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LA NUESTRA | Signos

Gaviotas, los niños

En el tejado de una casa de Motril hay una culebra de casi dos metros de largo; los vecinos protestan de que nadie les quite esa amenaza de encima de sus cabezas, temen sobre todo por sus hijos. En Algeciras lo que hay en los tejados de un barrio son palomas que, según los vecinos, atacan a la gente; y todos temen de manera especial por los niños. Una mujer cuenta que no puede limpiar pescado al aire libre porque la gaviotas que acechan desde arriba se lanzan sobre ella.

Son dos informaciones del lunes en Andalucía directo y se emitieron seguidas, una después de la otra. Es muy frecuente esta queja en la que el adulto parece no temer por sí sino por los pequeños, los débiles (aunque se trate de un perro pequeñito del que su dueña se siente muy orgullosa porque repelió con decisión el ataque de una gaviota). Si se presta un poco de atención en seguida se comprueba que en la mayoría de los casos no hay constancia de ataques ni del peligro inminente de los mismos. Pero el riesgo que pueden correr los pequeños enciende los ánimos.

Eso fue el lunes. El martes Canal 2 Andalucía emitió una estupenda película, En busca de Bobby Fischer (1993), escrita y dirigida por Steven Zaillian, con los magníficos Joe Mantegna y Ben Kingsley. Es la historia de un niño excepcionalmente dotado para el ajedrez cuyo ídolo es Bobby Fischer y al que sus padres ponen bajo la enseñanza de un gran maestro que entra a saco en la vida de su pupilo: lo aísla del mundo y sobre todo de su propia infancia, le inocula una moral de combate terrorífica y así lo hace llegar hasta la gran partida final en la que debe derrotar, destrozar y machacar a otro niño. Los padres han venido asistiendo a ese proceso sin decidirse a intervenir. Y no cuento más.

Los menores corren riesgos bastante más sutiles que los representados por las culebras y las palomas. Por ejemplo, el riesgo de participar semana tras semana en programas de televisión como Menuda noche, que van haciendo de cada uno de ellos un famoso gracioso estrella de la televisión para satisfacción del público en general. Ya sé que los niños de ese programa están rodeados de cuidados y cariños, que los padres no les quitan ojo de encima y que todo está en orden. Pero también veo el riesgo de una carrera de futuro juguete roto, de la desilusión con una vida que no luce como el plató que el niño pisa ahora como si fuera su medio natural. ¿Se imaginan que un día esos niños pidieran cuenta a sus padres por esta infancia bajo los focos? ¿Por qué no les organizan a esos padres un pase de la película de Zaillian?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008