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Tribuna:

Flexiseguridad

En los próximos años una nueva palabra, nacida de la agrupación de flexibilidad y seguridad, va a dar mucho que hablar en el mundo del trabajo. La flexiseguridad, sin duda, se va a convertir en el concepto estrella del próximo ciclo de la Estrategia de Lisboa, cuyos principios comunes adoptará oficialmente el Consejo de Europa, antes de que concluya el mes de diciembre, y que los estados miembros tendrán que trasladar a su realidad nacional.

La Comisión Europea, de forma un tanto pomposa, definió en 2006 que el objetivo principal de la flexiseguridad es modernizar el derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI. Nada que objetar, el movimiento sindical europeo en general y la UGT en particular no vive anclada en el pasado, ni intenta eludir los retos de su tiempo, al contrario nuestra motivación es mejorar, pero no basta con nombrar el invento, hay que hacerlo funcionar.

Y es que la experiencia nos dice que no hay recetas mágicas en situaciones complejas y nadie en su sano juicio negará la complejidad creciente de las relaciones laborales. En realidad, las recetas mágicas son propias de los cuentos de hadas, donde los protagonistas son fácilmente identificables en las tópicas y simplificadas encarnaciones del bien y del mal, cuentos a los que no voy a negar su utilidad, pero que la pierden en cuanto superamos la tierna infancia. Pero vayamos por partes.

En teoría, el concepto flexiseguridad se asienta en cuatro pilares que lo sustentan, hablamos de regímenes contractuales suficientemente flexibles y seguros, políticas activas de empleo que resulten eficaces, sistemas protección social adecuados y estrategias globales de aprendizaje a lo largo de toda la vida. Con el equilibrio entre ellos se pretende contribuir de forma sincrónica a hacer más flexible la organización del trabajo y de las relaciones laborales, por una parte, y, por otra, aumentar la seguridad social y la seguridad en el empleo.

De esta manera, ya digo que casi mágica, alcanzaríamos los objetivos del pleno empleo y, a la vez, aumentaríamos la competitividad y la productividad de los diferentes sistemas productivos. Nada que objetar, reitero, siempre y cuando el supuesto equilibrio entre la flexibilidad y seguridad en el empleo sea escrupulosamente respetado.

Y desde luego, a juicio de la UGT-PV nunca podrá serlo si se minusvalora la labor fundamental que el derecho del trabajo viene realizando respecto a la defensa y protección de las garantías sociales y legales de los trabajadores como contrapeso al innegable desequilibrio de poder existente entre los patronos y los trabajadores. Porque la desregulación, que tanto predicamento tiene entre algunos sectores neoliberales y que tiene en su punto de mira mantener o ampliar la segmentación entre trabajadores con derechos y trabajadores desprotegidos no es coherente ni jurídica, ni política, ni socialmente con una sociedad democrática y de derecho.

En este sentido, parece necesario recordar que la viabilidad y la competitividad de las empresas no pueden apoyarse en la precariedad y la rotación en el empleo, o, dicho de otra forma, la cohesión social alcanzada mediante la negociación colectiva no puede verse atacada en pos de una visión individualista que olvida la vertiente colectiva del derecho laboral.

Por ello, el movimiento sindical europeo en ningún caso renuncia a contar con un derecho laboral europeo que asegure unos estándares mínimos en los derechos colectivos e individuales de los trabajadores, eso sí, sin anular ni dejar vacíos de contenidos los diferentes derechos nacionales.

En definitiva, desde el movimiento sindical estamos dispuestos a valorar la propuesta y a utilizar sus mecanismos para mejorar el santa santorum de la productividad, pero nunca estaremos dispuestos a poner a los pies de los caballos a miles y miles de trabajadores para conseguirlo.

Por ello conviene recordar que el modelo social europeo ha demostrado en el último medio siglo su valor en la construcción de sociedades con mayores niveles de cohesión, solidaridad y competitividad basando gran parte de su éxito en la aplicación de medidas concretas en situaciones concretas.

Una cuestión que ha sido y es desarrollada no sólo mediante la negociación colectiva en la que los agentes económicos y los representantes de los trabajadores alcanzan acuerdos para mejorar tanto la competitividad como las condiciones sociolaborales en las que se desarrolla el trabajo, sino también mediante el diálogo social donde la UGT ha dado sobradas muestras de responsabilidad y coherencia.

Es decir, la UGT nunca ha sido ajena, ni lo es, a los cambios operados en la realidad y que como consecuencia del nuevo modelo económico globalizado han variado la adaptabilidad de los trabajadores y de las empresas al mismo. Sin embargo, quien desee que al calor de palabras inventadas abandone la protección de los derechos de los trabajadores, la reivindicación de un empleo estable y de calidad, la protección de los más desfavorecidos y las demás cuestiones sociales y laborales que afectan a los trabajadores es que se ha equivocado de matrícula.

Rafael Recuenco es secretario general de la UGT del País Valenciano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2007