Columna
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Paz, piedad, perdón

Si la ofensiva de los teóricos de la conspiración contra la sentencia del 11-M ha puesto al descubierto los prejuicios ideológicos y los intereses partidistas que impiden un debate razonable sobre las causas y la autoría del brutal atentado perpetrado en Madrid hace sólo tres años y medio, a nadie deberían extrañar los conflictos y desencuentros suscitados por la mal llamada ley de la memoria histórica, referida a un periodo -la Guerra Civil y la dictadura de Franco- iniciado hace siete décadas y concluido con la transición. En cualquier caso, el proyecto continúa su tortuoso itinerario para llegar a destino antes del fin de la legislatura: sólo le quedan ya por recorrer las estaciones del Senado y de la eventual segunda lectura del Congreso.

No cabe reducir la memoria de la Guerra Civil a que sirviera de base de partida para la dictadura de Franco

Aunque la semana pasada socialistas y populares acercaron sus posiciones sobre algunos artículos en la Cámara baja, el PP anunció a través de su portavoz parlamentario Zaplana el voto en contra de la totalidad del proyecto. La iniciativa del Gobierno carece también del apoyo de ERC, aferrada al espíritu de su proposición de ley republicana y antifascista. El respaldo de IU (pese a la oposición interna de los comunistas), de CiU y del PNV ha sido fruto de largas negociaciones cerradas con la modificación de una parte del texto.

Las discrepancias han versado en torno a cuestiones simbólicas y a la ilegitimidad de los tibunales y de las sentencias dictadas por motivos políticos, ideológicos o religiosos. La dictadura trató de legitimarse con la victoria de 1939: Fraga -presidente fundador del PP- organizó en 1964 como ministro de Franco la campaña de los XXV años de paz para conmemorar el triunfo de 1939. Pero un mejor deslindamiento entre los tres años de conflicto fratricida y los siete lustros de represión unilateral e impune (asesinato, exilio, cárcel, depuración) de los vencedores sobre los vencidos clarificaría el debate.

Los siete volúmenes de las Obras Completas de Manuel Azaña, recién publicadas por el Centro de Estudios Constitucionales al cuidado de Santos Juliá, que enriquecen con escritos inéditos la meritoria edición de Juan Marichal en 1967, permiten leer en su contexto histórico dos grandes textos sobre la Guerra Civil del último presidente de la última República. En La velada en Benicarló (primavera de 1937), una voz del diálogo identificable con el pensamiento de Azaña denuncia no sólo las atrocidades cometidas por unos rebeldes alzados contra la ley, sino también "la criminalidad latente desatada por la venganza, la codicia, el odio, la impunidad y la simple lujuria de sangre" en la España constitucional. Y el discurso pronunciado por Azaña el 18 de julio de 1938 invita a extraer las debidas lecciones de esa experiencia cainita: si las generaciones futuras sintieran otra vez hervir en sus venas "la sangre iracunda" y volvieran a "enfurecerse con la intolerancia, con el odio y con el espíritu de destrucción", que escuchen el mensaje de "los embravecidos [hombres] caídos en la batalla": "Paz, piedad y perdón". -

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