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COLUMNA

¿A quién le importa el asesino?

Una noche de aburrimiento comencé a escribir mi primera (y única) novela y no se me ocurrió otra que matar al protagonista en el primer párrafo. "Estupendo", me dije. "¿Y ahora qué? ¿Quién ha sido? ¿A quién le colgamos este muerto?". Yo no había planeado eso, pero, ya con una novela negra entre manos, seguí con el segundo párrafo y el tercero. ¿A quién le importa el asesino? Todo lector de novela policiaca o negra sabe en el fondo que el criminal es lo de menos. La fórmula de revelar su identidad en el último capítulo persiste casi como una norma antigua que conviene respetar, casi una regla de cortesía, como una reverencia o un guiño, pero lo que cuenta es lo que el policía o el detective contemporáneo encuentra y muestra y conoce mientras investiga: por eso, cuanto más larga y poblada sea la investigación, mejor.

En eso se diferencian de los policías de verdad, cuyo objetivo es atrapar cuanto antes al culpable y meterlo enseguida en la cárcel: la realidad (bastante tiene ya la pobre) no tiene por qué ser verosímil o atractiva. Tampoco los policías o los detectives de verdad.

Pero los detectives o los policías de ficción son eso: de ficción. Y cada quien se inventa el suyo. De ahí que el género negro actual admita tantas variantes como autores. No hay derecho de admisión. No hay límites. Tan sólo el viejo pacto de caballeros de revelar al final quién fue el asesino del cadáver del primer párrafo. Entre medias vale todo.

Así, los detectives privados durillos, solitarios e irresistibles como Philip Marlowe han evolucionado, perdiendo encanto pero ganando realismo. Kurt Wallander, el protagonista de las novelas del exitoso escritor sueco Henning Mankell, resuelve los casos a base de largas reuniones con sus colegas de comisaría, gracias a que vuelven una y otra vez sobre minucias olvidadas y pruebas dadas de lado en un principio. Descubrir cómo Mankell consigue que no soltemos ni para comer un tocho de 500 páginas lleno de estratagemas policiales es parte del misterio de la novela. Aunque supongo que tiene que ver con el hecho de que esas 500 páginas constituyen un reflejo potente de la sociedad sueca contemporánea. Hasta que leí a Mankell yo creía, como otros muchos europeos del sur, que los suecos vivían en una estación organizada del paraíso.

Porque gracias a que los detectives son de ficción y dan vueltas por aquí y por allá, con sus propios problemas a cuestas, la novela negra constituye un artefacto ideal para describir la realidad: para mostrarla, para criticarla, para recordarla, para evocarla. Lo dicho: no hay límites. O sólo uno: que las novelas, sean negras o verdes, sean buenas.

Por eso, sólo en España y dentro de mi generación, caben autores como Rafael Reig, que se inventa un Madrid inundado por el que navega Carlos Clot, un atolondrado detective que te hace reír y llorar al mismo tiempo y que termina siempre las conversaciones diciendo "no digo más"; o como Lorenzo Silva y su pareja de guardias civiles creíbles, profesionales, eficientes, listos y trabajadores; o como Eugenio Fuentes, que ha dado vida a Cupido, un investigador privado silencioso, educado, misterioso y tratable; o como David Torres, que ha creado a Roberto Esteban, un ex boxeador impetuoso, algo brutote y melómano, condenado a viajar con frecuencia al inalcanzable y bendito territorio de la infancia.

Habría que preguntárselo, claro, pero me da que también a ellos el nombre del asesino les importa un rábano.

Antonio Jiménez Barca es autor de Deudas pendientes (El Tercer Nombre, 2006, premio Silverio Cañada a la mejor primera novela policiaca en español de la Semana Negra de Gijón).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008