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COLUMNA

Ciudadanía equilibrada

Prácticamente la mitad de los y las castellonenses o valencianos y valencianas unen sus afectos, deseos, bienes e intereses, y procrean, aunque poco, bendecidos por un tonsurado y atados, inseparablemente, según la legislación eclesiástica, por un sacramento del que ellos mismos son ministros y no el cura. La otra mitad se enlazan también, pero acuden únicamente a un alcalde, un juez o el concejal amigo, sin arrimarse a la vicaría. Son datos recién anticipados y facilitados por el Instituto Nacional de Estadística sobre los matrimonios en las provincias de Valencia y Castellón durante el 2007: el 49,5% siguen el rito religioso y el 50,4% se ampara en la liturgia cívica. En las comarcas alicantinas, la estadística se inclina ligeramente a favor de las uniones religiosas con dos o tres puntos de diferencia. Si se leen con atención los datos estadísticos, la sociedad del País Valenciano viene a ser la más equilibrada en la elección del enlace matrimonial que se elige; estamos a bastante distancia de Jaén, donde casi el 80% de los matrimonios son religiosos o de Barcelona en donde sólo un 32% de los contrayentes acude a la parroquia. Así pues, seremos exagerados con los decibelios festivos, excesivos en materia de bous de carrer e hiperbólicos cocinando paellas gigantes, pero en el uso social que suponen los matrimonios somos toda la moderación del mundo y el equilibrio de la balanza.

Las causas que mueven al vecindario a inclinarse por una u otra opción matrimonial suelen ser muy diversas y heterogéneas. Cabría hablar de convicciones religiosas o laicas, del peso de la tradición o la presión social sobre grupos concretos de población, e incluso de exigencia de uno de los contrayentes que doblega cariñosamente la voluntad del otro: mozo de buen ver y convicciones laicas conoce uno que a los treinta y pico se tuvo que bautizar y acudir al altar porque así se lo exigía la encantadora muchacha de sus sueños, es decir, el viejo refrán popular que advierte sobre la fuerza de arrastre de dos carretas y la de los pechos de una moza de buen ver. Pero, con independencia de la motivación, algo nos dejan en claro las estadísticas: por un lado, esta ciudadanía está a años luz de la sociedad monolítica en que vivíamos hace cuarenta años; un monolitismo cuyo origen no era tan sólo el carácter autoritario y represivo del nacionalcatolicismo, sino también la fuerte presión sobre los contrayentes de la época de unas estructuras sociales arcaicas emparentadas con el ruralismo. Por el otro, los números nos dejan distinguir con claridad que esta sociedad, sobre todo la valenciana, es plural y diversa en sus usos y comportamientos sociales casi a partes iguales. Y el dato es significativo.

Y lo es porque en el ámbito de los comportamientos y valores sociales, los legisladores, o los partidos políticos sobre todo los mayoritarios, deberían partir de la realidad y procurar siempre alcanzar textos consensuados, válidos para una sociedad y una ciudadanía que es plural. Y si en cuestión del carácter civil o religioso del matrimonio disfrutamos relativamente de un consenso legal que a todos ampara -y basta con leer atentamente la estadística-, en otros aspectos básicos en que está implicada de una u otra manera toda la ciudadanía, repitamos que es diversa y plural, no sucede de tal guisa. Sin ir más lejos, ahí tenemos la polémica asignatura escolar de Educación para la Ciudadanía, cuya utilidad como materia académica será probablemente más que dudosa. Pues bien, no se consensuó la implantación y sus contenidos con todos los grupos sociales para una ciudadanía plural. Y ya tenemos de entrada un festival de vanidades, protagonizado por tirios y troyanos que resulta lamentable. Los legisladores hubieran podido reflexionar a partir del equilibrado comportamiento matrimonial de los valencianos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2008