Crónica:UN ASUNTO MARGINAL | OPINIÓNCrónica
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Fragmentos de realidad

El 16 de enero de 1959, un mendigo ciego fue recogido en una acera del Bowery neoyorquino y acompañado al St. Clare's Hospital. El hombre, de 82 años, se llamaba Laurence Stroetz y carecía de familia. Había sido violinista en la Orquesta Sinfónica de Pittsburgh, pero no había tocado en 30 años. La hermana Francis Marie llevó un viejo violín prestado a la habitación 203, y Stroetz, con dedos titubeantes al principio, interpretó varias piezas. Cerró el concierto privado con el Ave María, de Gounod.

Esta pequeña historia se habría perdido si Meyer Berger, el mejor reportero de todos los tiempos, no hubiera estado allí. Meyer Berger, nacido en Nueva York en 1898, era un hombre tímido y gentil, físicamente parecido a Woody Allen. Sus padres, inmigrantes checos, le buscaron un trabajo a los nueve años. A los 13 ocupaba el cargo de botones en The New York World y le encargaron, por casualidad, su primer reportaje: un tipo en los muelles estaba comiéndose todas las manzanas de un puesto callejero, 257 manzanas exactamente. Berger escribió 15 líneas, pero tenía notas para llenar cien folios.

En un par de horas escribió 14 folios, sin opiniones, párrafos entre comillas o suposiciones. Le dieron el Pulitzer

Años más tarde cubrió el proceso a Al Capone en Chicago. Luego fue enviado a Europa para informar sobre la II Guerra Mundial, y el pobre Berger aguantó sólo dos meses: le sangraba la úlcera y añoraba Nueva York. El 7 de septiembre de 1949, un veterano de la guerra llamado Howard Unruh empezó a disparar contra sus vecinos en Camden, Nueva Jersey. Meyer Berger acudió al lugar, observó los acontecimientos (14 muertos y cuatro heridos), realizó medio centenar de entrevistas, volvió a la redacción de The New York Times y en un par de horas escribió 14 folios, sin párrafos entre comillas, suposiciones u opiniones propias. Era un relato verídico hasta la última coma. Le dieron un Premio Pulitzer, dotado con 1.000 dólares, que Berger regaló a la madre del homicida.

Berger dedicó su vida a recoger historias neoyorquinas, grandes y pequeñas. Ninguno de sus lectores, y eran millones, pudo adivinar por sus artículos si era conservador o progresista, si pensaba esto o aquello. Conseguía datos, los verificaba y escribía. Caminaba, hablaba, permanecía cerca de las cosas. No extrapolaba ni deducía.

La artesanía es rara, porque a los periodistas se nos exige una información universal e inmediata. En general, nos arreglamos con materiales aproximativos. Eso lo sabe cualquiera que, por una razón u otra, haya salido en los papeles: apenas se reconoce en la "versión periodística" de sí mismo. Manipulamos datos, impresiones e imágenes en bruto que generalmente ha obtenido alguien a quien no conocemos, y fabricamos algo más o menos verosímil. Hablo de manipulación en un sentido industrial, no malintencionada. Hablo de la necesidad de manufacturar un producto con los elementos disponibles.

Nuestro mayor error radica, quizá, en la voluntad de conectar unos datos con otros para ofrecer a nuestro cliente (usted) un relato coherente. Todo nos parece un síntoma, una tendencia. Intentamos darle un sentido a la realidad, que no suele tenerlo. Disponemos, en el mejor de los casos, de esos epifenómenos que llamamos noticia. ¿Qué hacemos? Entrecomillamos y opinamos. Reproducimos la sandez que ha dicho alguien, y en alguna columna (ésta, por ejemplo) rociamos el papel con adjetivos. Aunque no siempre podemos contarle al lector lo que pasa, siempre somos capaces de decirle si lo que pasa está bien, mal o regular.

Me gustan, como lector, las piezas artesanales y concretas, los pequeños fragmentos sin adorno. Si hay que sacar conclusiones o deducir algo, prefiero encargarme personalmente.

El artículo del violinista ciego fue uno de los últimos de Meyer Berger. El 26 de enero de 1959 contó que ocho violines habían llegado al St. Clare's Hospital, regalos de gente emocionada por la historia del ciego. A Laurence Stroetz le pusieron uno entre las manos. Siguen las palabras finales de Berger: "Tocó un rato, tierna y suavemente, y lo devolvió. Dijo: 'Es un estupendo violín antiguo, dígale al dueño que lo cuide'. La monja de blanco dijo: 'Es su violín, señor Stroetz, es un regalo'. El anciano inclinó la cabeza sobre él. Lloró".

Meyer Berger murió en 1960, a los 62 años.

New York. Recopilación de artículos de Meyer Berger. Editorial Fordham University Press. 322 páginas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 10 de noviembre de 2007.

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