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Reportaje:

Miguel es minoría

Miguel Foucha es español y estudia rodeado de inmigrantes en un instituto público; Cristian Muñoz, ecuatoriano, lo hace en un centro concertado cercano donde hay pocos inmigrantes. Ambos muestran la descompensación del sistema

-Voy diciendo el nombre y vosotros levantad el brazo para que os vea: Jennifer, Zouleima, Junior, Zoraida, Henry, Miguel...

La profesora de música lee toda la lista. En la clase de Miguel Foucha (12 años, listo, buen estudiante, simpático) hay 28 alumnos. La nacionalidad predominante es ecuatoriana. Después dominicana. Después marroquí. Los españoles son los cuartos. Así que es difícil encontrar una melodía que todos conozcan para interpretarla a la vez a la flauta.

Al final la encuentran: Ti-ro-rí ti-ro ta-ri-ro... Es la de la serie Cuéntame.

-Es que la televisión une mucho -, guiña un ojo la profesora.

Miguel estudia segundo de la ESO en el instituto público Jaime Vera, del barrio de Tetuán (Madrid). Él nació en el barrio, es del Real Madrid, de Fernando Alonso y de la selección de baloncesto. Su mejor amigo, Javier, se sienta a su lado. Con ellos, en su clase, son cinco los españoles. Este porcentaje de inmigrantes, común a todas las aulas de este instituto, dinamita el 20% recomendado por los expertos para garantizar una óptima integración. La clase, según la estadística y en teoría, debería ser un polvorín ingobernable.

Los expertos recomiendan no superar el 20% de inmigrantes

Los colegios e institutos públicos corren el riesgo de volverse guetos

Hay centros concertados que piden 100 o 200 euros al mes

Los conciertos educativos cuestan al Estado 4.000 millones al año

No es así. La profesora lo consigue a base de cambiar continuamente de actividad: tocar la flauta, bailar un minué, aprender ritmos a base de aporrear globos... Luego suena el timbre, la clase se vacía y la profesora suspira de cansancio.

Pero lo ha logrado una vez más:

-Este grupo es bueno. Se puede trabajar con él. Pero hay otros..., con un nivel... Hace días pregunté a otro dónde había nacido Mozart, y que conste que ya lo habíamos dado y algo les sonaba; pues unos dijeron que Austria, otros que Australia y otros que Asturias. Para muchos es lo mismo un sitio que otro. Todos suenan igual de lejos. Es difícil encontrar referencias...

Cerca del instituto Jaime Vera, en el mismo barrio, en la misma parada de metro, se encuentra el colegio de los salesianos de Estrecho. Allí estudia segundo de la ESO Cristian Muñoz. Es ecuatoriano. Tiene también 13 años. Su clase es una radiografía inversa de la de Miguel, un perfecto negativo: cinco inmigrantes en un aula de 29 estudiantes: un porcentaje aceptable que no acarreará jamás ninguna perturbación académica.

Esta descompensación colegio público-colegio concertado no es nueva, ni decreciente, a pesar de que los colegios e institutos concertados cuestan 4.000 millones de euros al año al Estado. Los centros públicos acogen este año al 83% del alumnado inmigrante, más que el año pasado. Y las asociaciones de padres alertan sobre la preocupante parcelación en tres niveles que se está produciendo en el sistema educativo español: los colegios privados son para estudiantes españoles de clase alta o media-alta; los colegios concertados se reservan para españoles de clase media o media-baja; y los colegios públicos quedan para los inmigrantes, con muchas posibilidades de acabar convertidos en guetos.

Jacinto Uceda, el director del instituto Jaime Vera, asegura que, en el caso de Madrid, el actual Gobierno de Esperanza Aguirre, del PP, "está abandonando a su suerte a la enseñanza pública". Uceda lleva 20 años de director. Y pertenece a esa clase de directores vocacionales y ocupadísimos que conocen a casi todos los alumnos. Es difícil hablar con él porque siempre está haciendo tres cosas a la vez: mientras camina por el pasillo atiende a un profesor que solicita un nuevo televisor para el aula de informática y se agacha a recoger una bolsa vacía de patatas fritas que afea el suelo.

Ama su instituto, creado en 1933 por la República española, siguiendo las instrucciones arquitectónicas de la Institución Libre de Enseñanza. Por eso muestra con orgullo los pasillos amplios, las aulas pequeñas con tarimas de madera y la biblioteca de 16.000 volúmenes... y con menos orgullo y más enfado las aulas vacías que se ven desde la calle llenas de sillas apiladas de cualquier manera, los patios ciegos, la fachada envejecida que da sensación de ruina.

A ojos de su director, el viejo instituto de más de 70 años se ha convertido involuntariamente en un símbolo del sistema público de enseñanza aquejado de una enfermedad mortal y circular: los padres españoles quitan a sus hijos asustados por el porcentaje de inmigrantes. Esto incrementa a su vez el porcentaje de extranjeros debido a que los españoles desaparecidos dejan hueco libre que es ocupado por los recién llegados de fuera de España, muchas veces con el curso a medias... Con lo que el porcentaje de inmigrantes aumenta más y los padres españoles... etcétera, etcétera.

"Nunca acabamos de cerrar los grupos, continuamente llegan nuevos inmigrantes que es preciso atender, incorporar, y que vienen a la pública. Muy pocos a la concertada", se lamenta Uceda. "Llegan chicos con unos conocimientos escasísimos, muchos no saben ni leer, ni español, procedentes de zonas rurales de Ecuador, o de Marruecos. Y cuando los acabamos por encajar, llegan otros y se desborda otra vez la cosa", añade.

Este aluvión comenzó a mediados de los 90 y está cuantificado. Hace 10 años, los alumnos inmigrantes que estudiaban en España eran 63.000; ahora son más de 600.000. El sistema educativo actual obliga a que todos los estudiantes estén escolarizados hasta los 16 años, edad a la que, teóricamente, acaban el ciclo de secundaria (ESO). Después de esa edad, se produce la desbandada: muchos abandonan los estudios. Y entre ellos, la gran mayoría de los inmigrantes. El porcentaje de extranjeros que cursan ESO es del 11,2%. Los que lo hacen en el bachillerato no sobrepasan el 4%.

En el patio del instituto, en un campo de fútbol-sala de cemento, miran el partido Miguel y sus amigos. Tres son españoles, dos ecuatorianos. Falta uno: "Álex, que es ucranio, que está en Ucrania por un asunto familiar, pero que pronto volverá". Todos aprueban por ahora, hacen los deberes, participan en las clases. La madre de Miguel, Ángeles Museo, está contenta con el instituto, reconoce la labor de los profesores, aunque tiene una queja: "En la asociación de padres sólo vamos los padres de los españoles. Los otros no tienen tiempo".

No todas las clases funcionan como la de Miguel. Los cursos superiores son más problemáticos. Basta acercarse a la entrada de uno de ellos en cuanto suena el timbre que anuncia que el recreo se acaba. Dos chicos tiran un papel en las narices de la señora de la limpieza, que a su vez les insulta en voz baja: "Salvajes".

Un profesor que prefiere no dar el nombre añade: "En el fondo son buenos chicos, pero el nivel es muy bajo. Por eso, los estudiantes buenos se adaptan a los malos; y los muy buenos se acaban yendo, los padres españoles los sacan de aquí".

El director aparece al fondo. Saluda a un alumno marroquí que ha venido a por un papel y atiende a un profesor mientras avanza camino de una entrevista con el imán de la mezquita de Estrecho. Le ha pedido que las chicas musulmanas puedan ir con velo.

"No, no pueden. Ya lo permitimos hace un año y los chicos latinoamericanos nos pidieron entrar en clase con sus gorras, así que se acabó para todos. Aquí no entra nadie con nada en la cabeza y ya está", dice.

Uceda sabe que la cuestión medular, lo que espanta a los padres españoles, es el nivel académico, la supuesta pérdida de nivel por la llegada de alumnos de fuera: "No hay menos nivel que en un colegio privado o concertado", asegura. "Sabemos lo que podemos exigir a los buenos alumnos. Pero también sabemos, y esa es la diferencia, lo que podemos exigir a los que menos saben. Hay varios niveles en una misma clase. Es difícil, pero se consigue", añade.

En el colegio salesiano de Estrecho, Cristian Muñoz, el ecuatoriano, sale ya de clase. También, como a Miguel, le van bien los estudios. Su madre lo corrobora. También sus amigos son ecuatorianos y españoles.

Pero a diferencia del instituto Jaime Vera, en el patio la mayoría de los estudiantes son españoles. La proporción es de 8-2. El director del centro, Gonzalo Vicente, un sacerdote salesiano con más de 35 años de experiencia como profesor, asegura que su colegio no rechaza a ningún extranjero.

El problema, recalca, es que las clases de su centro (grande, amplio, con pistas deportivas muy cuidadas) están abarrotadas desde primero de primaria. No hay vacantes. De manera que los inmigrantes que lleguen con el curso mediado jamás podrán ingresar. "Aquí tengo la lista de los 40 alumnos que no han sido admitidos a pesar de haber solicitado el ingreso al inicio de curso. Han sido rechazados por estricto orden de puntuación. Y hay muchísimos españoles entre ellos", añade.

El secretario general de Educación, Alejandro Tiana, asegura que el Ministerio está muy encima del problema y que no sólo se reduce a la Comunidad de Madrid. Tiana recuerda que es ilegal una práctica consentida que disuade a los inmigrantes de acercarse a los colegios concertados: el cobro de cuotas que se califican como "voluntarias" pero que esconden una financiación encubierta y que todos los padres pagan. En algunos casos ascienden a 100 o 150 euros al mes. Tiana aclara que este año la ley permite que se aumente la ratio de alumnos en centros concertados para chicos que llegan a mitad de curso.

La consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, Lucía Figar, del PP, replica que en muchas ocasiones, es "complicado" dejar a padres "que pagan sus impuestos" sin plaza para sus hijos en un colegio concertado "diciéndoles que el pupitre queda en reserva a la espera de los inmigrantes que vendrán". De ahí que copen entonces la ampliación de ratio prevista por el Ministerio. Vuelta a empezar.

A cambio, Figar asegura que este año su consejería destina 11 millones a mejorar los colegios e institutos públicos con más problemas. Y aporta un dato que, a su juicio, indica la inversión de la tendencia: "Este año, en primero de primaria, el 51% de los hijos de inmigrantes, esto es los inmigrantes de segunda generación, van a colegios concertados".

Estos alumnos representan, en todo caso, el futuro. El presente es otro. Ocurre cada día en los institutos públicos. El otro día pasó en el Jaime Vera: mientras el director discutía con el imán y Miguel y sus amigos atendían en clase, entraron tres personas: un hombre con una gorra de béisbol, una mujer y una adolescente de unos 14 años.

El hombre llevaba unos papeles en la mano. Se dirigieron a la secretaría. Pidieron plaza para la chica.

La funcionaria les explicó. Será escolarizada, tenga el nivel que tenga. El director Uceda le asignará un curso. El profesor correspondiente y los compañeros le harán un hueco. Gozará de los mismos derechos que cualquiera.

La secretaria le da los horarios. Luego se dirige al padre:

-No se puede estar con gorra ¿Sabe? Se la tiene que quitar. Aquí hay unas normas; y esa es una de ellas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2007