos tienen consecuencias.

Los centros de acogida de emergencia como el de Tolosa son el primer lugar al que llegan los menores inmigrantes que recalan en Euskadi. Después de Andalucía y Canarias, el País Vasco es la comunidad que acoge a un mayor número de menores extranjeros en relación con su población. Llegan de media unos 600 cada año.

Los jóvenes, marroquíes en su mayoría, siguen desorientados un supuesto boca a oreja entre ellos que les sirve de guía en la península. Algunos intentan llegar a Euskadi nada más pisar España, después de jugarse la vida de cruzando el Estrecho en patera o en los bajos de algún camión. Otros pasan por centros de las demás comunidades antes de recalar en el País Vasco. Llegan cargados de impaciencia, con un desfase cultural tremendo con la sociedad de acogida. Es habitual que no hablen castellano. En estos centros no hay niñas, menos proclives a este tipo de inmigración.

En Tolosa, los jóvenes pasan meses en un proceso que no terminan de comprender, a la espera de ser el siguiente afortunados que opta a un piso de acogida, donde conviven con menos personas y tienen un seguimiento personalizado. El centro tiene todas las ventanas cubiertas por una tupida celosía metálica que no permite ver qué sucede dentro. Fue recientemente reformado después de que los educadores protestasen el pasado año por las condiciones de hacinamiento de la veintena de residentes. Los vecinos, a su vez, llevan varios años quejándose del comportamiento de los jóvenes.

"Cuando hacen cosas como ésta [en alusión a las agresiones sexuales], perjudican a todos los demás chavales", añade el citado educador. Las organizaciones que trabajan con este colectivo siguen pidiendo que no se estigmatice a todos por el comportamiento de unos cuantos, pero saben que sus alegatos sirven en ocasiones de poco. Y los intentos de las instituciones forales por rebajar el grado de conflictividad existente en los centros no acaban de dar sus frutos. Demasiados problemas se solapan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2008