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Crítica:La lidia / Feria de San Isidro

José Tomás sube a los cielos

La leyenda se engrandece. Un genio llamado José Tomás bordó el toreo y lo elevó a las más altas cumbres de la belleza. Madrid vivió una de las tardes más apoteósicas de las últimas décadas. La vuelta al ruedo con las dos orejas de su segundo toro fue inenarrable. Sonreía Tomás, siempre tan aparentemente triste. La plaza coreaba "torero, torero, torero". Ésa debe ser la gloria. Un momento emocionantísimo, como fue la faena a ese quinto toro, primorosa por ambas manos. Sobrecogió a los tendidos con la más pura concepción de la tauromaquia. Una obra de arte total.

El pulso está desatado. Se impone la serenidad. Pero no es fácil sustraerse a la enajenación mental en la que se sumió la plaza tras la muy emotiva actuación de Tomás. Ciertamente, no se está preparado para tan grande explosión de sentimientos.

Del Río / Conde, Tomás, Luque

Toros de Victoriano del Río, correctos de presentación, blandos y nobles; encastado el quinto.

Javier Conde: pinchazo, media travesada y un descabello (pitos); pinchazo y un descabello (silencio).

José Tomás: media (dos orejas), -aviso- y estocada recibiendo (dos orejas). Salió a hombros por la Puerta Grande.

Daniel Luque, que confirmó la alternativa: media y un descabello (silencio); dos pinchazos -aviso- y un descabello (ovación).

Plaza de Las Ventas. 5 de junio. Tercera corrida de la Feria del Aniversario. Lleno. Asistieron el Rey Don Juan Carlos y la Infanta Elena desde una barrera del tendido 10.

Ciertamente, no se está preparado para tan grande explosión de sentimientos

Tres noticias para los que no estuvieron en la plaza: primera, que José Tomás no sufrió ninguna voltereta; segunda, no hubo dramatismo ni corazones encogíos; y tercera, lo que sí hubo fue un genio en plenitud para cantar a los cuatro vientos la auténtica verdad del toreo. Al final, apoteosis total, locura colectiva y entusiasmo desatado. Pero de verdad, porque Tomás había elevado el toreo a las más altas cumbres de la pureza.

La verdadera conmoción llegó en el quinto, al que realizó un quite de dos verónicas monumentales. Lo cuidó en el caballo y allá que lo esperó en los medios, las zapatillas ancladas en la arena, el cuerpo erguido y la muleta plana. El toro acudió con presteza, y los estatuarios surgieron como borbotones de pasión. Cuatro fueron, un recorte y un largo de pecho, y el público se puso en pie para soltar el aire apretado dentro. Aparece el viento y ondea la muleta, pero Tomás ni se inmuta. La presenta con la mano derecha y en un palmo de terreno traza hasta siete muletazos poderosos y ligados. Se cruza, entonces, al pitón contrario, y el público, que conoce lo difícil de tal posición, rompe en una cerrada ovación. Y otra tanda cerrada con un trincherazo de cartel. Y toma la izquierda, y el toro, desafiante, dispuesto a seguir dando guerra, y ahí dibuja naturales preñados de hermosura y abrochados con un pase de pecho absolutamente genial. Tanto, que la plaza corea por vez primera lo de "torero, torero". Un trincherazo, una sonrisa, y cuando se dispone a montar la espada, el toro se da por vencido y huye a tablas. La estocada, recibiendo, quedó enterrada hasta la empuñadura.

Desde el inicio del festejo, participó Tomás en todos los quites: por gaoneras, verónicas, chicuelinas, pero no acertaba. Atropellado unas veces y enganchado otras, se sacó la espina con las dos verónicas antológicas al quinto, que justificaron su entrega con el capote. Noble y muy blando era el segundo, y Tomás se ganó a la plaza cuando, tras pedir permiso al presidente, prefirió brindar al respetable antes que al Rey, que estaba a un paso. La faena fue un dechado de templanza y lentitud, enceló al toro en la muleta y, tras algunos feos enganchones y buenos derechazos, dibujó un natural ceñidísimo y otro que fue sobrenatural por su largura, hondura y despaciosidad. Crujió la plaza al completo, y la embelesó con una trincherilla, el pase del desprecio, otro de la firma... El clamor ante la perfección. Faltó la codicia del toro, pero fue ampliamente sustituida por el delirio de un público que empujó al torero a la gloria.

Allá que se lo llevaron en volandas por la puerta grande -la séptima vez que la traspasa en su carrera-, mientras la multitud se frotaba los ojos. Había tenido la fortuna de gozar la más intensa felicidad.

Con Tomás estuvieron Javier Conde, impotente, a pesar de su aparente y falsa entrega, y Daniel Luque, que reúne dos cualidades fundamentales: aroma de torero y valentía. Acarició la verónica en un par de quites sublimes, y se jugó la vida sin cuento ante el aplomado sexto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008