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Reportaje:NUESTRA ÉPOCA

¡Vaya forma de gobernar un país!

¿Por qué el sistema político estadounidense no se plasma en unas políticas coherentes?

La pregunta que se hacen en Washington: ¿por qué el Gobierno de Bush es tan incompetente?

Mientras nos acercamos al sexto aniversario de los atentados de septiembre de 2001 en EE UU, y a que se haga público el informe del general David Petraeus sobre el "refuerzo" en Irak, la pregunta que se hace en Washington todo el mundo, incluso republicanos acérrimos que comparten los objetivos del presidente, es: ¿por qué ha sido tan incompetente el Gobierno de Bush? En realidad, detrás de esta pregunta hay otra de más alcance: ¿por qué el sistema político estadounidense, en general, no está plasmándose en unas buenas prácticas de gobierno ni unas políticas coherentes? En los tres meses que he pasado en EE UU, he oído mencionar esta cuestión en repetidas ocasiones a personas íntimamente familiarizadas con los mecanismos de Washington.

La 'desbaazificación' de Irak y el desmantelamiento del ejército de Sadam fueron dos de los errores más funestos cometidos en la ocupación del país

Sólo hay tres personas en el mundo que no están dispuestas a reconocer que la política en Irak ha sido un error: Bush, Cheney y Rumsfeld

Estoy esperando un libro de algún periodista como Bob Woodward en el que Bush aparezca diciendo: "No fui yo, fue Cheney". O al contrario

El Congreso, la Administración y los altos mandos militares reprochan al Gobierno iraquí no haber sido capaz de cumplir los "parámetros" políticos y de seguridad marcados por Washington. Pero el pueblo de Irak, que tanto ha sufrido, tiene derecho a preguntar a cambio hasta qué punto ha cumplido sus promesas el Gobierno estadounidense. Por ejemplo, lo que los políticos norteamericanos llaman "desbaazificación" significa, en realidad, des-desbaazificación, es decir, revocar la decisión del viejo virrey de EE UU, Paul Bremer, de eliminar de las jóvenes estructuras del nuevo Irak a los miembros del partido del Baaz de Sadam Husein, una acción con la que prescindió de los competentes al mismo tiempo que de los criminales y los corruptos. La opinión general, incluso entre muchos que ocupaban los más altos cargos del Gobierno y el ejército en EE UU y el Reino Unido, es que esta decisión y la de desmantelar el ejército iraquí fueron dos de los errores más funestos cometidos en la ocupación de Irak.

Se puede discutir si estos errores y otros influyeron o no de manera decisiva en el resultado, o si, con su historia y el legado de la tiranía de Sadam, exacerbado por años de sanciones occidentales, Irak estaba prácticamente condenado a desintegrarse en un caos sangriento. Pero en estos momentos sólo hay tres personas en el mundo (G. Bush, R. Cheney y D. Rumsfeld) que no están dispuestas a reconocer que la política estadounidense en Irak ha tenido enormes defectos e incongruencias. La pregunta es: ¿por qué? La semana que viene volveremos a hablar de lo que puede decirnos EE UU sobre Irak y su Gobierno; pero también conviene examinar lo que de EE UU y su Gobierno nos dice Irak.

Por ejemplo, veamos la decisión sobre la desbaazificación y el desmantelamiento del ejército. En primer lugar, ¿no tenían a nadie experto en historia de Irak y política árabe -para no hablar de la historia de otras ocupaciones- que les advirtiera? Si lo tenían, ¿por qué no le escucharon? Segundo, ¿cómo se tomó la decisión? Este punto ha sido objeto de cierta controversia en los últimos días, porque los que tienen algo que ver con el asunto se han dedicado a otro juego muy popular en Washington: el de pasar la pelota. ("¡Se lo advertí!", "¡la culpa es de él!". Estoy esperando algún libro de Bob Woodward o alguien así en el que George W. Bush aparezca diciendo: "¡No fui yo, fue Cheney!", o al contrario). Parece que lo que ocurrió en realidad fue que una decisión inicial, autorizada por el presidente, de mantener el ejército iraquí más o menos intacto, fue revocada por Bremer, con la aprobación del Pentágono y sin que se consultara a la consejera de Seguridad Nacional ni al secretario de Estado. Al presidente sí se le informó, pero sólo con una frase de paso en una carta que no explicaba con detalle el alcance de la purga proyectada ni, por supuesto, sus posibles consecuencias.

Vaya forma de gobernar. Con un presidente que no intervenía, una consejera de Seguridad Nacional en posición de debilidad, un barón con exceso de poder en el Pentágono y un vicepresidente aficionado a conspirar y dotado de una autoridad sin precedentes, Irak no contó con una única política coherente, sino con varias políticas contradictorias y que fueron cambiando con el tiempo. Un mando militar retirado con el que he hablado de esto piensa, con bastante originalidad, que es una situación comparable a la confusa estrategia del imperio austrohúngaro al principio de la Primera Guerra Mundial: incapaz de decidir cuál era la máxima prioridad entre una serie de objetivos estratégicos (aplastar a Serbia, mantener a raya a Rusia), acabó por no conseguir ninguno de ellos. Cayó en el estado de confusión crónica que Robert Musil llamó Kakania.

Promover la democracia

En Washington, a esta nueva Kakania la llaman proceso inter-organismos. Incluso con un presidente más fuerte, más en contacto con las realidades de otros países y más en control de los detalles, existe un problema crónico de coordinación estratégica y de ejecución. Otro ejemplo, de tipo distinto, es el del abismo entre el objetivo teórico de promover la democracia en todo el mundo -supuestamente, la máxima prioridad del Gobierno de Bush en su segundo mandato- y lo que ha sucedido en la práctica. En este caso, el problema no ha sido tanto la presencia de organismos poderosos y que competían entre sí como la falta de un organismo importante, verdaderamente dedicado a dicho objetivo y dotado de los medios necesarios (el Fondo Nacional para la Democracia, semiautónomo, es una excepción honrosa, pero pequeña). ¿Qué ha hecho de verdad EE UU para promover la democracia por medios pacíficos en Egipto, Irán y Arabia Saudí durante los tres últimos años? Realmente poco.

Kakania estratégica

A la Kakania estratégica hay que añadir la política. La meticulosa participación del Congreso en las tripas del gobierno, la desproporcionada influencia de los grupos de presión y los donantes, y un calendario electoral absurdamente frenético, contribuyen aún más a lo que Musil llamaba las "condiciones kakanas". Un presidente nuevo (quizá la próxima vez sea una presidenta) pasa su primer año tratando de que el Congreso confirme sus nombramientos y creando sus equipos. Luego, el Gobierno dispone de un año para hacer algo. Entonces llegan las elecciones parciales al Congreso. Después empieza la siguiente campaña presidencial, así que si el presidente sólo lleva un mandato empieza a trabajar para volver a presentarse, y si lleva dos mandatos es ya un pato cojo. Mientras tanto, los congresistas tienen que presentarse cada dos años (un plazo ridículo) y en cuanto salen reelegidos tienen que ponerse a recaudar fondos para la siguiente campaña. Eso significa hacer favores, destinar partidas de gastos asignadas por el Congreso a diversos clientes en sus distritos, y otras prácticas propias de Kakania que EE UU nunca se atrevería a fomentar en sus programas de desarrollo y democracia para el resto del mundo (el lema es "haz lo que decimos, no lo que hacemos"). Vaya forma de gobernar un país.

Los ciudadanos corrientes están hartándose, aunque menos en relación con Irak que en asuntos nacionales como la sanidad. Barack Obama sabe que obtiene grandes vítores cada vez que ataca el viejo estilo de "los de Washington", que es una manera nada sutil de referirse a su principal rival, Hillary Clinton, todavía la clara favorita entre los demócratas. Pero la verdad es que tiene sentido pensar que hace falta alguien "de Washington" que comprenda cómo opera ese sistema tan complejo, opaco y engañoso para poder cambiarlo. Y nadie es tan de Washington, nadie conoce tan bien los temas y los instrumentos de la política estadounidense como la senadora Hillary Clinton. Sobre todo cuando cuenta con la ayuda y la complicidad del ex presidente Bill Clinton, que aspira a tener un papel que llama -en un juego de palabras entre "lady" y el término escocés "laddie"- de "primer chico".

Según la página web de su campaña, la razón número 7 (de 10) para escoger a Hillary es "restaurar la competencia y acabar con el amiguismo en el Gobierno...". (La razón número 1, por cierto, es "poner fin a la guerra de Irak"). Para empezar a hacerlo, debería tomar nota de lo que ha hecho Gordon Brown. Brown inició su mandato como primer ministro con un impresionante y lúcido documento oficial sobre "la forma de gobernar el Reino Unido". Eso es lo que hace falta, y mucha, para mejorar las prácticas de gobierno en EE UU. Después, el Gobierno podría fijarse a sí mismo una serie de parámetros, como hizo con el Gobierno iraquí. ¿Pero quién tendría que vigilar su cumplimiento?

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Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2007