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Crónica:LA CRÓNICA

El portal de los músicos

El Portal de l'Àngel, una avenida con regusto a belle époque, hace años que ostenta el dudoso galardón de ser una de las vías más caras y transitadas de la ciudad. Escaparate de moda, cuando se acerca la Navidad es más que nunca la continuación natural del paseo de Gràcia. Sin embargo, a veces el azar puede poner al descubierto un paisaje insólito y no previsto, hasta en un lugar tan concurrido y conocido como éste.

A la que dicen que es la calle con más cámaras de videovigilancia de Europa le birlaron hace poco una de las salas con más solera de la ciudad: el derruido París, cinematógrafo de los años veinte del siglo ídem, que fue uno de los pioneros del sonoro. Lo que no imaginábamos era que, al desaparecer, tras él apareciese una masía. Una casa pairal en pleno centro urbano, escondida durante décadas entre el cine y la callecita de la Flor. Y por si fuera poco, en el solar han aflorado unas ruinas. Muros de piedra, de cuando esto era el Portal dels Orbs o de los Ciegos. Nombre que recibió por el vecindario de indigentes y músicos dedicados a la mendicidad, que vivían aquí, sólo que justo al otro lado de la muralla, en lo que hoy es la plaza de Catalunya. De puertas adentro, la zona pronto prosperó y se convirtió en un sitio caro. Habitado, primero por guarnicioneros y otros artesanos dedicados a las cabalgaduras. Y más tarde por la nobleza, instalada en la vecina calle Comtal, que patrocinó su actual denominación después de que a Vicente Ferrer se le apareciera aquí un ángel.

El futuro santo, de conocidas dotes interpretativas, fue durante un tiempo el predicador más conocido del lugar. Igual denunciaba un complot de los rabinos que arremetía contra las pérfidas mujeres o realizaba prodigios (los paisanos le conocían como Vicent el del Ditet, por hacer milagros señalando con el dedo). A su llegada a Barcelona, entró por esta puerta del recinto fortificado -la misma que transitaban los músicos ciegos- y al instante dijo haber visto un ángel sobre los muros. Años después, en cumplimiento de una promesa hecha durante una epidemia de peste, el lugar pasó a llamarse Portal de l'Àngel. Y el Consell de Cent le erigió una escultura en alabastro, cuya copia aún puede verse en una hornacina adosada al actual Banco de España. La original fue donada a la parroquia de Hostafrancs en 1857, donde fue destruida en el caliente verano de 1936. No obstante, los músicos siguieron poblando este entorno. Así, por ejemplo, en 1837 se creó aquí el Liceo Filarmónico Dramático, antecedente del Liceo. Lustros después, en 1924, se fundó, en el vecino hotel Colón, la primera emisora de radio de este lado de los Pirineos. En la esquina con Fontanella se puso el primer guardia urbano a dirigir el tráfico de la ciudad y nacieron las serenatas para bocina y silbato. Y allí mismo, en 1929 se pintó el primer paso de cebra.

Cantar, lo que se dice cantar, también se cantó en uno de los inmuebles de esta avenida. Ya perdonarán el chiste macabro, pero aquí estuvo situada una de las checas más siniestras de la Guerra Civil. Y así llegamos hasta nuestros días, convertida la vía en una especie de teatrillo al aire libre de músicos callejeros que compiten por ver quién atrae más espectadores. Destaca un grupo de jazz con clarinetista enjuta que uno imagina alimentándose exclusivamente de manzanas; un trío cubano cantando por el Pescaílla; un conjunto grunge y mestizo que repite incansable los tres únicos temas que sabe, y un corpulento cantante de tangos que inunda de melancolía las fachadas con su voz de grave y preocupante hondura. En fin, lo de siempre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2007