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Crítica:EN PORTADA | El libro de la semana

El ingenio de los símbolos

Fred Vargas es probablemente la autora más interesante del género policiaco en Europa en el momento presente. Lo es por varias razones. En primer lugar, por la peculiar complejidad de sus tramas, todas ellas historias muy alambicadas que se caracterizan sobre todo por su apariencia de dispersión: normalmente abre varios frentes que parecen no tener nada que ver entre sí, frentes que contienen misterio y aventura además de cadáveres, naturalmente. En segundo lugar, por sus referencias cultistas, que expone al lector sin crearle prejuicio alguno y que integra muy bien en el relato; en tercer lugar, sus detectives, aficionados o profesionales, son verdaderamente singulares, tanto esa banda de disparatados amateurs que son los Evangelistas como el comisario Adamsberg, que se distancia del clásico pelmazo taciturno y depresivo con que se nos obsequia ahora constantemente en la novela negra sin que por ello perdamos de vista sus problemas personales, y en cuarto lugar, por su estilo recargado, dilatorio, de lento avance hasta que, sin perder esas características, empieza a coger velocidad, a atar cabos y juntar los frentes abiertos y sacude al lector de arriba abajo con nudos tan ficticios que parecerían propios de una mente demasiado calenturienta y liante si no fuera porque su verosimilitud la acepta el lector convertido en cómplice final con un "si no lo veo no lo creo" en los labios.

La tercera virgen

Fred Vargas

Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard

Siruela. Madrid, 2008

394 páginas. 19,90 euros

En La tercera virgen, perteneciente a la serie del comisario Adamsberg, conoceremos a uno de esos personajes que sólo pueden salir de la pluma de Vargas: el teniente Veyrenc, que se incorpora a la brigada de Adamsberg y que tiene la peculiaridad de hablar en alejandrinos cada vez que se necesita una sentencia que corrobore la acción; es decir: que de vez en cuando habla como Racine, del que está copiando tres tragedias para su madre. La rivalidad entre él y el comisario será uno de los leitmotiv del desarrollo de la trama. Y la misma brigada parece el reparto de una obra de teatro por su modo de estar en la realidad. Es un equipo diferente, lejos del realismo habitual, una verdadera invención literaria, casi un capricho, pero muy bien insertado en la realidad de una investigación y unos crímenes verdaderamente intrigantes; porque Fred Vargas exige a la vez la perspicacia y la complicidad del lector con igual intensidad y a la novela le sucede que, como dice en un momento determinado del complejo enigma, "de hilo tenue a razonamiento improbable, formaba un edificio sin pies ni cabeza, más fabuloso que realista".

Una característica notable de este libro, que relata una excitante historia actual basada en una receta medieval para obtener la inmortalidad, es su carácter fantasmal. Lo fantasmal no sólo aparece en ese extraño espectro llamado La Sombra, que inquieta al comisario, entre otros, que mata sin piedad y que pretende ser la imagen aparecida de una monja sangrienta que asesinó a siete mujeres antes de morir a manos de un curtidor en el siglo XVIII; la autora logra también el efecto espléndido de lo fantasmal a través, precisamente, de la apariencia de inverosimilitud de la historia y el aire de ensoñación que en muchos momentos empaña las mentes de los dos personajes centrales del relato. Todo está cubierto por una neblina que se desliza sobre la lógica del suceso por lo que el ambiente, el desarrollo y la solución de los conflictos abiertos y aparentemente desconectados entre sí se van desplazando, a medida que esa neblina parece disiparse, de lo real fantasmagórico a lo simbólico, pues serán los símbolos los que acompañen a la ingeniosa y compleja solución final.

La galería de tipos es original, rica y muy sugestiva. La formación de la autora (arqueóloga de profesión) se advierte en la paciencia y justeza con que están ensambladas todas las piezas de esta historia, porque lo cierto es que muy bien se le puede aplicar a Vargas el dicho de que "no da puntada sin hilo". El humor que la recorre en segundo plano es un humor sostenido, elaborado, incisivo y un tanto pérfido.

Aquí encontraremos además, descendiendo a detalles menores, al hijo de Adamsberg, tenido con la concertista Camille, con la que no acaba de aclararse. Un niño que se duerme como un bendito apenas su padre le posa la mano en la cabeza -la misma mano en cuya muñeca lleva siempre dos relojes- mientras le lee un tratado de técnica de construcción del siglo XII o le comenta alguno de los aspectos de la investigación en curso. Porque Fred Vargas consigue además que toda esta disparatada troupe que es el conjunto de la Brigada y allegados acabe resultándonos cercana y entrañable y que nos preocupemos por los problemas de todos ellos.

En fin, como se verá, aquello de que el que mucho abarca poco aprieta no vale con Fred Vargas. La compleja, incluso farragosa y desde luego divertida y excitante investigación que pretende acabar con los crímenes perfectamente planeados y ejecutados por La Sombra es una muestra más y otro paso adelante de esta autora a cuyas puertas ya ha llamado el éxito internacional. Que sea enhorabuena, por ella y por nosotros. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008

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