Columna
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Miserables lecciones

Que se puede ser inteligente y cándido a la vez lo muestra muy claramente el divertido artículo de Mario Vargas Llosa Las lecciones de los pobres, publicado en La Cuarta Página de este diario el domingo pasado, donde también se ve, de paso, que en ocasiones conviene pasar por pánfilo para parecer inteligente. El gran escritor elogia un libro (solo casualmente editado por su hijo Álvaro) publicado por The Independent Institute, "una fundación que promueve la cultura liberal", en el que se ensalzan las virtudes empresariales de cuatro o cinco personas que desde la nada y en regiones muy deprimidas consiguieron crear grandes imperios comerciales, lo que demostraría no la sobreexplotación de las subcontratas y otros hábitos maltrechos por los que el emprendedor de turno, un tanto a la manera de Paco el Pocero, se alza tras cuarenta años de tropelías más o menos confesables con su emporio particular, sino que "la pobreza es derrotable con trabajo, propiedad privada, mercado y libertad", ya que es el "intervencionismo estatal" el que acaba de dar la puntilla a los pobres de solemnidad. Y así, los "héroes civiles", cuyas hazañas describe ese libro, "son un ejemplo vivo de que la pobreza en la que viven cientos de millones de personas en el mundo no es una fatalidad irredimible (...) para quienes tienen ojos para ver y conciencia para aprender de los buenos ejemplos".

El primer ejemplo bondadoso es el de un peruano de las montañas que emigró a Lima, trabajó en lo que pudo, hasta que se le ocurrió hacer camisetas, que después empezó a adornar con dibujos diversos, y que hoy controla Topitop, la más importante empresa textil de Perú, que factura unos cien millones de dólares anuales. Este héroe de los emprendedores pobres que ha alcanzado la riqueza se llama Aquilino Flores, y es de esperar que alguien que no sea Álvaro Vargas Llosa escriba algún día su biografía sobre detalles sin importancia, como el número de mujeres que trabajaban para él desde sus casas a tanto por pieza sin cobertura social, o de los niños que contrajeron una fibrosis quística irreversible tintando las imaginativas camisetas, mientras el emprendedor iba, tacita a tacita, edificando un imperio a la medida de su ambición. Conozco, de mi época de currante, a demasiados empresarios del metal hechos a sí mismos como para fiarme a estas alturas de las virtudes de los emprendedores que hacen fortuna a costa del trabajo ajeno. Por lo demás, no todos los peruanos pobres se van a poner a hacer camisetas adornaditas, porque arruinarían el mercado -tan apreciado por el padre de Álvaro Vargas Llosa- en cosa de semanas.

De lo que se trata en realidad, y de ahí que el artículo sea tan divertido, es de abominar del Estado para defender la iniciativa privada aun en las condiciones en que resulta milagroso (o escandaloso) que la cosa salga bien. Los cientos de millones de pobres que sobreviven como pueden en este mundo, y no solo en sus regiones más deprimidas, no deben su tétrica vida al hecho de "carecer de voluntad de superación", ya que muchos ni siquiera saben lo que es eso (y ahí está el fecundo ejemplo de los miles de niños que rastrillan los vertederos sin descanso en dura competencia con las gaviotas). Afortunadamente, para quienes no formen parte de los millones de analfabetos que jamás leerán un periódico, Mario Vargas sí lo sabe, y aconseja a "los muy humildes y de educación precaria" que "a base de esfuerzo, perseverancia, intuición y astucia" se aprovechen de "las condiciones del mercado". Titular de prensa de ayer mismo: "Detenidos 58 inmigrantes en patera en Almería". Se ve que eran emprendedores, pero no lo bastante imaginativos. Y no como otros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0005, 05 de junio de 2008.

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