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Juicio de un rey fundador

La figura de Jaime I no ha gozado del mismo reconocimiento en todos los reinos y condados de aquella corona que (y esto no se le podrá echar en cara) amplió con sus conquistas. Los aragoneses le han sido más bien hostiles, como si hubiesen heredado la frustración de aquellos barones del siglo XIII que vieron como, en lugar de expandir las fronteras de Aragón hasta el Mediterráneo, Jaime I se inventaba un nuevo reino. La historiografía patriótica del principado tiene un recuerdo agridulce de eso. Como rey guerrero y colonizador, dibujó los límites de la Gran Cataluña -por decirlo en los términos de la época-, pero esta comunidad de raza y de espíritu no era más que una especie de premio de consolación. Quizá pesaban más los juicios negativos: estaba bien que Jaime I no hubiese entregado Valencia a Aragón, pero tampoco la incorporó, políticamente hablando, al principado de Cataluña. Aún era más grave el caso de Mallorca: una empresa únicamente catalana que se saldó con la formación de un reino separado del viejo principado. Y para acabarlo de arreglar, dividió sus tierras entre sus hijos, cosa que, ciertamente, sería una fuente de conflictos en los reinados siguientes. Pero tal vez el agravio más sentido fue la cancelación del sueño occitano. Con el Tratado de Corbeil, Jaime I renunciaba a los derechos sobre las señorías ultrapirenaicas. A veces da la impresión de que la incorporación de los reinos de Valencia y de Mallorca no habría compensado, a juicio de algunos prohombres de Barcelona, la pérdida de los condados de Tolosa y de Provenza. El norte atraía -y atrae- más que el sur.

Jaime I no ha sido reconocido por igual en todos los reinos y condados que amplió con sus conquistas

Ahora bien, vista desde Valencia o Mallorca, la figura de Jaime I se agrandaba. Aquí el rey no era sólo el épico conquistador, sino también -y a veces aún más- el sabio legislador. Los nuevos reinos, y con ellos los pueblos valenciano y "mallorquín", tenían un momento fundacional bien fechado. Las conquistas, la organización institucional y la colonización catalana escribían una verdadera "acta de nacimiento", como decía Joan Fuster. Esto explica el consenso que ha tenido Jaime I a lo largo de la historia y, a su vez, las diferentes readaptaciones de su mito en función de épocas y de ideologías diversas. La conmemoración del 9 de octubre en Valencia y la fiesta del Estandarte en la ciudad de Mallorca, ya desde la misma Edad Media, unían la memoria del monarca al origen de la comunidad. Rey cristiano en los siglos de enfrentamiento con el islam, con la llegada del Romanticismo llegaría a ser un héroe, una figura providencial de significación patriótica. Su crónica, el Llibre dels fets, sería releída como una fuente de episodios llenos de autenticidad, reflejo de una personalidad fuerte y apasionada que se manifestaba en las gestas guerreras y también en su agitada vida amorosa.

En el país valenciano, ya a mediados del siglo XIX, la reelaboración romántica de la figura de Jaime I se hizo bajo una huella decididamente liberal. Autores como Vicent Boix, medio historiador y medio literato, fijaron la imagen del conquistador como rey legislador, inspirador directo de los fueros del antiguo reino, que, según este liberalismo historicista, habían servido de freno al feudalismo y de estímulo al progreso. El Renacimiento, encabezado por Teodor Llorente, no haría más que heredar este rey liberal, puliría sus aristas para adecuarlo al gusto burgués y lo haría servir para construir un regionalismo conservador que legitimaba la sociedad nacida de la restauración alfonsina. Únicamente en las filas del republicanismo blasquista más estridente se cuestionaría, ya entrado el siglo XX, la figura patriarcal del conquistador, contraponiendo la brutalidad de la sociedad cristiana medieval a la tolerancia de los musulmanes. Pero, más que simpatía por los vencidos, lo que había era rechazo a un valencianismo que pudiera cuajar políticamente. La misma maniobra se intentará desde algún sector anticatalanista durante la transición, pero en general la figura de Jaime I ha sido incuestionable: rey progresista y antifascista avant la lettre para los republicanos durante la Guerra Civil, sería después, vestido con la camisa azul y, al lado del Cid, un precedente del general Franco. Creador de un reino y de un pueblo valenciano independiente de Cataluña, se ha visto también prácticamente como el fundador de los Països Catalans. Y últimamente incluso tenemos la versión de un rey constitucional, tan "no nacionalista", insípido e inodoro como la "Comunidad Valenciana". Sólo nos falta ya el Jaime I multicultural. Todo llegará.

Pau Viciano es historiador y escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0001, 01 de febrero de 2008.