La Voz de los vascos
La sociedad vasca navega a impulsos de la necesidad histórica, según la imagen oficial del régimen. Nos ha tocado vivir esta época, mala suerte la nuestra, pero no nos asemejamos a protagonistas de nuestras acciones, sino que somos agentes abocados a desarrollar las obligaciones que tenemos con las generaciones pasadas y las venideras, que se lo merecen todo. El vasco del siglo XXI no parece propiamente un sujeto libre de sus actos, sino que debe actuar a impulsos de la intrahistoria, cuyos llamamientos hemos de obedecer, todo sea por cumplir nuestra misión.
Así que las decisiones que toman las principales instancias del Pueblo Vasco en esta coyuntura histórica, su encarnación vital -o sea, el PNV y el Gobierno tripartito-, responden a las voces populares y metahistóricas, tienen la savia y la sabiduría profunda de este humilde Pueblo (con identidad) que viene de milenios atrás y que a milenios postreros se dirige, y a toda marcha.
Otra consecuencia del mecanismo: si hay alguna evolución ideológica, no depende de las opiniones de la militancia
Creen en el Pueblo Vasco, pero, tal y como han ido las cosas estos años, hacen todo lo posible por no escucharle
El anterior es el esquema perfecto que parece justificar, en su discurso, la dirección con que el nacionalismo nos lleva hacia el futuro, formado por pura libertad vasca, todo el rato los vascos lanzando irrintzis por los montes para celebrar "el derecho a ser para decidir". Subyace el convencimiento de que las decisiones nacionalistas canalizan las ansias expresadas por el pueblo. Tal esquema ideal no se compagina con la realidad, ni aunque se admitiese la tesis de que el Pueblo Vasco es sólo el que forman los nacionalistas, los únicos vascos vascos. Al parecer, los jerifaltes del PNV creen profundamente en el Pueblo (nacionalista) Vasco -seguro que hasta lo aman-, pero, tal y como han ido las cosas estos años, hacen todo lo posible por no escucharle. Quizás piensan que ellos, los burukides -resulta curioso el nombre-, son en propiedad la voz de los vascos.
Metidos en los berenjenales históricos en que solemos movernos, sorprende la escasa reflexión colectiva -en la medida que lo es un congreso o asamblea de partido- con que el PNV ha afrontado hechos decisivos, que influirían poderosamente en la marcha del nacionalismo y del País Vasco: su postura ante la Constitución, el Estatuto de Gernika, la configuración interna del País Vasco... no fueron fruto de un estudio colectivo interno, con la participación más o menos articulada del conjunto del partido. Improvisación o convencimiento de cuatro listos de estar en posesión de la verdad, sorprende la fragilidad orgánica con que tomaron las decisiones que han llevado a la sociedad vasca al garete o al borde de su resurrección (táchese lo que no proceda).
La desconexión intelectual de sus mandos con el mundo no resulta privativa del PNV. Circunstancias similares se dan en otros partidos, en un momento u otro. Lo llamativo es la duración de este mecanismo, así como su capacidad de marcar a toda una sociedad y a más de una generación. Ninguna de las decisiones claves tomadas por el PNV desde 1976 hasta 2007 resulta fruto de una decisión tomada en alguna Asamblea Nacional u órgano colectivo similar. Es más, ni siquiera pueden deducirse a partir de directrices aprobadas por el máximo órgano representativo del partido. Entiéndase: tales decisiones no las niegan, pero hubiesen cabido, en las mismas previsiones, posturas de un sentido opuesto. Un ejemplo: la abstención del PNV en el referéndum de la Constitución encajaba dentro de sus programas, pero también hubiese cabido, en ellos y en las decisiones adoptadas antes por el EBB, la participación constitucional.
Lo prueba el debate que se dio en la cúpula del PNV, ya que no en su estructura orgánica. Tal abstención suele presentarse como una necesidad histórica, consecuencia inevitable de la doctrina del PNV y postura que respondía milimétricamente a los ardores de la militancia, pero en realidad se la guisaron entre cuatro -los demás se la comieron y no hubiese sido improbable que si el guiso hubiese sido otro se lo hubiesen merendado con similar gusto y complacencia-, y les llevó sus discusiones; no estaban tan claras las previsiones doctrinales.
Entre las decisiones básicas de la cúpula del PNV que no estuvieron respaldadas por tomas de postura previas de su Asamblea Nacional ni de su militancia pueden citarse las siguientes seis: la decisión nacionalista de abstenerse en el referéndum de la Constitución; la aprobación del Estatuto de Autonomía; el pacto de Gobierno entre el PNV y el PSE, que abrió en 1986 el periodo de las coaliciones nacionalistas-socialistas; la firma del Pacto de Ajuria-Enea; el pacto del PNV con EA y ETA que generó el proceso de Lizarra, así como su entrada en éste, y los cambios políticos e ideológicos que desembocaron en el Plan Ibarretxe.
Para bien y para mal -tienen sentidos diferentes-, estas seis decisiones políticas han marcado el desarrollo de la democracia y de la autonomía en el País Vasco. Quizás contaban con el respaldo de los miembros del partido, pero no se lo consultaron, ni se lo dijeron a la sociedad más que a hechos consumados. Pese a su gran calado y trascendencia, no fueron sometidas a los órganos representativos del nacionalismo ni a un previo conocimiento público. La estructura organizativa sirvió para que las bases corroborasen, con mayor o menor entusiasmo, las decisiones de la dirección, pero siempre vino todo de arriba.
Después, a las decisiones de la jerarquía del PNV se les suele otorgar un plus de legitimidad democrática, por la idea general de que, gracias a su estructura asamblearia, están siempre destiladas por las bases, aunque se hayan tomado a espaldas de ésta o con su plena ignorancia. Otra consecuencia del mecanismo: si hay alguna evolución ideológica, no depende de las opiniones de la militancia. Inevitablemente será cuestión exclusiva de la jerarquía del partido. Luego los burukides transmiten a los de abajo que toca mudanza. Son la Voz de los vascos. A ver por dónde salen ahora.
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