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Crítica:LIBROS | Ensayo

El cuerpo de las imágenes

Se dice que nuestra época es pródiga en la producción, contemplación y consumo de imágenes, lo que explica la popularidad de ese cliché que habla de una "cultura de la imagen". Como todos los estereotipos y los tópicos, también éste, aunque afirma algo que ningún individuo de mediana cultura puede aceptar como razonable porque contradice los vestigios del pasado, contiene algo de verdad. No es ésta una "cultura de la imagen", pero es verdad que en nuestra época la imagen no es la misma que en tiempos de nuestros antepasados. No es una diferencia de especie o de naturaleza lo que se contrasta sino más bien de concepto. Siempre ha habido uso, veneración o trasiego de imágenes, desde que los hombres accedieron a la experiencia simbólica en el Paleolítico. Un monigote sacado de los Simpson es casi lo mismo que un bisonte de Altamira; lo que pasa es que nosotros ya no miramos a Homer Simpson como nuestros ancestros miraban al bisonte. No ha cambiado la imagen sino, probablemente, la mirada; y con ella, el medio que la estimula o la informa. Nosotros vemos a Homer Simpson y, además, vemos una imagen. Es algo parecido a lo que ha sucedido, desde que tomamos conciencia del lenguaje, con la escritura y, en las últimas décadas, con la lectura; aunque, en este último campo, las historias y las teorías de la lectura -las técnicas no tanto como las de los sibaritas de la lectura- desvían la atención de lo fundamental en relación con la escritura: el misterio de la generación (o la deriva) del pensamiento a partir de unos garabatos.

Antropología de la imagen

Hans Belting

Traducción de Gonzalo M. Vélez Espinosa

Katz Editores. Buenos Aires, 2007

321 páginas. 23,50 euros

Así pues, tras el fallido intento de reducir la vida de las imágenes a su función sígnica, la mayor parte de los libros contemporáneos sobre la imagen establecen una diferencia entre la función de ésta como signo y su naturaleza propia -si la hubiere- y buscan en otros contextos (la mirada, el medio, el proceso visual, etcétera) las respuestas que permiten elaborar una experiencia que, desde el Barroco, resulta insoslayable: todo sucede como si en vez de vernos reflejados en el espejo de pronto fuéramos capaces de ver el espejo, aquella hazaña de Velázquez.

Hans Belting tiene una larga trayectoria como historiador. Su obra principal -que yo sepa, aún sin traducir al español- es una historia del culto a las imágenes. Allí, lo mismo que en este interesantísimo ensayo, se hace cargo del giro actual en la atención hacia la imagen, en estricta imbricación con la amplísima bibliografía en la materia, donde figuran autores como Freedberg, Marin, Didi-Hubermann, Debray, Barasch, Crouzot, Berger, Groys, Stoichita, Eco, Besançon, etcétera, por no mencionar a tantos otros que se agrupan en torno a lo que los americanos llaman visual studies. Con todos ellos comparte Belting la fascinación por las imágenes, virtuales o no, pero en todo caso a la manera contemporánea, es decir, sin dejarse atrapar por lo que representan.

Examina aquí con gran pericia y certera casuística el lugar de la imagen, es decir, el hombre como contexto en que ésta acontece como tal, de allí el desafortunado título: Antropología de la imagen, que, lo mismo que los recursivos argumentos que emplea para justificarlo, son lo único malo de este libro. El resto, el riguroso estudio que Belting dedica a casi todas las principales teorías contemporáneas acerca de la imagen, su tentativa de revelar la función del cuerpo en la creación de las imágenes a partir de las representaciones de éste -la evolución del retrato, la imagen de la muerte y, finalmente, el estupendo epílogo sobre la fotografía, donde se deja ver la muerte de la imagen representativa tradicional- lo acreditan como un texto de primera línea en un abordaje que, no obstante, sigue siendo meramente heurístico. Quizá muy pronto, cuando el desarrollo de las nuevas imágenes tridimensionales radicalice nuestra mirada y nuestra experiencia, la teoría estará en condiciones de dar un salto especulativo. Quizá entonces se descubra que no estaba tan mal encaminado Bergson cuando especulaba con que usted y yo y todo lo que nos rodea formamos un vasto océano de imágenes que se penetran unas con otras.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008

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