Lagerfeld hace girar su tiovivo
Chanel y Vuitton muestran en París algo más que icónicos bolsos en la semana de la consagración de Stefano Pilati en Yves Saint Laurent
Cuando una armada de androides asaltó la pasarela de Yves Saint Laurent, bastó una sola palabra para definir el dictado de Stefano Pilati: ¡hardcore!
Las modelos, clonadas a fuerza de pelucas azabache y labios azul cobalto, marcharon como soldados de un futuro muy tecno. Indudablemente, autómatas derivadas del prototipo femenino acuñado por Helmut Newton. Los paneles cortados con precisión sobre un vestido de punto negro (que evocaba las gloriosas creaciones de Azzedine Alaïa) sugirieron un hiperminimalismo tan frío como seductor. Los destellos turquesa y mostaza eléctrico que asomaban en el forro de un traje sastre gris carbón o de una levita negra hablaron de rebeldía maquinera. Y los severísimos ángulos generados por seis pliegues en una americana de tafetán esmeralda confirmaron que ya no es Yves Saint Laurent de quien se trata. Tras cuatro años como director creativo de la casa francesa, el jueves Pilati ascendió por mérito propio al panteón de los popes de la moda.
Pasadas 12 horas, también en el Grand Palais, Karl Lagerfeld presentó su colección para Chanel. Un tiovivo con la iconografía completa de la maison (el sombrero de mademoiselle, las perlas y las camelias, el bolso guateado...) en lugar de los esperados caballitos marcó un claro contraste con la majestuosa instalación de carpas blancas de la noche anterior. Y así como Pilati se concentró en dictar tendencias, Lagerfeld hizo lo que no había hecho en mucho tiempo: una propuesta atemporal e inconfundiblemente Chanel. Los trajes sastre, a la rodilla y en la arquetípica lana bouclée de la marca; los cárdigan con mangas entalladas y cinturas ceñidas; la deportiva mezcla de blusas de gasa con faldas de punto: clásicos tan legítimos hoy como cuando los concibió Coco Chanel hace 80 años. Un interesante añadido fueron los vestidos inspirados en los zapatos bitono de la casa, en los que la espalda negra y el frente en color carne con medias a juego generaron una exitosa ilusión óptica.
Todo ello en la semana en la que Alessandra Facchinetti sucedió a Valentino después de que éste abandonase la moda 45 años después de su debut. No era fácil, pero Facchinetti superó la prueba gracias a una respetuosa rendición de los grandes éxitos del maestro. Fue cautelosa en su enfoque. Si bien su punto de vista no quedó claro, las clientas más fieles podrán dormir tranquilas. Desde el traje sastre de cachemir camel y los vestidos de gasa plisada en blanco nuclear hasta el iconoclasta rojo Valentino confirmaron que los clásicos nunca mueren.
Con apenas 17 minutos de retraso (un auténtico milagro) comenzó el desfile de Marc Jacobs para Louis Vuitton. La presencia en la primera fila de Yohji Yamamoto, la princesa Lee Radziwill y el rapero KanYe West atestiguó el regreso de Jacobs al paraíso de los grandes. Con una paleta abundante en cromías lavadas, volúmenes maxi y guiños a los ochenta, la propuesta de Vuitton es, sencillamente, impecable.
Por primera vez en cuatro temporadas fue la ropa y no los bolsos la que captó la atención. Los pantalones con pinzas, de talle elevadísimo, se complementaron a la perfección con zapatos de plataforma en los que el tacón se divorciaba de la cuña. Las faldas alcanzaron alto vuelo gracias a cortes transversales claramente inspirados en Alaïa. Los tocados, cónicos y evocadores del look Grace Jones, coronaron una serie de enormes abrigos de corte perfectamente arquitectónico. El tratamiento couture de una cazadora de tejido polar con cremallera aportó la dosis de sofisticación imprescindible para toda firma de lujo. La bisutería metálica y las anillas de acero en la cintura de una falda introdujeron el legado de Zoran. Aunque la propuesta de Jacobs es más soft que la de Pilati, es interesante observar cómo ambos creadores revisan sus días tecno. El norteamericano ha dejado las drogas y ha confesado "estar en la crisis de los cuarenta". El italiano también admite haber dejado atrás los días de frenesí. Cualquier tiempo pasado, ¿realmente fue mejor?


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